SERGIO ARLANDIS. DESORDEN. VALPARAÍSO EDICIONES, 2015
Conozco la poesía de Sergio Arlandis (Valencia, 1976) desde la publicación de Caso perdido, que vio la luz en 2009, libro que podemos considerar en la práctica como el primero de los suyos, porque el anterior, Cuando sólo queda el silencio (1999) fue un poemario de distribución restringida a un ámbito geográfico local, motivo éste al que podemos achacar el escaso eco que proyectó. Afortunadamente, con Caso perdido y con su libro siguiente, Contexturas (2013), ambos publicados por la editorial Renacimiento y difundidos en todo el territorio nacional, esta anomalía se subsanó, lo que ha permitido a lectores y críticos acercarse a una obra, si aún no muy extensa, ya con la entidad suficiente para hacerse un hueco en el panorama de la joven poesía española con toda justicia.
Desorden, el libro que ahora ve la luz en Valparaíso Ediciones —editorial que, pese a su juventud, se está haciendo un hueco notable en la edición de nuestro país con un variadísimo catálogo en el que tienen cabida voces emergentes junto a poetas consolidados cumplidamente tanto por los lectores como por la crítica. A esta nómina debemos añadir el generosísimo espacio dedicado a la traducción, espacio que da acogida a tradiciones tan diversas como la norteamericana, la palestina, la brasileña o la balcánica, por citar solo algunas— supone una fractura con respecto de su obra anterior, aunque la estructura argumental que sustenta sus poemas sólo hay experimentado ligeros cambios. Las vicisitudes que sufre a lo largo del tiempo el perturbador proceso de enamoramiento y su sosiego posterior siguen muy presentes, así como el canto sensual al cuerpo o el elogio de la pasión, tratada, a veces —y buscando una analogía musical— en voz baja, como si fuera una partitura de Zbigniew Preisner (When a man loves a woman, por ejemplo) y otras de modo exultante, como un drama operístico de Wagner: «Esta es una historia de crisis dentro de un amor en alza», escribe en el poema «Una historia de amor en tiempos de crisis». Las diferencias más notables que encontramos con respecto de los libros precedentes son, a nuestro modo de ver, la intensa reflexión metapoética que subyace, e incluso toma cuerpo, en muchos de los poemas actuales y una identidad puesta en entredicho, acaso no tanto por los conflictos inherentes a un yo en proceso continuo de maduración, sino por los reveses del destino, algo puesto de manifiesto con crudeza en el poema final del libro, el titulado «Un español que se marcha», que comienza así: «Y tener que marcharse por la puerta de atrás como una raíz. Ya no cabes —lo oyes— ya no cabes en esta soledad llamada mal generacional o desarraigo de tu idioma» y finaliza con esta estremecedora reflexión: «Cuando marches tendrás que revisar las recónditas palabras que ya no usabas pero ¿cómo se traducen aquellas que dejan de sonar en ti, esas que el rescoldo de tus ojos cerrados poco alumbran?».
Una novedad reseñable radica también en el uso del poema en prosa, así como en poemas de largo aliento. Recordemos que la obra anterior de Sergio Arlandis se caracterizaba por una economía del lenguaje que trataba de condensar el discurso, de fragmentarlo y dejarlo expuesto a cierta ambigüedad de significados. El ensanchamiento del discurso no necesariamente va en detrimento de esa ambigüedad a la que hacíamos mención porque la poesía de Arlandis se caracteriza por un voluntario quebranto expresivo que abre al lector la oportunidad de construir el poema a su antojo. El poema «Dos puntos» quizá sea en esto paradigmático: «Siempre hay/ alguien que mira cuando/ la distancia es/ tan sólo un punto de vista/ que arquea otro punto/ de fuga». Podríamos incluso afirmar que, a pesar de que lo narrativo predomine en este libro, algo que certifican los poemas en prosa, no descuida Arlandis esa forma de implicar al lector en el poema porque el “tú” implícito en el discurso, el destinatario de los versos, por más que sea un personaje del poema, puede entenderse como un “vosotros” que incluye a cualquier persona susceptible de padecer similares agravios existenciales y puede bastarnos un poema de los muchos que podríamos elegir para confirmar esta especulación, el titulado «Alter ego»: «Reúne la luz que se dispersa/ entre calles. Haz círculos con ella,/ como los árboles,/ hacia adentro: de ti/ mismo harás/ un origen que la memoria niegue».
Hemos hecho alusión más arriba al carácter metapoético de muchos de los poemas de Desorden y podemos mencionar a este respecto los titulados «Lector in fabula», que finaliza así: «Quizá el poema hiera tu frente y te culpe», «Hijo de una cálida palabra», del que entresacamos estos versos: «Cada poema resuena/ en mí como el agua que cae sobre la cabeza/ de un niño en su bautismo». Pero creo que el que mejor abunda en este tema es «The end», porque en este poema, que a nuestro modo de ver se puede leer como una poética, se relaciona con eficacia el “tú” implícito, el personaje del poema, trasunto del yo que lo escribe, un “tú” no siempre complaciente, escurridizo, evanescente con la función de la palabra poética, una palabra incapaz de restaurar con fidelidad la emoción que la genera pero, al mismo tiempo, idónea para crear otra realidad mucho más rica en matices.
«Todo viaje deja una ausencia y esa ausencia es el verdadero viaje», escribió Guillermo Sucre. El viaje que ha iniciado Sergio Arlandis, un viaje tanto físico como espiritual, augura una estupenda cosecha cuyos primeros frutos son los poemas que integran este estupendo Desorden.

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