AMELIA ROSELLI. LA LIBÉLULA. TRADUCCIÓN DE ESPERANZA ORTEGA. POESÍA SEXTO PISO, 2015
Aunque el libro que hoy comentamos, La Libélula, fue escrito en 1958, sin embargo, no sería publicado hasta 1985, momento en el que la autora decide sacarlo a la luz. Para entonces, lo más importante de su obra ya ha sido publicado, empezando por los poemarios Variazioni belliche (1964) y Serie ospedaliera (1969) que incluyen algunas de las primeras canciones que escribió, y siguiendo con Documento (1976), Primi scritti.1952-1963(1980), Impromptu (1981) ) y Appunti Sparsi e persi. 1966-1977 (1983) y los libros de prosa Italiane prosa. Prime (1954), Nota (1967-1968) y Diario ottuso (1968). La edición de esta obra que tenemos en nuestras manos, traducida por Esperanza Ortega, se presenta completa por primera vez en castellano, aunque algunos fragmentos de este larguísimo y complejo poema fueron incluidos en el libro Poesías, una antología publicada por Igitur en 2004, en traducción de Alessandra Merlo y con un prólogo de Pier Paolo Passolini.
La vida de Amelia Roselle, nacida en París en 1930, ciudad en la que su padre había buscado refugio por motivos políticos, no fue nada fácil. Hija de Carlo Roselli, héroe de la resistencia antifascista asesinado por el servicio secreto de Mussolini en 1937 y de Marion Cave, una activista política inglesa, se vio obligada, junto con su familia, a sufrir desde muy pronto el éxodo, éxodo que la llevó a Inglaterra y, posteriormente, a Estados Unidos, donde estudió dibujo, literatura y música. No será hasta 1946 cuando regresará a Italia, primero a Florencia, para establecerse definitivamente en Roma —una vez fallecida su madre— ejerciendo como traductora, aunque continuó alimentando su más arraigada pasión, la música. Los estudios de composición y de musicología influyeron de manera decisiva en el vanguardismo de su obra —como también lo hizo la amplia cultura literaria que su condición de trilingüe le proporcionó, algo que ha redundado en la complejidades sintácticas de sus poemas—, una obra, por otra parte, escrita en italiano —el idioma en el que publicó sus primeros escritos—, pero también en inglés y en francés. Hoy es reconocida como una de las poetas italianas más importantes de la segunda mitad del siglo pasado. Muy pronto fue elogiada por Pasolini —fue él quien la descubrió y propició la publicación de sus poemas en la revista Il Menabo— y por el poeta Andrea Zanzotto. La crítica es unánime a la hora de elogiar una obra que bebe de tradiciones literarias muy diversas que van desde los metafísicos ingleses a Ezra Pound, Ungaretti. Lucía Re, experta en la obra de nuestra autora, escribe que «Amelia Rosselli es una de las grandes poetas del siglo XX. Su voz trágica pero extrañamente consoladora es sólo comparable a la de poetas como Celan, Bachmann, Char, Pasternak, Ajmátova o Plath, a quienes ella admiraba por su trabajo con el lenguaje. Sin embargo, su poesía, por oscura que pueda parecer en un primer momento, es siempre el resultado de un intento reflexivo de ofrecer al lector el sentido exacto de una realidad desgarrada, opresiva y violenta, experimentada o presenciada directamente, una realidad que Rosselli desea exponer, digerir y poner en cuestión. El fascismo, la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto, la Guerra Fría, la brutalidad política, la discriminación económica, racial y sexual, la injusticia social, la tergiversación de los medios de comunicación y la cultura de consumo, el egoísmo injustificable y cerril de la burguesía, son todas las realidades que sus textos evocan, tejiendo lo privado con lo público, lo personal con lo político. Leerla es embarcarse en un viaje inolvidable de el sufrimiento y la redención estética».
La libélula (Panegírico de la libertad), como hemos escrito más arriba, es un largo poema y, como tal, aborda diversas tramas y significados misceláneos, cuestiona ora la santidad de los inquilinos de la «santa sede» ora la sumisión a un mesías salvador: «Saber y callar y hablar y vibrar/ y olvidar y reencontrarme con la sombra de Jesús que supo/ desviarse de la miseria, en el momento justo/ por la carne de Dios, por el espíritu de Dios, por/ la excelencia de sus compases, sus respuestas/ encarnizadamente perfectas, su espíritu errante», errante como ella misma, porque esa errancia no era sólo de carácter físico, sino espiritual, motivada en gran medida por el asesinato de su padre cuando era una niña, por el desvalimiento psíquico que provocó esa tragedia, tragedia que no marcaría su devenir existencial durante el resto de su vida. No es un poema de fácil lectura porque las inusuales combinaciones verbales desorientan al lector, que debe retroceder en su lectura buscando un asidero semántico al que aferrase. Roselli utiliza fragmentos de otros autores, difícilmente identificables en su mayor parte, enmascarados en sus propios versículos, combina expresiones cotidianas, casi conversacionales, con otras que provienen de intuiciones o sueños, se deja llevar por la corriente del azar, como si su escritura la desencadenara un rapto, un conjuro. «Su poesía, escribe Alessandro Polcri, debe ser sentida y comprendida de manera simultánea. Es pre-lógica, primitiva y chamánica. Debe leerse directamente sin mirar atrás. Su verso te conduce hacia adelante con la esperanza de que pronto captes su sentido y te sientas arrastrado por esa corriente verbal hacia las imágenes que le sirven de asidero». Es, sí, una poesía eminentemente visual. Hay un fluir casi hipnótico de imágenes alimentadas por repeticiones, por paralelismos, por enumeraciones como esta: «Disipa/ tú el pudor de mi virginidad; disipa tú/ la entrega del cuerpo al enemigo. Disipa mi imagen,/ disipa el remo que golpea la rama desprendida./ Disipa tú si quieres esta disipada vida disipa/ mis incoherentes razones…». Es sólo un pequeño ejemplo de los muchos que podemos entresacar del libro. Amelia Roselli fue una reputada musicóloga —escribió algunas obras de música ConCreta— y esto se nota en la particular musicalidad de su verso, algo que logra trasladar especialmente bien Esperanza Ortega, su traductora. Un musicalidad salmódica, puesta al servicio del aliento profético de muchos de los versos, de la efusión onírica, de la inventiva imaginista, pero también de los versos de contenido más político, cívico e incluso sensorial: «Pensar/ en ti me hacía daño, pensar mal de ti real/ me apagaba la alegría de ti irreal, más verdadera/ que tu verdadera visión, / más lúcida que/ tu vívida demostración, más lúcida que tu/ lúcida vida verdadera que yo no veo». La libélula descubre al lector una poesía de altísima hondura, de una amalgama de significados imposibles de percibir en una primera lectura, algo que sólo la verdadera poesía consigue conciliar. Amelia Roselli postergó su publicación por motivos que se nos escapan, pero no es aventurado colegir que era muy consciente de que, envuelta en ese velo opaco, mostraba la desnudez de su desamparo, un desamparo que la condujo, como colofón al permanente afán de destrucción que atravesó su vida, a suicidarse en 1996, arrojándose al vacío desde un quinto piso. Su memoria sigue viva gracias a sus versos.

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