FELIPE BENÍTEZ REYES, LA LITERATURA COMO CALEIDOSCOPIO. JOSÉ JURADO MORALES (ED.) VISOR LIBROS, 2014.
El profesor José Jurado Morales, Doctor en Filología Hispánica y Profesor Titular de Literatura Española en la Universidad de Cádiz, donde dirige el Grupo de Investigación «Estudios de Literatura Española Contemporánea», y autor, entre otros estudios, de La literatura en la enseñanza del español como lengua extranjera (2002) o de las monografías Del testimonio al intimismo: Los cuentos de Carmen Martín Gaite (2001) y La trayectoria narrativa de Carmen Martín Gaite (2003), es el responsable de la edición de esta fundamental recopilación dedicada al poeta Felipe Benítez Reyes (anteriormente ha coordinado volúmenes como Reflexiones sobre la novela histórica o El Panorama Poético Español de Gerardo Diego. Radio y literatura en la España de la segunda mitad del siglo XX) uno de los autores —circunscribirle al ámbito estrictamente poético significaría reducir notablemente su abanico creativo— imprescindibles de nuestra literatura, que atesora una ingente obra de variados registros, en cada uno de los cuales demuestra su pericia y su sabiduría. El objetivo común de cada uno de los ensayos que integran el compendio —más de cuatrocientas elaboradas páginas se encargan de diseccionar pormenorizadamente la trayectoria del autor— no es otro que, en palabras de Jurado Morales, «analizar el conjunto de su obra para recapacitar sobre una trayectoria no cerrada aún pero sí muy madura, releer alguna de sus obras más sobresalientes con el fin de destacar la singularidad de las mismas y establecer el aporte de su escritura a la literatura española de la democracia».
Inteligentemente, el editor ha incluido, como antesala a las sucesivas y heterogéneas maneras de aproximarse a la obra de Benítez Reyes, unas reflexiones del propio autor tituladas «Reflexiones en tres tiempos» de carácter metaliterario, escritas en diferentes épocas, que muestran, sin embargo, la temprana madurez de un pensamiento poético que no ha hecho más que asentarse con el paso del tiempo, con los réditos de la experiencia como escritor y como lector; reflexiones, notas que resultan particularmente esclarecedoras para vislumbrar la ambición (en el sentido de pasión, de voluntad, pero también de logro, de meta) de un autor que se muestra más que escéptico ante ese afán metodológico de formalizar y definir algo tan etéreo e indefinible como la experiencia creativa. «La poesía existe más en los poemas que en las definiciones de la poesía», escribe Felipe Benítez Reyes. A pesar de esa justificada desconfianza en las taxonomías, estos textos nos dejan perlas preciosas, no sólo para que el lector profundice en su obra, sino para poner de manifiesto el alto concepto y el especial respeto que Benítez Reyes posee por la figura del poeta, alejada tanto de la idea oracular de los románticos como de la que se respalda en la bohemia finisecular. Lejos de esas prescripciones, en muchos casos interesadas, la imagen del poeta actual que defiende Benítez Reyes se sustenta en maestros como Eliot o Auden. Siguiendo a este último, escribe que «El poeta de nuestros días parece condenado a mantener una educada modulación de voz, sin destemplanzas, y a ejercer su técnica sin alardes, procurando que la invisibilidad de esa técnica no sea menor que su eficacia». Benítez Reyes representa fielmente a ese tipo de autor que considera que la realidad es más real cuando se reflexiona sobre lo que se vive y cuando, además, esa reflexión se destila a través de la escritura, porque «La poesía interpreta. Interpreta una emoción, interpreta un paisaje o interpreta una emoción ante un paisaje. Interpreta un recuerdo…Interpreta un conflicto de conciencia». Todo esto y mucho más escribe Benítez Reyes en estas tres secuencias sobre una misma suerte, y tras ellas, entramos directamente en los ensayos sobre su obra. El volumen se divide en tres apartados, el primero de los cuales, «De la figuración del paraíso al espejismo de la identidad», cuenta con trabajos de carácter genérico sobre la poesía de nuestro autor. De la lectura de los distintos textos, debidos a firmas tan reconocidas como Marina Bianchi, Araceli Iravedra, Luis Bagué Quílez, José Andújar Almansa, María Payeras, Pedro Antonio González Moreno o Miguel Soler, podemos, sin embargo, extraer una serie