EDUARDO FRAILE VALLES. IN MEMORIAM. ILUSTRACIONES DE BULGARTCITA. EDICIONES TANSONVILLE, 2014
La trayectoria literaria de Eduardo Fraile Valles (Madrid, 1961) es lo suficientemente amplia y valiosa como para que su obra goce de un merecido reconocimiento. Una trayectoria que tiene una primera fase, integrada por libros como Ningún otoño es amor, publicado en 1982, NOPOEMA (1985) y el libro de artista, Tantalalúnada (1987). Posteriormente se suceden libros como Cálculo infinitesimal (1992) y A Nausícaa (1994). Sin apenas transición entre esta fase y la siguiente, Eduardo Fraile Valles publica en 1995 el libro 7 finales para Philip Marlow, en 1996 Cuando me saluda por la calle alguien que no sé quién es, y si además es guapa y Naked, I Wait en 1997. Vienen después unos años de silencio editorial, que no creativo, cuyos frutos comenzamos a leer en 2001, con la publicación de Con la posible excepción de mí mismo, primer volumen de la esmeradísima editorial Tansonville, editorial que acoge el libro motivo de estas páginas. Teoría de la luz, libro que rompe ese silencio, fue editado el año 2004. Hablábamos más arriba del merecido reconocimiento del que ha sido objeto la obra de Fraile Valles, algo que atestigua la concesión del Premio Fray Luis de León por su libro Quién mató a Kennedy y por qué. Apuntes del natural (2007) o el Accésit del Premio Jaime Gil de Biedma de 2008 por su libro La chica de la bolsa de colores. Los libros más recientes, incluyendo esa Balada de las golondrinas, publicada en 2009 dedicada a las golondrinas que poblaron su infancia en Castrodeza, y que, por otra parte, tan presentes siguen estando en sus libros, son Y de mí sé decir (2011), Ícaro&Co (2012) y Retrato de la soledad (2013). In memorian, nos anuncia el autor, es la sexta parte de una heptalogía «proustiana» que pronto llegará a su fin.
Los poemas están acompañados por unas hermosas ilustraciones de base naíf realizadas por África Bayón Acebes, Bulgartcita. Muchos de los libros de Eduardo Fraile Valles coinciden en esta combinación de poesía y arte, arte de distinta naturaleza que va desde la serigrafía al dibujo. Nada de extrañar, si tenemos en cuenta que el propio autor lleva años practicando la llamada, no sé si con absoluta precisión, poesía visual o experimental (no está de más recordar aquí la excelente exposición que se ha desarrollado recientemente en las salas del Círculo de Bellas Artes de Madrid dedicada a esta disciplina, Escritura experimental en España, 1963-1983, integrada por una selección de los fondos del deslumbrante Archivo Lafuente —exposición sobre la que hemos escrito en otra parte— para calibrar la importancia de esta práctica y, por otra parte, pareja a la marginación y a la orfandad de la que es objeto). Abundante es el currículum que ha acumulado, sin embargo, Eduardo Fraile Valles en esta técnica. Ha realizado varias exposiciones y ha colaborado en revistas especializadas como Pleamor, pROSAS in 12 PINKturas (1991), Números (1992), De las cosas (1994), 5 poemas visuales (1995), CaÓtica (1996), Deconstrucción de la rosa (1999), Anunciación. Parte de su obra aparece en antologías como Poesía Visual española (Calambur, 2007), Cinco miradas (Universidad de León, 2009) o Sentados o de pie (Fundación Jorge Guillén, 2013).
In memoriam está dividido en tres partes, encabezadas por un poema titulado «Pórtico» que recrea la figura de Félix Guayas, personaje que volverá a hacer acto de presencia en la segunda sección, en el poema que lleva el título del personaje. Un personaje peculiar que forma parte de esa galería de fantasmas que habitan en la memoria y que contribuye, como algunos otros que aparecen en el libro de forma más o menos velada, a cimentar el concepto circular del tiempo e incluso de la historia. De entre ellos sobresale por la ternura con la que está descrito Severo San José, un hombre de carne y hueso marcado por la tragedia: «era un alma pura que había ardido con el accidente/ que marcara su vida», el Hermano Honorio, un venerado profesor de 5º de Primaria: «Él nos abrió los ojos/ a lo maravilloso del mundo, y a los muchos lenguajes/ con que el mundo nos habla» o Chiara, la muchacha italiana que el deseo adolescente idealiza. Todos ellos cohabitan en las páginas con otras figuras como Marilyn Monroe o los actores que protagonizan las morosas, inquietantes películas del director hongkonés Won Kar-Wai, relativos más al mundo de la ficción que al real. Pero, difuminado en estos poemas que rememoran la infancia y de la adolescencia, encontramos un exquisito culturalismo que hunde sus raíces en la cultura griega, desde Tucídides a Zenón, desde la Guerra del Peloponeso a la bahía de Corintio, un culturalismo que configura una identidad en construcción, como acredita el poema «El poeta Eduardo Fraile yendo a echar una carta al correo», en el que en que se interiorizan los diversos yos de Pessoa de manera genuina, reviviéndolos en el instante en el que se escribe el poema, convirtiéndolos en cómplices involuntarios de sus propias incertidumbres existenciales. No faltan, diseminadas por distintos poemas, las aves, las queridas golondrinas que regresaban durante los meses de verano (a las que dedicó, como antes se ha dicho, un libro completo). En el poema «La partida», el último del libro propiamente dicho, son un símbolo de esa circularidad a la que hemos hecho mención anteriormente: «¡Adelante! ¡Brillad,/ dad en el blanco! Y os espero: ¡Volved!», escribe Eduardo Fraile.
Es muy posible que sea el poema «In memoriam», un conmovedor recuerdo de la madre y cómo ésta alentaba su temprana vocación de escritor: «Hijo, tú escribe,/ que me duermo mejor oyéndote», el eje conductor de todo el libro, un libro que finaliza como una «Addenda», compuesta por tres únicos poemas ya publicados que remiten a sendos poemas de este libro, y que creo completamente necesarios. La poesía de Eduardo Fraile Valles posee un innegable gusto por el detalle. La narratividad de los poemas, tan cercana a la prosa, no significa, muy al contrario, que prescinda del ritmo del verso. Asistimos a una excelente combinación de versos imparisílabos, combinados con solvencia, hasta el punto de convertirlos casi en versículos, en algunas ocasiones, y desestructurados con confianza y soltura en otras, lo que rompe la monotonía de un tan-tan monocorde. La bellísima edición no hace más que corresponder a la emoción que provocan los poemas. Ambos, ilustraciones y poemas, forman un todo inseparable que conviene degustar con delectación y sin prisa.

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