JOHN ASHBERY. OTRAS TRADICIONES. TRADUCCIÓN Y PRÓLOGO DE EDGARDO DOBRY. COLECCIÓN UMBRALES. VASO ROTO EDICIONES, 2014
Los lectores de John Ashbery (1927) —poeta bien conocido en nuestro país, donde ejerce una enorme influencia en determinados sectores de la poesía más joven— estamos acostumbrados a afrontar la lectura de sus libros teniendo en mente los parámetros radicalmente vanguardistas de la llamada Escuela Poética de Nueva York e, incluso, desde el conocimiento de que el poeta fue, durante un tiempo, el editor de ART-news, una revista especializada en el arte experimental, en las artes visuales. Esto nos ha conducido a pensar que su poesía es sinónimo de dificultad y opacidad, algo no del todo erróneo si analizamos su posición revolucionaria frente al lenguaje, huyendo de las interpretaciones unívocas, reticente frente al significado consensuado, practicando la desfamiliarización, el extrañamiento (tan del gusto de Emily Dickinson), y lo que eso significa, el enmascaramiento del yo, dispersado en realidades fragmentadas que, incluso recompuestas, unidas en un mismo plano, no consiguen salvar la ambigüedad semántica ni ofrecer una imagen alternativa y concluyente, todo lo contrario de lo que persigue la poesía de corte confesional o atenta a los tópicos literarios.
Ashbery pertenece, como hemos dicho, a la llamada The New York School of Poets junto con Kenneth Koch, Frank O’Hara, James Schyler, Barbara Guest y Edward Field. Realmente, más que una afinidad estética inquebrantable, lo que une a la mayoría de los componentes del grupo es la amistad, aunque todos, de una forma u otra, pretendieron romper con la herencia heredada, con la tradición de la que habían bebido. En el caso tanto de O’Hara como de Ashbery, la especialista Nieves Alberola Crespo escribe que «la creencia en una poesía que no refleje la realidad sino que la constituya, la oposición a lo sistemático, a la consistencia o la ilusión del significado, el azar, la sucesión de imágenes inconexas, dejar entrar todo en el poema y la adopción de la instantaneidad en la que se mezclan imágenes basadas en la imaginación y en el sueño» condicionan su forma de entender el acto poético», por eso nos ha sorprendido la relación de poetas incluidos en Otras tradiciones, todos ellos, en principio, muy alejados de estos postulados, aunque no podemos olvidar la permeabilidad de la poesía norteamericana en general, a influencias de todo tipo, especialmente las foráneas, desde el romanticismo europeo, pasando por la vanguardias, hasta la cultura clásica oriental destilada por poetas como Pound o Rexroth, una amalgama necesaria para huir del ombliguismo y para indagar desde variados puntos de vista en las contradicciones tanto íntimas como comunes a la realidad que circunda al poeta. Whitman escribió que «El gran poeta absorbe la identidad de otros y la experiencia de otros, que se definen por él o en él», y este libro ejemplifica estas palabras de manera categórica.
Parten los ensayos aquí reunidos de las conferencias que dictó en la afamada cátedra Charles Eliot Norton de la Universidad de Harvad, lugar por el que han pasado, por mencionar sólo a poetas, Robert Frost, E.E. Cummings, Borges, Octavio Paz o Czesław Miłosz. En ellos Ashbery, ha huido deliberadamente de los nombres que conforman ese canon (diferencia claramente entre poetas influencia —Auden, Moore, Williams, por ejemplo— y poetas motor de arranque —Hölderlin, Pasternak o Mandelstan), discutido, pero en la práctica, inamovible, y ha optado, según escribe Edgardo Dobry, editor de la obra, «por los poetas menores, por aquellos a los que la posteridad ha dejado en el olvido, por aquellos cuyos logros son parciales o fragmentarios y sin embargo dignos de atención», acaso porque, como el propio Ashbery confiesa, «uno no puede elegir sus propias influencias, son ellas las que te escogen a ti, incluso si ello da como resultado una lista decididamente coja». Son cinco los poetas elegidos, los británicos John Clare y Thomas Lovell Beddoes y los estadounidenses John Wellwright, Laura Riding y David Schubert, a los que hay que añadir el escritor y dramaturgo francés Raymond Roussel, «por el que siento una gran simpatía —escribe Ashbery—, a pesar de que no puedo afirmar que la lectura de su obra haya sido una inspiración directa que me moviera a escribir».
