PILAR BLANCO. RAÍCES DE LA SANGRE. EOLAS EDICIONES, 2014.
Toda antología supone una revisión y, al mismo tiempo, una afirmación de la obra seleccionada y señala un antes y un después en el proceso creativo del autor. Este punto de inflexión del que hablamos no afecta por igual a todos los creadores. Algunos, los menos, hacen tabula rasa y a partir de la publicación de las páginas escogidas —estamos hablando de escritores, de poetas—, experimentan un giro notorio en su forma de enfrentarse al acto creativo, apenas insinuado anteriormente, no por afán de dejar atrás su pasado, algo impracticable en lo que atañe al acervo intelectual, sino, en unos casos, por necesidad vital y en otros, sin embargo, por un deseo irrefrenable de aventura, de cambio de aires estético. En cualquier caso, en la mayoría de los creadores —sean estos poetas, pintores, músicos o artistas en general— no se da una fractura tan abrupta, antes bien, se aprecia una evolución coherente con esos principios estéticos que han conducido su obra hasta la actual posición, y lo que se realiza con posteridad al recuento está ligado, cuando no se trata de una evolución sin discontinuidades, indefectiblemente a sus orígenes, aunque esté diluido en retóricas de ambición distinta. El artista, la poeta, en el caso que nos ocupa, no crea su obra a partir de unos procedimientos teóricos determinados, porel contrario, sus poemas se adscriben a posteriori a una u otra corriente estética (y damos por sentado que las fronteras que delimitan dichas corrientes no son impermeables, sufren influencias externas, poseen innumerables grietas que las hacen, afortunadamente, vulnerables), sin que el autor sea, en la mayor parte de las ocasiones, consciente de esa adscripción.
Pilar Blanco, que de ella hablamos, publicó Con la cal en los dedos, una antología de su obra, en 2012 y posteriormente, en lo que se refiere a su articulación poética, en el año 2013, un nuevo libro, Alas como labios, que venía a dar esa continuidad de la que hablábamos, a su obra anterior. Hace sólo unos meses, ha visto la luz este Raíces de la sangre que ahora comentamos y que presenta algunas singularidades con respecto de su obra anterior, singularidades que van desde el registro formal (nos encontramos en este libro con muchos poemas versículares que a veces derivan en el poema en prosa, algo poco frecuente en Pilar Blanco, cuyo verso ha tendido más hacia el poema breve, condensado, de palabra desnuda y concluyente) al hilo conductor que enlaza todos los poemas, que no es otro que el bosque, el bosque como símbolo del mundo interior, un mundo en el que se armonizan lo íntimo, el organismo cerrado como una concha de un centro inexpugnable y la imagen externa de ese conglomerado que forman los millones de hojas y de ramas entendidas como el escenario en el cual la identidad va tomando forma, porque «Entramos en el bosque muy despacio. La bóveda de la luz tamizada era el único abrigo de la desposesión». Dentro y fuera son conceptos equívocos porque su percepción depende en mucho del lugar desde donde se observe, pero pueden servirnos de referencia para interpretar los dos niveles semánticos por los que transita la poesía más reciente de Pilar Blanco.
El libro está dividido en dos partes, desiguales en cuanto a extensión, la primera, titulada «Haz», consta de trece poemas, numerados desde el cero hasta el doce. «Envés», la segunda, consta tan solo de siete, los que van desde el número trece hasta el diecinueve. El hilo conductor, el hilo que conecta el afuera con el adentro no es otro que el olvido, «el manto de hojas del olvido». Como decíamos más arriba, por un lado, el bosque como lugar impenetrable y, por otro, la magnificencia de la naturaleza, la intemperie, son los dos polos sobre los que oscilan los poemas, en unos casos, concediendo el protagonismo a lo externo, al conocimiento del mundo que proporcionan los sentidos, a través de una poesía discursiva, como en los versos que siguen: «Mientras se reajustan los contornos, mientras cada/ pulsión y cada sentimiento vuelven a su lugar, el que/ les corresponda, piensas en lo de que real tiene este/ bosque, sus linderos solitarios, su rumor incesante de/ vida que se esconde y multiplica» y en otros, partiendo de la intuición, de las corazonadas, podríamos decir, como expresan, a nuestro modo de ver, con versos más reflexivos, versos como estos: «Lo espeso y lo transparente. Lo que cuesta atravesar,/ porque se resiste a dejar de ser suyo, y lo que se exhibe/ en todos sus recovecos./ Latir del corazón en el escaparate de las vértebras».
No gusta esta poesía de ocultar las influencias que alimentan su discurrir, por eso son homenajeados de distintas forma —bien citando versos, bien aludiendo a su obra— una buena nómina de autores, muchos de ellos alejados, sólo aparentemente, como el buen lector puede comprobar, de la práctica poética de Pilar Blanco, algo que resulta especialmente reconfortante, en una época que intenta establecer antagonismos irreductibles entre estéticas que, por parte, poseen bastantes más puntos en común de lo pretenden hacernos creer. Gracias al buen hacer de la autora, conviven en sus versos sin disonancias poetas como Ángel González, Rilke, Brines, Pizarnik u Octavio Paz, bajo cuya advocación se escriben versos como estos: «No es necesario conocer sus nombres para acercarse al alma de las cosas. Nombrar significa poseer. Y tú vives ahora en la desposesión»; pero también encontramos músicos tan distantes, y no sólo temporalmente, como Bach o Shostakóvich, porque hay una investigación subterránea en estos poemas de carácter metaliterario, una defensa de algunas premisas artísticas hoy lamentablemente postergadas, como la búsqueda de la belleza o el concepto de arte como necesidad vital: «Vives porque existe el arte. Y mientras hay arte hay vida». Hay un tira y afloja emocional que cobra mayor intensidad a medida que avanza el libro, una incertidumbre vital que se vive como una rémora, una necesidad de dar nombre a lo que experimenta el personaje que vive en el poema, de ahí los acertados neologismos que menudean en los versos: «parasiemprerío», «ahoraqué» o «marmorir» que buscan apropiarse de algo que aún no se logra definir. Sin embargo, cuando el lector se va acercando a los versos finales del libro, advierte un reconfortante atisbo de esperanza, una especie de reconciliación de dicho personaje poemático consigo mismo y con la existencia que le ha tocado en suerte: «La única verdad es que has huido hasta aquí para seguir perteneciéndole.// Cuanto más lejos espinas, de aislamiento, más en él, único mundo donde la libertad es posible». Si todo buen libro deja en el aire, no una conclusión unívoca, sino argumentos múltiples para dar cuenta de los interrogantes que la escritura conforma, la lectura de Raíces de sangre no defraudará al futuro lector que busca una respuesta diferente para cada momento su existencia. No encontrará en estos versos consejos o premoniciones, sino «la mirada hacia dentro. La que ofrece respuestas al tiempo que formula las preguntas». Sí, la mirada del ser hacia sí mismo, pero teniendo presente el espejo de los otros.

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