IRENE GARCÍA CHACÓN. CARTAS ANIMADAS CON DIBUJOS: LA COMPLICIDAD ESTÉTICA DE LAS VANGUARDIAS EN ESPAÑA. VISOR LIBROS, MADRID, 2014*
Si los epistolarios son una fuente imprescindible para conocer tanto la personalidad del remitente (con frecuencia, el retrato que ofrecen del autor goza de mayor veracidad que la autobiografía), como la actividad cultural y la época histórica que les da cobijo, las cartas que están ilustradas con dibujos poseen, además del valor documental, un valor artístico incuestionable. El estudio que ha realizado Irene García Chacón —especialista que ya había tocado tangencialmente esta asunto en su obra El papel de la amistad— se centra, como no podía ser de otra forma por su prolijidad, en un periodo histórico concreto, el primer tercio del siglo pasado en nuestro país, etapa que coincide con la irrupción en el escenario del arte y la literatura de las llamadas primeras vanguardias estéticas, acontecimiento del que queda constancia, acaso como en ninguna otra oportunidad hasta entonces, en las cartas estudiadas (y reproducidas en un anexo al final del volumen), aunque existan precedentes notables (la propia autora recoge, entre otros, el caso de Goya en la correspondencia cruzada con Martín Zapater). Es durante el florecimiento y desarrollo de las vanguardias históricas cuando se diluyen las fronteras entre la música, la literatura, el cine o la plástica, técnicas todas ellas que, unidas, conforman el anhelado arte total. Estos diálogos en la distancia que son las cartas convierten al lector en testigo de la travesía, no siempre exenta de obstáculos, que realizan los poetas y los artistas en pos de esa totalidad, travesía que les lleva a conjugar, cada uno a su manera, la tradición con lo reciente, lo clásico con la nueva forma de mirar y de interpretar la naturaleza de sus incertidumbres. No debemos olvidar, además, que la presencia de dibujos en las cartas actúa como medio, por decirlo así, para recalcar una determinada circunstancia o como método más explícito de significar algo para lo cual las palabras resultaban quizá insuficientes: «Si el poder de la palabra es clave para entender el intercambio de ideas que supone toda carta, no debemos olvidar que las palabras escritas en el papel se descifran en un primer momento con los ojos, los mismos ojos que en ese primer golpe de vista se sentirán atraídos por los colores de las ilustraciones», escribe García Chacón.
No todas las ilustraciones que aparecen en las distintas cartas poseen el mismo valor artístico. Encontramos casos como en la carta nº 7, cuyo autor es José María Hinojosa, en la que aparecen manchas de tinta, caídas tal vez por azar, o quizá arrojadas con premeditación, en otros son esbozos al desgaire, mientras se realiza otra actividad o se está pendiente de algo que requiere una atención especial. En cualquier caso, resultan del todo más interesantes aquellas en las que las ilustraciones son hechas con un propósito muy definido, como la carta nº 26 o la nº 30, ambas de García Lorca —contienen pájaros y otros animales sin identificar— y aquellas cuyo desarrollo conlleva un trabajo intenso, puesto que están coloreadas y ejecutadas con lentitud y esmero, como las de Benjamín Palencia (cartas 25 y 42, por ejemplo), en las que las frases están profusamente contextualizadas por tal acopio de dibujos que parecen un jeroglífico egipcio.
El caso de García Lorca es, sin género de dudas, uno de los más relevantes, hasta tal punto que su correspondencia ha sido estudiada por los especialistas como una parte más de su singular obra poética y artística, y ha sido objeto de una magna exposición coordinada por Mario Hernández en 1986. A los innumerables dibujos con los que acompañaba las misivas debemos añadir las formas que dibujaba prolongando la inicial tanto de su nombre como de sus apellidos. Se aúnan en él casi con idéntica intensidad la poesía, el teatro, el dibujo y la música. Otro caso paradigmático es el de Salvador Dalí, conocido fundamentalmente gracias a su labor artística, de la que fue un excelente propagandista. Sus escritos, mucho menos divulgados, gozan sin embargo, de enorme interés, porque en ellos da rienda suelta a una imaginación incontenible, aderezada con sus amplios conocimientos científicos, filosóficos, artísticos o cinematográficos que tanto influyeron en el propio Lorca. Pero hay otros ejemplos no menos notables en la época de la que se ocupa este estudio, como Moreno Villa, Alberti (recordemos que éste último quiso ser inicialmente pintor y esta vocación no le abandonaría jamás, hasta el punto de que uno de sus libros más aclamados es el titulado A la pintura) o el pintor Benjamín Palencia, cuyas cartas están, como hemos apuntado, plagadas de pequeños dibujos, algunos de ellos ricamente coloreados, con una simbología heterogénea que combina motivos clásicos con objetos propios de la farándula o con transformaciones antropomórficas.
Irene García Chacón realiza un pormenorizado recorrido en el que destaca el papel intrínsecamente artístico de este tipo de correspondencia, en la que advierte, sin embargo, diferencias de complejidad y de intención. Así, establece los siguientes tipos: «dibujos independientes», es decir, no integrados en la propia carta; dibujos realizados en tarjetas postales; dibujos realizados en el sobre (por el remitente y/o por el destinatario) y, por último, los dibujos insertos en la propia carta. Resalta además la importancia de las técnicas y materiales empleados y analiza los diferentes tipos de papel utilizados, desde el que exhibe el membrete de un establecimiento público —de cafés, fundamentalmente—, al adquirido ex profeso para tal menester o el que lleva rotulado el nombre personal o el de alguna institución. Examina con detalle además el procedimiento para realizar las ilustraciones, generalmente ejecutadas con la misma pluma con la que se redacta la carta o con lápiz de grafito y adornadas con lápices de colores, aunque algunas incorporan fotografías e, incluso, partituras musicales, convirtiendo así una simple carta en un original collage.
La oportunidad de un libro como éste resulta indudable en una época como la nuestra en la que ha desaparecido casi por completo la costumbre de enviar cartas por correo postal. Ahora, Internet ha puesto a nuestra disposición la tecnología del correo electrónico y de la comunicación a través de las redes sociales, lo que supone firmar el acta de defunción de la carta, tal y como la concebíamos hasta hace tan sólo unos años. A tenor de las reproducciones que ilustran este estudio, no podemos sino lamentar esta pérdida tan terrible con nostalgia y contrición, por más que sea un signo de los tiempos. Ya Pedro Salinas denunciaba en su libro Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar (1948) un letrero publicitario que se aconsejaba lo siguiente: «No escribáis cartas, poned telegramas. Wire, don’t write». Como se ve, la ofensiva viene de antiguo, aunque ahora parece haberse decantado inexorablemente hacia una de las partes, a pesar de que «En la carta —como escribe García Chacón— se unen la sorpresa y la complicidad, el juego, la apuesta seria, la individualidad y las preocupaciones compartidas. En ese ámbito actúan los dibujos entre saludos y despedidas». El presente estudio deja las puertas abiertas a posteriores incursiones que permitan ahondar aún más en las siempre fecundas relaciones entre el arte y la poesía, relación también presente en las extraordinarias dedicatorias de libros que realizan algunos poetas —José Hierro o Juan Carlos Mestre son un buen ejemplo— o en la trabajo de infinidad de artistas, que incorporan la palabra no como mero acompañamiento, sino como un fragmento significativo de su obra.
Reseña publicada en el núm. 113 de la revista Arte y Parte

Anuncios