LOUISE GLÜCK
VISITANTES DEL EXTRANJERO

1

Tras comprobar
que en una etapa de la vida
la gente prefiere ocuparse de otros
antes que de sí mismos, en medio de la noche

sonó el teléfono. Sonó y sonó
como si el mundo me necesitara,
aunque en realidad era al contrario.

Me acosté en la cama, tratando de estudiar
el sonido. Tenía
la insistencia de mi madre y la avergonzada
aflicción de mi padre

Cuando lo cogí, había colgado.
O ¿el teléfono funcionaba y quien llamaba había muerto?
O ¿no era el teléfono, sino tal vez una puerta?

2

Mi madre y mi padre estaban de pie en los fríos
escalones. Mi madre me señaló,
una hija, una colega.
Nunca piensas en nosotros, dijo.

Leemos tus libros cuando triunfan.
Apenas si nos mencionas, apenas mencionas a tu hermana.
Y señalaron a mi hermana muerta, una completa desconocida,
firmemente arropada por los brazos de mi madre.

Pero para nosotros, dijo, tú no existes.
Y tu hermana —tú tienes el alma de tu hermana.
Después de decirlo se desvanecieron, como misioneros mormones.

3

La calle estaba blanca de nuevo,
todos los arbustos cubiertos de pesada nieve
y los árboles relucientes, recubiertos de hielo.

Me acosté en la oscuridad, esperando que la noche terminara.
Parecía la noche más larga que jamás había conocido,
más larga que la noche en la que nací.

Escribo sobre ti todo el tiempo, dije en voz alta.
Cada vez que digo “yo”, me refiero a ti.

4

Fuera la calle estaba en silencio.
El auricular yacía de lado entre las sábanas revueltas,
su irritante pitido había cesado unas horas antes.

Lo dejé como estaba;
su largo cable extendido debajo de los muebles.

Miré caer la nieve,
no oscurecía tanto las cosas
como para hacer que parecieran más grandes de lo que eran.

¿Quién llamaría en mitad de la noche?
Llaman los problemas, llama la desesperación.
La alegría está durmiendo como un bebé.

Versión de Carlos Alcorta

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