ALVARO VALVERDE. MÁS ALLÁ, TÁNGER. TUSQUETS EDITORES, 2014
Cincuenta poemas le bastan a Álvaro Valverde (1959) para envolvernos en una atmósfera de añoranza y de devastación que nos angustiaría si no fuera por esa sutileza empapada de ternura con la que ha escrito esta crónica de una dolorosa expatriación que, como todas las heridas, ni siquiera el paso de los años ha logrado mitigar. Tal vez ha permanecido, por una especie de convenio que toda persona pensativa firma consigo misma, sumida en un letargo esperando el momento apropiado para repensarla, quizá algo parecido al no querer saber, posiblemente retenido en la conciencia haya demorado el examen que toda experiencia no bien digerida en su momento necesita para pasar página. Como si un exceso de realidad pudiera ser castrante y con su peso no dejara vivir, mirar hacia el futuro. Pero Más allá, Tánger, su último libro —no está de más recordar que su anterior libro, publicado en 2013, se titula Plasencias, un homenaje a la ciudad de su infancia. Valverde es autor de una de las más consolidadas trayectorias poéticas de nuestro país, trayectoria que comienza con Territorio(1985), reconocida además con importantes premios, como el Loewe o el Ciudad de Córdoba; también ha publicado novelas y libros misceláneos— no sólo es una travesía sentimental jalonada por instantes imperecederos, por objetos apreciados, por paisajes urbanos que están inscritos en la memoria, es mucho más que todo eso, porque el poeta es capaz de ponerse en la piel del otro y asumir la nostalgia que padece como si fuera propia, a la vez que, contemplando con ojos nuevos de quien mira por primera vez la ciudad visitada, se adentra por unos espacios mitificados por el pasado, por la literatura y el cine, a los que contrapone, sin embargo, en un arriesgado ejercicio de dislocación emocional, el ámbito tan distinto de su propia ciudad natal. «Te aguarda una ciudad/ distinta a ésta. Interior,/ cerrada al mundo/ por las viejas murallas / que la cercan», escribe al comienzo del último poema. Lo que realiza Álvaro Valverde es una vuelta de tuerca espectacular, un ejercicio de duplicidad que le permite ser testigo y protagonista al mismo tiempo de una experiencia que, aunque ajena, presenta como propia: «Superpones/ a tu propia memoria/ la de otros./ Ellos sí la gozaron/ y aún la sufren» .El libro narra esta proceso, casi una transustanciación de orden tanto material como espiritual, en poemas generalmente breves en los que Valverde combina diferentes metros para alternar el ritmo en busca de la efectividad narrativa, porque, a pesar de economizar en el lenguaje, lo anecdótico sigue presente y de allí, de algo aparentemente banal, es desde donde brota el tono reflexivo que predomina en este libro.
Tienen mucho de pinceladas pictóricas, de manchas de color, de acuarela estas escenas recreadas desde la distancia, y tienen mucho de literario, acaso porque no se puede amortiguar el peso de la historia que tanto ha contribuido a mitificar personajes, acontecimientos o lugares. Tánger es uno de ellos. Una ciudad que durante el siglo XX fue un centro diplomático en el que varias potencias europeas y Estados Unidos tenían intereses, hasta el punto de que en 1925 firmaron un acuerdo por el que se declaró a la ciudad como Zona Internacional de Tánger, condición que se extendería hasta el año 1960, año en el que Marruecos, estado ya independencia desde 1956, la incorpora a su territorio. Durante ese largo periodo en el que Tánger gozo de un estatuto especial, se refugiaron en ella infinidad de artistas, escritores, poetas, pintores, actores o músicos, al tiempo que espías de todas las potencias vigilaban los movimientos de los otros. A partir del año 1960 muchos de los habitantes de esta cosmopolita ciudad deciden abandonarla y regresan a su patria. Una de esas vidas que emprenden el camino de vuelta, un camino visto por muchos no como un regreso, sino como un exilio, protagoniza los poemas de Álvaro Valverde, que viaja a la ciudad pensando en una posibilidad de reconciliación cuya imposibilidad se deja traslucir en la nostalgia que anida en muchos de estos versos, porque «Aquello que silencias/ no debes imputárselo al olvido/ sino a la desmemoria».
Abundan los retazos de una biografía que se va reconstruyendo a medida que el personaje suplantado reconoce los lugares por los que trascurrió su infancia: «Te ve volver a la ciudad perdida.// Al llegar a la plaza, el paisaje se hace/ familiar. El olvido/ se pregunta a sí mismo/ por tu vuelta a la casa/ donde viviste entonces». La inicial idealización de la ciudad va dando paso a un desencantamiento suscrito en palabras como ruina, despojos, restos, escombros, pobreza, porque todo se transforma con el paso del tiempo y ahora «Allí crece otra ciudad/ que en nada evoca/ la que intramuros/ permanece intacta». Algo que, por otra parte, tampoco sorprende al poeta, acostumbrado como está a la nostalgia de un paraíso que se alimenta, en muchas ocasiones, más que de realidades, de quimeras y recuerdos maquillados, por eso escribe: «Sabías que era inútil/ volver donde no existe/ la ciudad que recuerdas». Muy avanzado el libro, descubrimos que la segunda persona desde la que hablan muchos de los poemas o la primera, que enmascara el género, poseen en realidad una cohesión femenina que se ve ratificada en los poemas finales del libro: «Ella recuerda/ su llegada a la nueva ciudad», «Ella recuerda que estuvieron/ quince días seguidos/ comiendo sólo fruta». Pero, aunque el libro podría haber finalizado con el hermoso poema número 47, Álvaro Valverde cierra el bucle con un regreso al origen, al punto de partida: «La historia, en realidad,/empieza antes», nos dice, en un pueblo extremeño del que se ve obligado a salir un vencido. Con Más allá, Tánger, este libro de una melancolía controlada, plagado de imágenes casi de ensueño, simbólicas a la par que vívidas, el poeta parece saldar una cuenta pendiente con un pasado conflictivo que estaba latente en la memoria familiar, y la escritura, la poesía, con su énfasis y su pericia para penetrar en la conciencia del ser, nos parece una buena herramienta para equilibrar la cifras del debe y del haber, aunque, como decía Kierkegaard, «sólo proporciona una reconciliación imperfecta con la vida». Una reconciliación, al fin y al cabo, sin aspavientos retóricos, y quizá por eso, aún más honesta y necesaria.

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