LUIS GARCÍA MONTERO. ALMUDENA. VALPARAÍSO EDICIONES, 2015
La escritura de un poema no siempre está sujeta a los dictados cronológicos de la emoción que suscita su escritura. Sucesos acontecidos hace tiempo se simultanean en la memoria con otros ocurridos más recientemente. Las emociones emergen de un magma en el que se funden las diferentes capas del pasado y la palabra, el poema, no hace sino actualizar en un presente continuo sus consecuencias, por este razón al lector de Almudena (Valparaíso Ediciones), el último poemario de Luis García Montero, poco debe importarle el orden de los poemas que integran dicho libro, de qué poemario están entresacados o cuáles de ellos son inéditos. Debe leerlos como lo que realmente son, el análisis de un proceso de enamoramiento en progresión ascendente a medida que el tiempo transcurre, una progresión que se ve consolidada en los poemas más recientes, sabiamente diseminados entre las páginas de este excelente libro, libro en el que, digámoslo ya, se encuentra lo mejorcito de la poesía de Luis García Montero porque̶— sin desdeñar ninguno de sus otros aspectos, como la poesía de compromiso moral, de exploración y crítica de la realidad, éticamente cercana a Luis Cernuda y a algunos poetas del cincuenta, como Ángel González o Caballero Bonald—, es un poeta eminentemente amoroso, en la senda de Garcilaso o de Pedro Salinas, poetas a los que la pasión amorosa refrendó sus ideales humanistas, a los que la experiencia del amor instauró un orden diferente en su pensamiento, un pensamiento que tomó cuerpo en el poema: «El hombre de los ojos encendidos/ se hiere con las rocas académicas,/ consigue entre saludos, puñales y cipreses/ cruzar el campus universitario,/ recorre los pasillos en busca de su aula,/ de su clase,/ pero tiene un secreto/ y el tema diecinueve se convierte/ en materia de asombro,/ poemas que se escapan de la página,/ versos que llegan a la cima/ de una mirada en vilo,/ alguien que deja los apuntes/ y los libros de texto,/ para cerrar las manos hasta herirse/ con otra rosa viva/ mucho más inclemente,/ la rosa de un secreto en el alma de un lunes». La fusión de estas influencias, nada enmascaradas, por otra parte, queda evidente en un verso como éste: «Razón de amor. Quién lo probó, lo sabe», del uno de los mejores, a mi parecer, poemas del libro, «La legitimad del sol nevado».
No es preciso hacer un recuento de los libros de poemas publicados hasta ahora, pero sí conviene señalar que los poemas reunidos en este volumen pertenecen a los libros Completamente viernes (1998), Vista cansada (2008), Un invierno propio (2011) y al, aún inédito, A puerta cerrada. Son, como se ve, más de quince años los que transcurren entre los primeros poemas seleccionados y los últimos y, sin embargo, la sabiduría con la que Luis García Montero ha ido escalonando las diferentes fases del proceso amoroso y ha dado respuesta a los conflictos personales de los que se hace eco consigue que el lector, aunque sea lector asiduo del poeta, lea estos poemas como si fueran el resultado de una experiencia reciente. No se aprecia ninguna fisura temática o temporal en la organicidad del libro y este sentido de continuidad sólo puede ser consecuencia de que los fundamentos creativos de García Montero están fielmente asentados en una tradición, la del poema apegado a la realidad, de la que no es sólo continuador, sino un adalid, un renovador. «Para mí la poesía —escribe García Montero— es un punto de llegada, no de partida. Es la consecuencia de una reflexión moral, no una mera expresión de sentimientos», aunque los sentimientos ocupen un lugar preeminente en su poesía, y aún más en Almudena (como todos sus lectores saben, es el nombre de su esposa), libro que nos recuerda mucho, por la depurada mezcla de apasionamiento y reflexión, a Estimada Marta de Martí i Pol. El lenguaje coloquial que emplea García Montero no representa ningún obstáculo para indagar en un tema tan trascendental como la erosión del tiempo incardinado en asuntos de su vida cotidiana («Pero ocurre que el tiempo/ desemboca en el mundo que hemos sido tú y yo/ como se