PARA CADA TIEMPO HAY UN LIBRO. FOTOGRAFÍAS DE ÁLVARO ALEJANDRO CON TEXTOS DE ALBERTO MANGUEL. EDICIONES SEXTO PISO, 2014
La feliz unión de las fotografías del mexicano Álvaro Alejandro (1978) con los textos del argentino Alberto Manguel (1948) en este libro de título tan sugerente, Para cada tiempo hay un libro, da como resultado un diálogo que recrea la historia personal de los autores, vinculados a la imagen y a la lectura de manera, nos atrevemos a decir, genética. Considerado por muchos en la actualidad, nada más que un objeto de consumo, el libro sigue siendo para otros, afortunadamente, para los lectores, los amantes de la letra impresa, los apasionados de la belleza tipográfica, del tacto de la página, del diseño sobrio como un ser con vida propia que se muestra dócil o remiso según las circunstancias. «Sabemos que cada ocasión tiene su libro. Pero no todo libro, por supuesto, conviene a cualquier momento de nuestra vida», escribe Manguel en el primer capítulo de los 12 que acompañan a las más de 60 fotografía que enfocan la figura del libro desde ópticas diferentes, pero siempre extrayéndolo de su ámbito más cotidiano. Hay libros para leer en el baño, para leer en el metro o antes de acostarse, hay libros para leer sobre la mesa del estudio en el silencio de una biblioteca, hay libros para leer en el parque mientras se pasea, la versatilidad del libro es paradigmática. «Quizá sea la convicción—escribe Manguel—, más fuerte en sus enemigos que en sus practicantes, de que el libro y la lectura son esenciales, la que nos lleva a crear, en todo sitio que nos asentemos, lugares para leer». Las situaciones que reflejan las fotos —trabajadas composiciones que buscan descontextualizar y, por tanto, sacar del coto cerrado de las bibliotecas, al libro— tienen más que ver con escenas inventadas, con situaciones casi inverosímiles en las que subyacen las mil formas de rendirle homenaje. Cepo o cordón umbilical, radiografía o ángel custodio, ventana o cielo, cada una de las interpretaciones que Álvaro Alejandro, escritor y artista visual (en algunas de las imágenes construidas nos recuerda a Joan Brossa, en otras a Chema Madoz, sin renunciar a su propia personalidad) abre un mundo de posibilidades interpretativas en la que el libro se presenta como clave de bóveda de la fantasía, como llave que nos permite abrir la puerta del horizonte.
Alberto Manguel, es uno de los grandes expertos, tanto en la historia del libro como en de la lectura, por eso defiende la callada labor del escritor: «La relación de un escritor con sus lectores es una simple cuestión de vida o muerte. Si el escritor es leído, vive; si no, muere», lo que reafirma, con otras palabras, el repetido aserto del poeta Francisco Brines cuando dice que él no busca público, sino lectores. Pero Manguel da un paso más, en un terreno que acaso resulte menos transitado por los lectores al uso, el de la siempre polémica relación que el autor mantiene con su editor: «La relación de un escritor con sus editores es más extraña, algo más difícil y complejo que una relación amorosa». A los vaivenes emocionales que caracterizan a esta última relación, hay que añadir que el editor representa para el autor una especie de soporte que alimenta (0 devora, según los casos), su vanidad, siempre en la cuerda floja, siempre herida o maltratada por un público reacio que le ignora o por los propios colegas de oficio, además de personificar el sustento económico del artista.
Después de referir algunos momentos de la historia particularmente aciagos para el libro, como la deliberada destrucción por parte del ejército serbio de la Biblioteca Nacional de Sarajevo, y de significar la devoción por los libros en algunos personajes como Alejandro Magno, que en el transcurso de sus campañas militares nunca olvidaba un ejemplar de la Ilíada, o Don Pedro de Mendoza, conquistador de Buenos Aires, se hacía acompañar por Erasmo, Virgilio o Petrarca, Manguel termina esta razonada, y a la vez. emotiva defensa de libro con un elogio de la lectura en el que se formula una serie encadenada de preguntas para las que cada lector tendrá, sin duda, su propia respuesta, porque «Todo lector tiene sin duda un libro que para él es mágico, secreto, que quiere guardar para él…». Algo similar ocurre con este libro sobre libros que comentamos. Los lectores empedernidos lo leerán con un atisbo de sonrisa en los labios, porque las cosas que en él se cuentan, las tienen entro de sí, sin verbalizarlas, desde que descubrieron el placer indescriptible de la lectura en los estantes del salón familiar o en el laberinto de una biblioteca. El mundo es un libro que nunca termina de leerse.

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