LEÓN MOLINA. EL TALLER DEL ARQUERO. LA GARÚA, 2014
De León Molina uno ha ido leyendo poemas, haikus o aforismos diseminados por el laberinto de la red (no he tenido acceso hasta ahora a la edición en papel de ninguno de sus libros), siempre con admiración, porque su escritura procede de una reflexiva y respetuosa observación de la naturaleza, aunque no falte, especialmente en sus aforismos, una mirada crítica e irónica sobre sí mismo y sobre algunos conceptos desvirtuados por la ignorancia y el utilitarismo: la belleza, el amor, la nostalgia, pero también la escritura o la fe, por poner unos pocos ejemplos. Sin embargo, para los que tenemos cierta edad, nada como la coherencia de un libro para aquilatar debidamente la escritura en su conjunto, no a ráfagas, sino con el viento sostenido que facilita una buena travesía. El taller del arquero está impreso en una hermosa edición de la benemérita colección La Garúa, que Joan de la Vega capitanea con pericia de experto navegante. La excelente fotografía de un pájaro (el autor es un apasionado ornitólogo), del que ignoro su nombre, hecha por el propio Molina ocupa toda la cubierta y convierte el libro en un objeto atrayente por sí mismo, algo que se verá refrendado con creces cuando accedamos al interior.
Aunque dividido en once partes de diferente factura, El taller del arquero posee un hilo conductor común que homogeniza todas las secciones, la confianza en que la palabra es capaz de restituir al menos una parte sustancial de lo vivido. El libro comienza en ese lugar simbólico, el taller, donde el arquero construye nuevos arcos para las nuevas dianas que la mirada va creando, pero será en las secciones alternas integradas por haikus donde el amor a la naturaleza se evidencie con mayor intensidad, a la par que sutileza: «Senda otoñal./ Suena mansa la lluvia/ sobre mi capa» o «No está la rana. La balsa huele mal./ Nido de avispas». Los ejemplos son numerosísimos porque León Molina domina al arte casi evanescente del haiku y se atiene a los principios básicos tanto de su forma, como del contenido primordial que los confiere su particular emoción. La impresión de fugacidad, de serena melancolía, de insignificancia se consolida en estas composiciones sólo aparentemente fáciles de escribir. Esta visión del mundo contemplativa, con una notable influencia oriental, se deja ver en el resto de las secciones, integradas en ocasiones por haikus solapados en poemas de más larga secuencia, en el carácter casi sagrado que concede a cualquier actividad: «He sacado mi arco nuevo a conocer el otoño./ Cada paso que doy en la hojarasca levanta pájaros./ Cada paso que doy hace volar mansamente a las nubes./ Regreso y coloco mi arco por primera vez en su gancho/ junto a los otros».
Ya aventuramos más arriba el apasionamiento ornitológico del autor (los simples aficionados envidiamos el conocimiento exhaustivo de los expertos, capaces de diferenciar un ave de otra casi idéntica gracias a una leve distinción en su plumaje o, simplemente, por su silueta marcada sobre el cielo), algo que es refrendado en el libro por la sección titulada «Tratado de ornitología»: «Quieto en el cielo/ el buitre majestuoso./Su sombra pasa/ velozmente a mis pies./ Con el mismo silencio». Cucos, alcavaranes, alcaudones, tórtolas, cárabos son descritos en sus versos más que por las características que los definen, por sensaciones íntimas que van más allá de la realidad, que provienen de ese entusiasmo en el que se sustenta también la creación poética. Hay algo de experiencia indecible, de mística en la relación de León Molina, acaso por esa razón la forma de interpretarla no se sujete a unos parámetros fijos, muy al contrario, en El taller del arquero encontramos poemas mínimos esenciales, que se recrean en una imagen, junto a poemas en prosa de carácter mucho más discursivo en los que la realidad se ve enriquecida desde diferentes perspectivas. Aforismos y tankas cierran el volumen, pero, dejando a un lado la forma externa, el significado, la indagación, como señalamos anteriormente, sigue siendo la misma. En todo caso, en El talles del arquero habla una voz que sólo escucha quien, deprendiéndose de sí mismo, logra fundir en la contención del lenguaje la experiencia del mundo real con la experiencia poética. Ambas son la misma cosa cuando se toma conciencia del minúsculo lugar que ocupamos en el universo.

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