JUAN JOSÉ VÉLEZ OTERO. EN EL SOLAR DEL NÓMADA. VALPARAÍSO EDICIONES, 2014
El profesor José Jurado Morales, en el minucioso prólogo de este libro, escribe que «toda la obra de Juan José Vélez responde al impulso creador de un hombre escéptico por naturaleza de la condición humana, descreído por razonamiento de cualquier doctrina y crítico por convicción de toda injusticia cívica». No son, como se ve, planteamientos baladíes, todo lo contrario, estos principios dan pie a una poesía construida con un discurso firme, detallado, nunca aséptico, pocas veces impresionista, alimentado más por reflexiones de orden moral y filosófico que por irracionalismos oníricos o por un museo imaginario de la melancolía. El escepticismo es una manera particular de confesionalismo que no excluye el pensamiento vital y contribuye como pocos a reconstruir la biografía espiritual del autor equilibrando pérdidas y ganancias, separando lo esencial de lo adventicio. El poema «Poética» puede serviros de ejemplo de esto que decimos: «Conozco algunos. Escriben solos en la penumbra,/ callados en la derrota,/ en el lugar vacío, en el hueco/ inmenso de un útero invisible y yermo.// Son los desconocidos , los olvidados, los parias»
Pero digamos ya que En el solar del nómada conviven dos libros con significadas diferencias que el mismo título, un rotundo oxímoron, define. Por una parte está «El solar», la primera parte, dividida, a su vez, en tres secciones y, por otra, «La soledad del nómada», integrada por otras dos. José Jurado Morales recalca este contraste: «Si el solar alude a la casa o al terreno donde se ha de edificar y, por lo tanto, a la inmovilidad, la estabilidad y la quietud […] el concepto de nómada se refiere al viaje, a la trashumancia y la experiencia». No podemos estar más de acuerdo.Sin embargo, el solar es también el lugar en el que la identidad del sujeto poético entra en ebullición, quizá porque esa inmovilidad a la que alude Jurado Morales propicie la reflexión, el examen de conciencia, la asunción del fracaso, la apatía y la gangrena emocional. Desde muy pronto, algunos versos confirman esta hipótesis, como en uno de los primeros poemas del libro, «Mateo, 8, 22»: «Qué hacer, enhiesto en la derrota,/ sino aceptar la terrible halitosis del fracaso./ Vaciemos el acuario de los sueños./ Dejemos que los muertos entierren a los muertos.». Afortunadamente, este tono de capitulación, con ser predominante en todo el libro, tiene su contrapunto en algunos versos, como estos: «un refugio con un solo cuarto de baño/ y salón con vistas a la esperanza» o en el poma «El solar», en el que subyace, a pesar del desengaño metafísico, de la desilusión existencial, una expectativa de redención: «Y preparemos un mundo mejor,/ que el que tenemos ya no sirve». Pero los versos de un José Vélez Otero estás imbuidos por un pesimismo ontológico difícil de contrarrestar. Al lector le puede embargar la sensación de ser un incómodo testigo de ese desmoronamiento, de una experiencia de finitud narrada con absoluta lucidez. El solar será así el lugar donde habitan los fantasmas del pasado, unos fantasmas telúricos, no quiméricos, sino con una presencia ineludible. El poeta lucha contra el paso del tiempo con evidente acritud: «Pues nada queda de la casa/ que, en otro invierno, no muy lejano,/ aún con color en el recuerdo,/ sirviera de refugio a esta soledad/ y de cobijo a la ausencia».
«La soledad del nómada», la segunda parte del libro, ofrece una perspectiva menos melancólica. Las circunstancias que rodean al poeta están lejos de haber mejorado, pero la actitud frente a ellas ha cambiado. Ahora la sensación de derrota, aunque presente («La madurez supuesta está formada/ por signos invisibles de derrota»), se transforma en insurrección contra el paso del tiempo, contar la inevitable muerte. Una nueva casa parece servir de escudo, de amurallada torre defensiva: «Desde esta nueva casa/ vemos el monte cuando atardece,/ la soledad y yo vemos el monte/ cuando atardece,/ cuando se abren las ventanas/ a las ascuas de este incendio/ repetido y nunca el mismo». Estos signos esperanzadores no ocultan la caída en el abismo, la zozobra existencial, el caos vital. El precario destino humano es asumido con pesadumbre, y sin asideros religiosos. La vida es un sacrificio continuo y la naturaleza del ser humano es trágica en su temporalidad, en su inestabilidad: «Nada más solitario que el hombre/ y su condición de hombre/ fugaz y trashumante/ que pasa las tardes mirando las veletas», escribe en el poema titulado «La soledad del nómada».
En el solar del nómada es la obra de madurez de un poeta de larga trayectoria —recordemos que Juan José Vélez Otero (1957) es autor de poemarios como Panorama desde el ático (1998), Ese tren que nos lleva (1999), Juegos de misantropía (2002), El álbum de la memoria (2004), La soledad del nómada (2004) y El solar (2007), reunidos ahora es este libro que nos ocupa, El sonido de la rueca (2005) y Otro milagro de la primavera (2010)—, un libro reescrito y revisado que destila al mismo tiempo el profundo amor a la vida del poeta, la familiar inocencia perdida por los reveses del destino y la sospecha terrible de que nada puede impedir que la realidad se imponga al deseo. El infierno parece estar a la vuelta de la esquina y la palabra nada puede contra la muerte, por eso el poeta, en los versos finales del libro, dice a su interlocutor, a ese yo con el que dialoga a lo largo de los poemas, «Deshazte para siempre del guión/ y exhibe en la bandeja tu cabeza sangrienta.// Lo que pudo ser no ha sido». Una pedagogía de origen grecolatino, un duro final escrito con contención y en consonancia, como no podía ser de otra forma, con el tono por momentos trágico de todo el libro.

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