de líneas maestras en la que prácticamente coinciden todos los estudiosos, como son la organicidad de una obra poética que se articula sobre el conflicto de una identidad evasiva, en permanente estado de consolidación, identidad que se construye a la vez que se enmascara con sucesivos disfraces; la cuidada elaboración de una ficción autobiográfica, asunto sobre el que el propio Benítez Reyes escribe: «he pasado de entender la poesía como una confesión a entenderla como un género de ficción»; la variada gama imaginativa; el concepto de verosimilitud (a este propósito, podemos hacer mención de otras palabras el autor: «Los sentimientos, en poesía, conviene que sean sentimientos elaborados, filtrados y finalmente reconstruidos»), reiteradamente defendido tanto en la práctica poética como en las intervenciones teóricas. Todo ello, condimentado de manera esmerada, con un cuidado formal exquisito, propio de un poeta que conoce bien la tradición literaria y demuestra una fidelidad envidiable a los maestros que hace suyos. Una pulcritud formal que provoca un alejamiento de las grandilocuencias expresivas o emocionales y el rechazo de lo solemne (Andújar), porque entre esos condimentos poseen especial relevancia la sempiterna ironía y eventual sarcasmo (Bagué Quílez), con los que trasmite «El desengaño, la desencantada y escéptica percepción de la realidad» (Payeras), desencanto propio de la época, del mundo en el que vivimos, «un mundo, escribe Bianchi, sin certezas, en el que todo es relativo, [un mundo] que el escritor no logra explicar y organizar racionalmente, y que complica la comprensión de la propia identidad», fragmentando el yo en múltiples representaciones que adquieren su forma definitiva en función de los acontecimientos vividos. La característica de «el sujeto enunciador», dice Iravedra «es la perplejidad, el desconcierto y la extrañeza ante el yo y la realidad». No faltan, en este autorretrato escrito a la par que se escriben los poemas la vitalidad, el humor y, sobre todo, el gozo potencial que Benítez Reyes trasmite en todo lo que escribe.
Los trabajos que ocupan la segunda parte, titulada «Sujeto, personaje y suplantación», corren a cargo de expertos y buenos conocedores de la personalidad y la obra de Felipe Benítez Reyes, como Inmaculada Moreno, María Teresa Navarro, Juan José Téllez, Luis Martín, Javier Letrán, Luis García Montero, Antonio Jiménez Millán o Álvaro Salvador y poseen, en general, una índole más específica que va desde el estudio de la noche o el vacío, a los juegos estéticos o los conflictos identitarios. Las relaciones son admirables, y los diferentes análisis nos descubren las correspondencias estéticas que alimentan la escritura, como excelente catador de libros, de Benítez Reyes.
La tercera y última parte del libro —«La construcción narrativa y los ámbitos de la ficción»—, cuyo colofón es una minuciosa e imprescindible bibliografía a cargo de José Jurado Morales y Jorge González Jurado, se delimita al ámbito narrativo, sólo tangencialmente aludido en las intervenciones precedentes y que, sin embargo, configura acaso la perseverancia más firme en el conjunto de la obra de Benítez Reyes. Carlos Marzal, en su ponderativo texto escribe: «Poeta fundamental de su generación, novelista de verdad, cuentista con mucho cuento, ensayista de profunda agudeza, articulista de una brillantez poco usual, autor de teatro, compositor esporádico de canciones, director de algunas de las revistas literarias míticas de los años ochenta». Quizá sean estas palabras de Marzal las que mejor resumen la obra de Felipe Benítez Reyes y justifican la publicación de un conjunto de ensayos de tal calibre, entre cuyos autores podemos mencionar a Juan Bonilla, Andrés Newman, Pepa Merlo, Laura Scarno, Olga Rendón, Ana Sofía Pérez-Bustamante —que analiza una parte poco estudiada de Benítez Reyes, la práctica del collage— o el propio José Jurado Morales. Todos ellos estudian desde diversos ángulos y enfoques la prosa del autor en sus cuentos, en sus libros misceláneos o en sus novelas. En definitiva, Felipe Benítez Reyes, la literatura como caleidoscopio permite a los lectores del poeta desentrañar algunas de las claves de su escritura siguiendo el itinerario crítico marcado por este excelente grupo de especialistas en la obra de uno de nuestros autores más exigentes y respetados.