desemboca en un poema»), de la misma forma que la sencillez expresiva no le impide adentrase en cuestiones de carácter social o político, como en el poema titulado «Política», del que extraigo estos versos que insinúan mucho más de lo que, a simple vista, dicen: «Más por desprecio que por fe,/ sigo en la puerta de la calle/ sin que ahora me afecte/ el vacío que dejan las banderas,/ vivir en la completa incertidumbre». Quizá sea esa incertidumbre vital expresada sin alambiques la que hace que la poesía de García Montero nos resulte tan cercana, porque nos muestran a un individuo —un personaje poético, un alter ego— que carece de certezas, que proclama a los cuatro vientos sus problemas o la presencia del otro para complementarse. Pero no hay patetismo en su forma de abordar lo que no deja de ser un cuestionamiento de su yo («Cuando yo no era el mismo,/ te quería también.», sino búsqueda de un destino que exige sacrificios y renuncias: «Nada sabe de amor quien no ha perdido/ por amor una casa, una hija tal vez/ y más de medio sueldo,/ empeñado en el arte de ser feliz y justo,/ al otro lado de tu voz,/ al sur de las fronteras telefónicas». El tono conversacional, de confidencia que predomina en la mayoría de los poemas también contribuye a que al leer los poemas sintamos al poeta más como un amigo, un confidente que como un capellán o un preceptor. Son muchos los ejemplos que podemos entresacar de este libro para constatarlo y, precisamente por eso, no resulta fácil escoger unos versos, pero lo que trato de decir se ve corroborado en algunos versos del poema «La inmortalidad»: «Que no me lea/ quien no haya visto nunca conmoverse la tierra/ en medio de un abrazo».
García Montero es sin duda uno de los poetas que menos arrobo tiene en utilizar la autobiografía como clave de bóveda de su escritura (no creo que sea necesario ya detenerse en el concepto de ficción poética, tantas veces explicado por el propio poeta), algo sobre lo que, por otra parte, no deja de razonar en su poesía, poesía en la que abundan los poemas de carácter metalingüístico, como el titulado «Cabo Sounion», que comienza con estos versos: «Al pasar de los años,/ ¿qué sentiré leyendo estos poemas/ de amor que ahora te escribo?/ Me lo pregunto porque está desnuda/ la historia de mi vida frente a mí,/ en este amanecer de intimidad,/ cuando la luz es inmediata y roja/ y yo soy el que soy/ y las palabras/ conservan el calor del cuerpo que las dice». La perfecta simbiosis entre lo discursivo y lo conceptual, entre razón y pasión (favorecida ésta en ocasiones por asociaciones que sólo el subconsciente puede elaborar) se concreta en una sintaxis sorprendente en la que no escasean los encabalgamientos que ensombrecen esa claridad discursiva a la que antes hacíamos mención. Esta fractura, lejos de romper la armonía semántica, invita a descubrir otros significados más allá de aquellos que percibimos en una primera lectura. Da igual de lo que trate la poesía de García Montero, del amor, de la soledad, del amor, de la solidaridad, de la propi poesía. El argumento será siempre un asunto menor porque siempre encontraremos en sus poemas la vida cotidiana, la realidad de un hombre luchando consigo mismo, con su conciencia. Un hombre que intenta comprenderse, salvarse, domeñar sus temores mediante la escritura, gracias al amor, porque «Si el amor, como todo, es cuestión de palabras,/acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma», un idioma que posee un interlocutor privilegiado, la persona amada. De ella hablan las palabras de Almudena Grandes, la autora del personal prólogo. Con un fragmento de dicho texto concluimos este necesariamente limitado comentario: «Y su amor le dio sentido a todo, a su infancia, a los sonetos que escribía su padre, a los lagartos que lloraban y lloraban, al instinto de habitar los poemas al otro lado del espejo donde se mira el poeta, a la costumbre de leerlos para ordenar el mundo, dentro y fuera de sí, a la sucesión de los días y las noches, al frío del invierno y al calor del verano, al tiempo, a su cuerpo».

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