De John Clare (1793), el «poeta campesino», destaca el largo poema «The Village Minstrel» y un grupo de poemas breves, muchos de ellos sonetos de esquema muy personal —«Se trata, dice Ashbery, de raros ejemplos de perfección en un poeta cuya constante era la imperfección»— incluidos fundamentalmente en su primer libro, Poemas descriptivos de la vida y el paisaje rural, libro que consiguió un éxito inaudito (que no volvería a repetir, así de mudable es la diosa Fortuna) en la época, más de 3500 ejemplares vendidos en cuatro ediciones. La opinión de la crítica resulta convincente por la unanimidad a la hora de calificar la obra este poeta como irregular y plagada de imperfecciones, por eso podríamos considerarlo un poeta digerible sólo a través de una antología —lo que no es poca cosa—, no leyendo pormenorizadamente cada uno de sus libros. Los problemas mentales que aconsejaron sucesivas reclusiones modificaron significativamente su escritura, pero no tanto como para corregir del todos esas imperfecciones que señalamos anteriormente y que se han convertido en una especie de marca de la casa.
La vida de Thomas Lovell Beddoes (1803) guarda muchas similitudes con la de Clarke. Ambos «llegaron a la escena literaria cuando el sol del romanticismo se ponía, impulsado por la prematura muerte de Keats, Shelley y Byron, y la moda de la poesía llegaba a su fin…Los dos trabajaron en géneros pasados de moda…Y los dos murieron trágicamente»., ambos gozaron del éxito con sus primeras obras y después sufrieron un conmovedor olvido. Sin embargo, sus obras poéticas, al parecer de Ashbery, «son casi diametralmente opuestos: la de Clare es áspera y rústica; la de Beddoes, afectada y deliberadamente decadente». La otra gran pasión de Beddoes fue la medicina, que influyó directamente en sus poemas, en su obra, una obra que pretendía descubrir los misterios de la vida y de la muerte, encontrar ese espíritu intemporal capaz de sobrevivir a la muerte del cuerpo. Tan ambicioso propósito no podía sino acarrearle una insatisfacción cada vez más aguda que se traduciría en unos mamotretos dramáticos, caóticos e ilegibles, casi imposibles de representar. Tras una existencia lleva de altercados, acabó suicidándose en Basilea a la edad de 46 años.
El caso de Raymond Roussel (1877) es, quizá, el que más nos llama la atención de esta repertorio. Poeta, pero fundamentalmente novelista y dramaturgo, su tardía valoración no ha impedido que haya ejercido una no desdeñable influencia en ciertas tendencias vanguardistas de las letras francesas, como el surrealismo, el nouveau roman o los OuLiPo. SE puede considerar a Ashbery como el verdadero descubridor de Roussel para la cultura norteamericana, porque en el ya lejano año 1961 publicó un estudio sobre el autor en la revista Art News Annual. Señala en dicho estudio que en pocos casos como éste se da una simbiosis tan perfecta entre vida y obra, por esa razón es necesario conocer detalladamente los avatares de una existencia que Ashbery desgrana minuciosamente, los fracasos teatrales, la pasión obsesiva por estrenar diariamente ropa o la extravagancia de sus viajes. En cuanto a su obra, quizá sean estas palabras las que mejor la definen: «Su maniático cuidado de la concisión [y] el uso de la menor cantidad posible de palabras para decir lo que tiene que decir». Tanto era lo que Roussel se veía en la necesidad de expresar, que no entendía, por ejemplo, que Wittgenstein perdiera el tiempo escribiendo sobre la imposibilidad de escribir sobre lo inefable.
