RICARDO VIRTANEN. LABERINTO DE EFECTOS. AMARGORD EDICIONES, 2014
No es Laberinto de efectos el primer libro de aforismos que publica el madrileño Ricardo Virtanen (1964). En esta misma editorial, Amargord, vio la luz en 2008 el libro Pompas y circunstancias, un libro breve que podemos considerar como un avance del que comentamos y que forma ahora una de las secciones del libro. Pero quienes conozcan, aunque sea sólo como lectores (otra faceta, acaso la más relevante en su vida es la musical, en su doble vertiente de instrumentista y de profesor), a Virtanen saben que su dedicación literaria no se reduce a este género tan espinoso y travieso al mismo tiempo. De hecho, su último libro, Cuaderno de interior (2013) es un diario íntimo que recoge entradas de los años 2003 y 2004 —lo que nos hace pensar que Virtanen guarda en los cajones abundante material inédito, material que estamos deseando leer—, pero además frecuenta la crítica literaria y son varios los libros de poesía que tiene en su haber, como Notas a pie de página (2005), La sed provocadora (2006) o Sol de hogueras (2010). Resulta admirable la variedad de registros que es capaz de compaginar Ricardo Virtanen, sobre todo porque en cualquiera de ellos, queda patente un riguroso ejercicio reflexivo y un compromiso con el lenguaje que tanto echamos en falta en muchos autores más complacientes consigo mismos y con su obra.
Laberinto de efectos («En esencia no parece que seamos más que una combinación diabólica dentro de un laberinto de afectos», escribe Virtanen, abarca aforismos escritos entre los años 2003 y 2007 y, como explica el autor en la nota final titulada «Algunas palabras», «conforma junto a mi otro volumen inédito. La idea en el hecho (2001-2005), mi aforística de la década de los diez» y «reúne una escogida muestra de mis greguerías aforísticas, de mis aforismos líricos». Él mismo se adscribe a una tradición que va desde Ramón Gómez de la Serna, los aerolitos de Carlos Edmundo de Ory o Rafael Pérez Estrada, es decir, a una veta que mezcla lo trascendente con lo irónico, la risa con el examen de conciencia. Quizá deberíamos reparar también en la velada influencia de Jardiel Poncela y, cuando el ingenio gana la partida, de Oscar Wilde, como, por ejemplo, en estos aforismos: «No soporto las arrugas del pensamiento» y «A la realidad no hay quien le eche el guante». Pero Virtanen reivindica también el ascendiente de los maestros en este penetrante y difícil arte, como Lichtenberg, Schnitzler o, añado yo, Nietzsche, que escribe: «el hombre es ante todo un animal que juzga», o el mismo La Rochefoucauld, autor de este aforismo: «Por muy bien que nos hablen de nosotros, nunca nos dirán nada nuevo», que planea sobre «La vanidad es un alumbramiento meteórico del yo», porque juicios sobre la realidad y sobre el yo abundan en estas páginas, páginas bien calibradas en las cuatro secciones que integran el conjunto, sabiamente distribuidas, aunque algunos aforismos se resisten a la sistematización y podrían formar parte de más de una sección. El aforismo es un género de difícil clasificación que roza el poema visual sólo utilizando lenguaje, porque crea en la mente imágenes sin iconografía, sólo sugeridas por asociaciones de palabras, por esa razón no están muy claras las particularidades que lo separan de la máxima, de la sentencia (de hecho, se los considera sinónimos), del epigrama, incluso del refrán, pero creo que esto carece de importancia, lo realmente admirable es la capacidad de observación que se necesita para deshabituarse de lo habitual y ser capaz de mirar las cosas con distancia crítica y con novedad interpretativa . Pero no sólo basta con ensayar esa mirada perspicaz, original si se quiere, lo verdaderamente arduo es que la mirada provoque la reflexión y que ésta se convierta en un sugerente artefacto verbal. La capacidad de sorpresa, el sentido moral, la ironía, la precisión en el lenguaje, la denuncia o la pincelada paisajística —tan presente en la cuarta sección de este libro, la titulada «Orientalismos sin oriente»— están muy presentes en este libro de Ricardo Virtanen que tanto invita a la relectura, a despertar la imaginación, acaso porque como él mismo escribe, «Se sueña porque la realidad encoge».

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