ANTONIO PARRA. INVENTARIO DE LA FELICIDAD. COLECCIÓN ASTROLABIO, 2014
La obra de Antonio Parra (Melilla, 1946) se ha desarrollado generalmente al margen de los circuitos comerciales de la poesía. Sólo uno de sus libros, El nombre de la tierra, publicado por la editorial Renacimiento, una de las más longevas y con un catalogo más logrado de cuantas editan poesía en nuestro país, mitigó la restringida difusión del resto de su obra, una obra que, sin lugar a dudas, merece encontrar a los lectores que puedan apreciarla. No quiere este comentario sembrar una falsa idea que conduzca a menospreciar a las editoriales o colecciones que han acogido los poemas de Antonio Parra, antes al contrario, Primera ausencia, su primer poemario, vio la luz bajo el exquisito cuidado editorial de Bernabé Fernádez-Canivell, en su colección «A quien conmigo va». Otros libros suyos se han publicado en ediciones impresas por Dardo, la antigua imprenta Sur, lo que es una garantía inequívoca de calidad y belleza, pero, lamentablemente, su distribución raramente ha traspasado las fronteras provinciales. Por otra parte, otro de sus libros, Nemico Intimo, se publicó en Venecia en 1983, lo que, como se puede imaginar sin necesidad de recurrir a la cabalística, tampoco contribuyó a dar a conocer en nuestro país la poesía del autor, que ha vivido, además, durante muchos años fuera de España, principalmente en Italia.
Inventario de la felicidad, su último libro, padece condiciones similares a las descritas. La edición es mucho más que digna, pero sospechamos que su ámbito de difusión tampoco traspasará esos límites de los que hablamos, y es una verdadera pena, porque el libro contiene lo mejor de la poesía de Antonio Parra, una poesía, además, en la que se describe un proceso de asentimiento vital, una ratificación del pasado, de lo vivido, con momentos de melancolía (el poema titulado «Desesperanza puede ser un buen ejemplo de lo que digo) nada disonantes ni condescendientes. «He invertido en alegría e ilusiones/ sin fecha de caducidad, gastando el tiempo/ que nos deja el dolor en ensueños y esperanzas.» Después de leer estos versos, queda manifiesta la relación entre autenticidad y belleza. El poeta siente la necesidad de narrar su experiencia, de presentarse ante los demás y, sobre todo, ante sí mismo, sin máscaras ni gestos redentores, pero sin afán didáctico alguno. Estuve tentado de comenzar este comentario por la parte final del libro, por la titulada «Inventario», un largo poema del que luego hablaremos, pero poemas como «Autorretrato» me hicieron reconsiderar esta idea, porque, en ellos, el autor, nos ofrece algunas de las claves de ésta su poesía más reciente: «El arroyo/ en el que navego, refleja una imagen/ más veraz que el espejo de cada día», algo que también nos ocurre con el poema «Retrato». Es cierto que prevalece en sus versos la constancia del fracaso, pero el olvido logra cauterizar la herida, hasta convertirla en una costra que endurece la piel, a hacerla más resistente, inmune al filo de la devastación. No hay resignación, al menos en el sentido de claudicación sin condiciones, sino aprendizaje, aceptación y adaptación a las circunstancias, conciencia doliente de la fugacidad humana, como deja claro en el poema «Últimas palabras»: «Cuando todo se acabe, cuando/ con manifiesta zozobra esperaré tenaz/ que los suspiros consuman la inicua/ tregua de los besos,/ cuando otra vez/ aprenda a desnudar un cuerpo/ cuando/ sepa atesorar los dormidos agravios/ y pueda pervertir la vigilia del miedo,/ cuando no busque raíces en efímeros goces/ y deje de escucharme en la prestada voz,/ intentando pacificarme en la mía/ empezaré a engañarme con otro nuevo sueño.», pero también certidumbre de que el paso del tiempo vigoriza a quien lo asume sin catastrofismos inútiles. Este poema da paso a la sección titulada «De la muerte», en la Antonio Parra se vale de ciertos correlatos objetivos cifrados en la pintura, en la poesía, en cuadernos o tapices para describir cómo enfrentase a la presencia de la muerte. Subyace en el fondo de estos versos una postura estoica, desengañada más que trágica, aunque no pueda evitar cierta crudeza cuando se interroga sobre el sinsentido de la vida en soledad, del ser y del estar en el mundo sin amor, sin recuerdos: «Ni en mis propios despojos encuentro nada tuyo,/ y sólo una atezada nube aviva tu recuerdo». Después de estos estremecedores versos, el «Inventario» que se desgrana posteriormente podía caer en el patetismo más desconsolado pero Antonio Parra evita ese descenso al fondo de las miserias humanas y remonta el vuelo con unos versos cargados de esperanza, aunque sea tan fugaz como el brillo de un relámpago: «Inicias tu inventario/ esperando que algo nuevo suceda en tu sueño/ que siempre acabará por romperse en la ceguera/ que te envuelve». La reflexión final que entresacamos de esa comprensible alternancia entre instantes dichosos y etapas elegiacas es que el poeta debe ser como un camaleón, y configurar el color de su piel a los acontecimientos que le toca vivir, sólo así logrará sobrevivir, acaso maltrecho, pero aún con fuerzas para presentarse erguido ante el destino, al fin y al cabo explicar «¿Qué es felicidad?» no es asunto sencillo, menos todavía cuándo uno se interna en una meditación profunda y vuelve la vista hacia el pasado, cuando uno no se siente agredido por el entorno. Antonio Parra es consciente de los límites que impone a su propio devenir esa mirada escrutadora y nada complaciente consigo mismo y, tal vez por eso, cansado de sí mismo y de recrearse en su desventura, deja estos últimos versos como testimonio de que la aparente capitulación implícita en los poemas de este libro era tan solo una tregua: «Deja, deja ya ese inútil inventario/ que nunca acabarás, y empieza/ a mirarte en el espejo de esa alta marea/ donde está amaneciendo». La poesía auténtica siempre deja en el lector un corazón palpitando.

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