LOUISE GLÜCK. VITA NOVA. TRADUCCIÓN DE MARIANO PEYRU. PRE-TEXTOS, 2014
La figura poética de Louise Glück (Nueva York, 1943) se agranda en cada libro que publica. Parece ser inmune a esos altibajos, por otra parte comprensibles, que sufren la mayor parte de los poetas en un algún momento de su trayectoria. Esto no presupone, sin embargo, que la autora goce de una especie de íntima inmunidad estética y moral, antes al contrario, cada uno de sus poemas es el resultado de una indagación personal enraizada en la biografía, fuente de conflictos y contradicciones que alimenta la escritura, cada libro (hace sólo unos meses ha publicado una nueva entrega, titulada Faithful and Virtuous Night, libro que sucede a la antología Poems: 1962-2012 de 2012) es una muesca más en el calendario de la incertidumbre vital, en el diagrama de su inconformismo, pero en todos ellos, el nivel de exigencia es extremo, de ahí que la crítica más informada destaque la precisión técnica de sus poemas, la disección sin anestesia de las relaciones familiares y sus derivaciones, la soledad, el enclaustramiento, la agonía personal, el desgarramiento, la incomprensión, la pena o la culpa, aunque todas estos incidentes se asuman con una distancia desmitificadora que conlleva, como sugiere la también gran poeta Rossana Warren, convertir lo subjetivo, su propio yo, en materia de carácter universal.
Vita Nova, el libro que comentamos, fue inicialmente publicado en 1999 y, como ha hecho en otras ocasiones, algunos personajes de los mitos clásicos (Perséfone o Deméter, anteriormente, ahora Dido y Eneas, entre otros), desfilan por sus páginas, aunque sea la obra de Dante la que vertebra el poemario. La autora recrea el proceso de transformación que origina el enamoramiento —un enamoramiento que le conduce a una vita nova— y la posterior devastación que provoca la muerte de la amada y que Dante pormenorizadamente describe en el libro homónimo. No existe, claro está, esa sublimación de las emociones que operan en un plano superior al terrenal e incluso hacen de la persona amada un ente ideal en el que se concitan toda clase de virtudes. La persona protagonista de los poemas de Glück es alguien de carne y hueso y, por tanto, presa de pasiones, objeto de ultrajes, causa de arbitrariedades, aunque la magia del amor consiga, al fin, idealizarlo: «Es mérito mío/ haber bendecido en ti mi buena fortuna». Fruto, según creo, de esa convivencia natural entre amor y muerte son los versos finales del poema «Vita nova»: «Sin duda me han devuelto la primavera, esta vez/ no como amante sino como mensajera de la muerte, pero/ en cualquier caso es primavera, en cualquier caso lo hacen con ternura». La poesía de Glück no es nunca directa ni en exceso descriptiva. Siempre queda un vacío semántico que el lector debe llenar con sus propias experiencias. Es éste quien debe trazar las líneas entre la sucesión de puntos numerados para formar la silueta preconcebida de la emoción. Los poemas dedicados a Orfeo y Eurídice, a la pérdida irreparable del amante son un ejemplo notable del simbolismo implícito en la poesía de Glück, que aquí controla la abstracción para remitirnos a una referencia concreta, la de la ópera del compositor alemán Christph Willibald von Gluck, Orfeo y Eurídice (mientras escribo, la escucho en la versión de John Eliot Gardiner), que, basada en un libreto en italiano, guarda muchas deudas con la ópera francesa. Deudas que llevarán al compositor a realizar una segunda versión varios años después, en 1774, con un libreto de Pierre-Louis Moline, para adaptar su obra al gusto parisino: «He perdido a mi Eurídice,/ he perdido a mi amante/ y de pronto estoy hablando en francés/ y me parece que nunca he cantado mejor» escribe la poeta en el poema titulado «Orfeo».
No son muchas las ocasiones en las que la poesía de Glück se aleja de la realidad y se interna en el ámbito inseguro del sueño. El lenguaje directo y sencillo con el que construye sus poemas no es, aparentemente, muy proclive a ello y, sin embargo, lo irracional está presente en los citados poemas sobre Orfeo y Eurídice, pero también en otros como «Castilla» o «Apartamento», en el que recupera, inmersa en la duermevela, o acaso presa de un sonambulismo reparador, la pureza de la infancia, la protección de su hogar, contraponiéndolo a la inestabilidad del provenir: «Era/ un hermoso sueño, mi vida era pequeña y dulce, el mundo/bien visible porque estaba lejos». El intento de racionalizar la ruptura, renunciando a engañarse a sí misma («Y sin embargo, en este engaño/ hubo verdadera felicidad», reconoce en el poema «Amor terrenal») va unido a sentimiento de mortalidad que provoca la dolorosa herida de la pérdida, rozando algunas veces el sentimentalismo, aunque sin caer en el autocompasión. Los últimos poemas del libro, los titulados «Lamento», en el que se percibe una agria constatación de lo irreparable no exenta de culpabilidad: «Mi amor se está muriendo; mi amor/ no sólo una persona sino una idea, una vida» y «Vita Nova», que cierra el círculo, y finaliza con un canto esperanzado, «Pensé que mi vida había terminado y que mi corazón se había roto./ Después me fui a vivir a Cambidge», se balancean entre los dos puntos de apoyo que sostienen este libro, por una parte, el dolor por la pérdida del amor desde un riguroso autoanálisis de los motivos y las consecuencias que derivan de la ruptura y el convencimiento de que la vida sigue ofreciendo posibilidades para encontrar la felicidad, un convencimiento que se hace patente en la escritura, en el deseo de conjurar mediante el lenguaje la falsedad o la tristeza, porque la vida, a pesar de todas las desgracias, sigue siendo mereciendo la pena ser vivida.
Louise Glück goza de enorme popularidad —con los límites que supone el estar hablando de poesía— en nuestro país, y parte de su éxito lo debemos atribuir a la calidad de sus traductores: Eduardo Chirinos tradujo El iris salvaje, Abraham Gragera Ararat y Averno, Mirta Rosenberg Las siete edades, todos ellos publicados por la editorial Pre-textos, que ha apostado por dicha autora desde hace varios años. La traducción de Mariano Peyrou consigue trasladar con eficacia el ritmo original y su significado, que no siempre reside en la superficie de las palabras, en su envoltura, sino en el sistema de correspondencias que se establecen entre sus significados. Es fiel al sentido esencial de su poética y responde de manera inmejorable a las enormes expectativas que la poesía de Glück engendra en sus devotos lectores.

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