JUAN ANTONIO MARÍN. LA NOCHE Y SU PERDÓN. PREMIO JOSÉ HIERRO. DEPARTAMENTO DE PUBLICACIONES DE LA UNIVERSIDAD POPULAR JOSÉ HIERRO, 2014
El itinerario poético de Juan Antonio Marín comenzó de la mejor manera posible, logrando el Premio de Poesía Adonais a los 24 años, un premio que ha consolidado su prestigio a lo largo de los años descubriendo nuevos autores —inéditos en algunos casos— y confirmando los primeros pasos de otros que comenzaban a despuntar, como fue el caso del mismo José Hierro, poeta que da nombre al galardón que corona La noche y su perdón, el libro que hoy nos ocupa, y de otros grandes nombres de la poesía española como —haciendo un recorrido necesariamente incompleto—Claudio Rodríguez, Valente, Félix Grande, Pureza Canelo, Eloy Sánchez Rosillo, Luis García Montero, Ana Merino o Juan Carlos Mestre. Desde aquel libro inicial, El horizonte de la noche (1993), hasta éste, La noche y su perdón (obsérvese la presencia tutelar de la noche en ambos títulos) el autor ha ido conformando una obra con meditada lentitud y rigor, integrada por estos títulos Como se nombra el agua (1998), El mundo convocado (Premio Cáceres Patrimonio de la Humanidad, 2002), Ciudad iluminada (2007) y Yo he vivido en la tierra (2011). No es una obra excesivamente amplia, seis libros en más de veinte años, lo que posiblemente responde a un proceso de escritura acompasado al ritmo vital que ignora los dictados de la urgencia, dictados que suelen conducir a una desagradable precipitación de la que los más se arrepienten en el futuro.
«Capitulación», la primera sección de La noche y su perdón comienza con un largo poema de reconciliación vital: «Ahora voy a sentarme a ser feliz,/ voy a diagnosticar silencio en mi cuarto de máquinas,/ voy a errar como un sabio por países mojados,/ por ciudades vacías y paisajes de leche./ Ahora voy a sentarme a ser feliz.» Toda una declaración de intenciones que, sin embargo, se verá oscurecida por la sombra de la incertidumbre. El autor es consciente de que una cosa son los propósitos y otra son los hechos consumados, como lo deja traslucir el uso frecuente de disyuntivas, de adversativas y de interrogaciones, por más que cuente con la complicidad de la escritura para configurar un destino a su medida. La escritura será entonces la herramienta que colocará en ebullición el pasado, los recuerdos, la vida toda, porque se «Se escribe para arder» en un intento de «recoger todo el ruido/ que acopla el universo/ y el cerebro ruin, que sólo piensa/ por debajo y al fondo de sus maquinaciones». Juan Antonio Marín, en unos versos que podemos leer a modo de poética, nos aclara esta voluntad de estilo que yo sólo he esbozado tímidamente, mucho mejor que cualquier análisis especulativo: «Yo acudo a mi pluma, a mi descanso,/ y festejo el sabor de las palabras,/ el poder que poseen para desenterrar/ los fragmentos dispersos y volátiles/ de la imaginación y el pensamiento», aunque no acaban aquí las reflexiones sobre el alcance de la propia escritura. El autor se sitúa frente a la realidad como un mero espectador —intento, por otra parte, infructuoso— con el objeto de describir lo que ve sin referencias o matices previos: «Sólo quiero escribir, nada me pesa en la conciencia», como si hubiera estado ausente, sin contacto con nada ni nadie. La imposibilidad de ejercer ese dominio aséptico sobre las cosas se manifiesta en una nueva reflexión metalingüística: «Qué voy a hacer ahora yo con palabras,/ con palabras no puedo desnudar el mundo»
Después de una breve segunda sección, «El mundo no es redondo», en la que prevalece un discurso de orden temporal, llegamos a «Dormir en primavera», un título discordante—la primavera invita al despertar vital, no a la somnolencia— que engloba de forma minuciosa los dos polos sobre los que gravitan lo poemas que integran la sección tercera, «la luz nuestra alegría» y la sombra del tiempo. Después de los inevitables merodeos tratando de discernir por medio de imágenes inmediatas, asociadas a una sensación de renuncia, de escepticismo ante el futuro, la «esencial heterogeneidad del ser», de la que hablaba Mairena, y su temporalidad, pero también el deseo de conocimiento, la búsqueda de paz interior, le impelen a desestimar ese proceso indagatorio, como los lectores comprobarán al leer la cuarta y última sección del libro, «Linaje empedernido», en cuyo primer poema podemos leer esta estrofa: «Yo me quiero salvar, y quiero ser feliz/y por mis propios medios, con mi barro y mis tablas,/ y con las herramientas de mi oficio/ quiero hacerme mi casa y mi ciudad,/ y que entre la gente sin saber que es mi obra/ la calle que frecuenta». De nuevo asistimos a un acto de fe en el poder revelador de la palabra, capaz de restituir la verdad y la belleza del mudo. En La noche y su perdón hay un permanente tira y afloja entre la realidad contemplada y la realidad vivida. Tomar conciencia de que no son compartimentos estancos exige tener una mente lúcida, por más que dicha mente carezca de verdades absolutas y el pensamiento fluctúe entre la esperanza y el desasosiego, busque su propio centro, un centro desde el que ordenar un mundo tan hostil, tan complejo. «Y en el mundo, a diario, el orden fructifica:/ la vida y belleza conquistan los paisajes,/ y el dictado sutil/ de una misteriosa inteligencia/ se va haciendo valer sobre la tierra», escribe Juan Antonio Marín en unos hermosos y contundentes versos que nos sirven como colofón a este comentario que invita al lector a dejarse envolver por la atmósfera tibia y acogedora, pero también contaminada por los posos de la tribulación que toda buena poesía alberga.

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