JAVIER LOSTALÉ. EL PULSO DE LAS NUBES. PRE-TEXTOS POESÍA, 2014
Pocos poetas viven más intensamente la poesía que Javier Lostalé (1942). Desde su antiguo puesto en Radio Nacional de España se encargó de difundirla en diferentes programas, buena prueba de ello fueron «El ojo crítico» o «La estación azul» (labor que fue reconocida con los Premios Ondas y el Premio Nacional de Fomento de la Lectura), durante décadas; ha colaborado asiduamente— y sigue haciéndolo con maestría, demostrando un conocimiento de la poesía contemporánea admirable— en numerosas revistas literarias, preparando antologías, como la Antología del mar y la noche. Vicente Aleixandre —autor admirado y estudiado con toda la profundidad que brinda la amistad a lo largo— o Edad presente. Poesía cordobesa para el siglo XXI y ofreciendo charlas y reflexiones en foros de índole diversa, en universidades, bibliotecas, centros educativos o talleres creativos. Allí donde se le reclama para hablar de poesía, acude entusiasmado Javier Lostalé, con su natural bonhomía. Pero Lostalé es no sólo un inestimable y pertinaz difusor de la poesía ajena, es además un excelente poeta, autor de una obra densa y lograda que tuvo su puesta en escena en 1976, año de la publicación de Jimmy Jimmy (oportunamente reeditado el año 2000). Figura en el paseo marítimo fue su segundo libro, publicado en 1981, libro con el que se abrió un largo paréntesis editorial, afortunadamente cerrado en 1995, fecha de publicación de La rosa inclinada. Desde entonces, la presencia en las librerías de Javier Lostalé ha sido regular y, a día de hoy, podemos disfrutar de una obra, como he señalado más arriba, con una intensidad, con un rigor y, a la vez, un mimo por la palabra poco habitual en estos tiempos en los que la déshabillé gramatical se ha convertido, para muchos autores, en marca de la casa; una obra recogida en la edición de su poesía completa hasta entonces, La rosa inclinada. Poesía 1976-2001 (Calambur, 2002), además de las antologías Rosa y tormenta (Cálamo, 2012) y Azul relente (Renacimiento, 2014), libro que adelanta alguno de los poemas que integran El pulso de las nubes.
Treinta y un poemas integran este último poemario en el que adquiere un protagonismo principal el tono de renuncia, de melancólico desánimo, de aceptación del destino, aunque esto no opaca la certidumbre de haber vivido ciertos momentos de intensidad, de plenitud vital que ahora sirven de lenitivo al paso del tiempo: «Allí todavía el pulso/ de lo un día amado/ traspira su honda verdad/ y envuelve el espacio/ en sombra fría», escribe en el poema «Techo». El amor también sostiene, aunque a veces lo haga de forma subterránea, el armazón poemático del libro, un amor real, por más que las palabras lo idealicen, un amor que construye la identidad del amante y que funciona como una especie de espejo. Es en la profundidad de los ojos del amado donde el amante se abisma, se deja caer ascendiendo. La mirada ajena aporta otra forma de verse distinta a como lo hace la propia, si no más verídica, si complementaria, por eso escribe que «No es tuya la luz de tus ojos/ sino el humo destilado/ de cuantos en su mirada te recibieron/ sin mapas ni fronteras». Como no podía ser de otra forma, después de lo dicho, el amor se concibe también como salvación («Vive quien un día amó/ borrado en la conciencia de otro ser»), como confirmación de una existencia colmada de momentos dichosos que logra desafiar a la muerte, muerte que está presente en el espléndido poema «Inmortal», pero de forma desdramatizada, no como un terrible acabamiento físico, aunque sí espiritual, porque la muerte verdadera se esconde en el olvido, hasta llegar al culmen que anuncian estos estremecedores versos: «Si tras la muerte/ doble sepultura encontrara en tu memoria/ hasta brillar en su cielo vacío,/ entregaría toda mi vida/ a un lento olvidarme de ti/ para más allá del deseo/ sentirte presencia inmortal» . De los versos de Lostalé podríamos deducir que al poeta le basta el recuerdo de esos momentos para curar el mal de altura, la sensación de pérdida o fracaso, pero es un error, porque la soledad no es, en su caso, una consecuencia de ningún desengaño vital, sino una opción personal que el poeta ha asumido con fecunda serenidad. Quizá como en ningún otro, esto que digo, lo podemos comprobar en el poema «Solitario» (uno de los que prefiero), en cuyos versos primeros escribe: «Tiene el solitario la luz dentro,/ por eso se convoca a noche perpetua/ sin dejar nunca de amanecer».
Las nubes a las que hace referencia el título son una alegoría de la fugacidad del deseo, como queda de manifiesto en los versos finales del poema «Nubes»: «En su luciente desvanecimiento/ las nubes nos ignoran,/ pero hay en ellas un fugitivo soplo carnal/ que nos anuda sin tiempo ni destino/ a la universal pulsación de lo aún no concebido», pero son también un espacio de cielo vencido, una mancha que tiñe el azul del gris, del negro plomizo de lo posible imposible, de la esperanza y de la caída, esa caída que en la tradición judeo-cristiana simboliza la soberbia de pretender la inmortalidad o la potestad divina, una potestad que, si en alguna medida ansía Lostalé, será para reafirmarse el carácter sagrado del deseo y la voluntad de ser en el otro. Si en libros anteriores, la presencia tutelar de Aleixandre era significativa, nos da la impresión de que en este libro se traslucen otras influencias que le aproximan más a poetas como Juan de la Cruz y Juan Ramón Jiménez, poetas, por otra parte, con un concepto de trascendentalidad arraigado en raíces colindantes, aunque a primera vista parezcan sus pretensiones casi opuestas. El curso rápido del entusiasmo, de la pasión vital se va aplacando hasta desembocar en un mar de quietud y esa quietud, esa aquiescencia es la que trasmiten con precisión no exenta de belleza estos versos.

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