Los tres poetas comentados a continuación pertenecen por derecho propio a la tradición norteamericana. John Wheelwright, combinó su poesía experimental con actividades políticas marxistas. Murió prematuramente, atropellado por un conductor ebrio, a la edad de 43 años. «La mayoría de sus poemas, escribe Ashbery, comportan una carga ideológica que él sinceramente quiere hacer comprensible; al principio el mensaje era teológico; hacia el final, marxista y revolucionario». Las actividades de Wheelwright como miembro del Partido Socialista no sólo se centran en la educación —tenía asignada la sección de literatura, fue editor de poesía de Arise (revista cultural del Partido Socialista) y un destacado miembro de la Sociedad de Artes Rebel— sino que se implicó en la lucha a pie de calle y trabajó en defensa de los presos políticos y de organizaciones contra la guerra de la década de 1930.
Laura Riding, a la que Ashbery califica como «controladora obsesiva», por su negativa a reeditar su obra (publicada inicialmente en tiradas muy cortas, inencontrables al poco tiempo de ver la luz) o por las condiciones que impone cuando acepta hacerlo. La propia poeta escribe en el prefacio a Poeta: una palabra mentirosa, después de denunciar la falacia que oculta en sí misma la poesía: «Creo que mis poemas pertenecen a la zona más pura de la poesía, aunque eso no la convierte en otra cosa que no sea poesía, y creo que la poesía dificulta la pretensión generalizada de una mayor facilidad en nuestro estilo lingüístico de vida». David Schubert es el último de los poetas escogidos. Fallecido tempranamente a la edad de 33 años, es hoy un poeta prácticamente desconocido que, sin embargo, fue admirado en su tiempo por poetas como William Carlos William, Robert Frost o James Laughlin. «El típico poema de Schubert, escribe Ashbery, tiene el aspecto de algo que se hizo añicos y se reconstruyó sin mucho esmero, y que ahora se contempla con una mezcla de remordimiento y diversión».
Las relaciones entre la vida y la obra no poseen la misma relevancia en unos autores que en otros, sin embargo, en los autores escogidos por Ashbery («Elegí a estos autores en parte porque me gustan y en parte porque tengo la impresión —para quienes lo crean necesario— de que podrán arrojar algo de luz sobre mi propia escritura») para protagonizar las conferencias Norton, se dan una serie de coincidencias difíciles de silenciar. Vidas difíciles, marcadas por la pobreza o por la exclusión, breves en muchos casos, segadas dramáticamente, atormentadas en todos ellos, por eso Ashbery ha considerado necesario diseccionarlas, darnos noticia de los hechos que marcaron el destino de personajes tan singulares, sin que por ello pretenda reducir el poema, la obra del autor a las eventualidades biográficas, pero sí resulta evidente que el contexto personal y social han influido en la deriva creativa, y de ello dan cuenta estas hermosas páginas. Una tradición distinta que debemos conocer para salirnos de los caminos trillados que imponen unos criterios homogenizados y, en muchos casos, acríticos. Como escribe Octavio Paz en Corriente alterna, «Tradición no es continuidad, sino ruptura y de ahí que no sea inexacto llamar a la tradición moderna: tradición de la ruptura». Otras tradiciones, un libro imprescindible como pocos, nos ofrece más que suficiente información como para que nos cuestionemos nuestro propio concepto de tradición y tengamos el arrojo de reconstruirla. Sólo con este pretexto, hay otros muchos, debería bastarnos para leerlo a conciencia, para, al acabar de leerlo, volver a empezarlo.
*Artículo publicado en el número 21 de la revista NAYAGUA

Anuncios