DULCE MARÍA GONZÁLEZ. DESCENDENCIA. VASO ROTO POESÍA, 2014
Los libros póstumos siempre dejan en el lector un regusto amargo, en el que se mezclan el placer de leer unos poemas nuevos con el lamento por la muerte del poeta (tan tristemente anticipada, en el caso de Dulce María) y la melancólica constatación de que el tránsito poético se ha interrumpido cuando estaba —como en este caso— en su pletórica madurez creativa, lo que nos induce a pensar que la hoz del tiempo nos ha hurtado una gavilla de versos memorables cargados de emoción. La muerte nos priva de asistir al desarrollo, al crecimiento de la obra futura. Sin embargo, no debemos caer en patetismos sentimentales ni en falsas premoniciones de ultratumba cuando hablamos de Dulce María González. «No hay en ella aspavientos ni dramas; hay, sí, valentía extrema al asumir la muerte próxima», escribe Luis Aguilar. Al lector se le debe exigir la misma integridad moral con la que el autor ha escrito sus poemas, si queremos ser coherentes con la dignidad de la poesía, dignidad que está muy por encima, en muchos casos, de quienes se escudan en ella de modo interesado.
Dulce María González (Monterrey, 1958-2014) ha escrito Descendencia no con un impulso testamentario, sino con la conciencia de que la escritura es una forma de prolongación vital, de que la poesía intensifica como ningún otro arte las sensaciones, las emociones, los actos cotidianos, por nimios que estos parezcan, y el entusiasmo por vivirlos. Clara Janés lo expone con otras palabras en el prólogo, en el que afirma que la misión del poeta es «la que permite ver lo permanente en lo fugaz». Se percibe en todos estos poemas una confianza extrema y antigua en el poder de la palabra, algo que el lector agradece sobremanera. En el segundo poema del libro, «Ocaso», escribe: «Cuando era joven estableció el día de la escritura». Fijó el tiempo, pero también el lugar, un lugar apartado, libre de intromisiones y, además, un lugar en el que la posibilidad de mantener a salvo su identidad no era una quimera, sino era auténtica. Esa confianza en las palabras se mantiene firme durante la escritura del libro, porque se afirma sin ambages incluso hasta en el poema final, «Pequeño Fernán», en el que escribe sobre el «canto primero, ancestral» y las «brillantes formas originales del Universo/ que el lenguaje oculta». El lenguaje se presenta así como depositario y trasmisor de la memoria atávica, como una especie de vademécum sentimental al que recurrir en los momentos de crisis existencial. El lenguaje, la palabra, el poema son ejercicios de supervivencia, principios de resistencia que se consolidan en unos versos que trasmiten no resignación, pero sí sereno acatamiento del destino, al que se mira no como un enemigo, sino con una ejemplarizante complicidad: «El día está para música de chelo», un día que «resplandece, llega a su cenit» envuelto en la música de Bach. Resulta admirable este júbilo, por más que sea transitorio, resulta admirable por su estoicismo, porque nos muestra el candor con el que una mujer entregada a la vida asume sin estridencias la presencia de la muerte cuando llama a su puerta. Una forma de admitirla como compañera de viaje es no ignorarla, sino integrarla en sus actos habituales, como los que describe en el poema titulado «Permanencia»: «Llega a casa cargada de bolsas, las botellas de vino tintinean dentro». Lo decíamos más arriba, no se produce un cambio de costumbres diarias ni una transformación en el decir poético, algo que puede comprobar quien lea su anterior libro, Lo perdido, también publicado por Vaso Roto. Descendencia es un libro en el que se habla de la muerte desde la reconciliación con uno mismo, quizá por eso su lectura resulta tan beneficiosa, porque a través de sus versos apreciamos mejor la vida. «Es curioso y contrario al pensamiento lógico que, escribe Luis Aguilar en el Epílogo, en medio de la escasa salud, este sea un libro enteramente luminoso; pero lo es: un libro que nace del dolor pero se mueve hacia la dicha; que crece desde el pasado para mostrar el presente —y al futuro— la felicidad de lo vivido y las apuestas de la memoria». La misma Dulce María González nos deja ese loable testimonio de placidez en medio de la tormenta interior cuando escribe versos como estos: «Es un día espléndido, lleno de sol sobre el pasto/ del jardín que da a la calle», versos que, además de hermosos, esconden la fortaleza de ánimo de quien asume que la fugacidad es consustancial a nuestra vida, y no se encoleriza ni proclama su furia a los cuatro vientos por ser ella la próxima e involuntaria protagonista de la representación. Todo un ejemplo de poesía y de amor a la vida.

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