MARTÍN LÓPEZ-VEGA. LA ETERNA CUALQUIERCOSA. COLECCIÓN LA CRUZ DEL SUR. EDITORIAL PRETEXTOS, 2014
Dos libros de Martín López-Vega (Poo de LLanes, 1975) han llegado casi de forma simultánea a los estantes de las librerías, Mapamundi, una selección de poemas de unos ochenta poetas nacidos en más de treinta países de los cinco continentes, a los que traduce con una versatilidad envidiable (hablaremos de este libro próximamente) y La eterna cualquiercosa, un título sugerente, contradictorio, eficaz para un libro que, conviene ya decirlo, no ha dejado de cautivarnos desde el primer poema hasta el último. La ingente actividad que desarrolla López-Vega en torno del libro tiene en su propia poesía un prolongación más, apenas diferente, presumimos, de lo que representan la traducción, la crítica o el trabajo periodístico, acaso por eso, algunos lectores no dudamos en integrar todas estas facetas en un corpus poético de gran envergadura, un corpus que resulta casi inabarcable, y eso pese a que el autor aún no ha cumplido los cuarenta años. No pretendemos hacer un recuento exhaustivo de sus ocupaciones —librero, editor, crítico en los más importantes suplementos culturales o profesor, entre otras— ni enumerar el conjunto de libros que ha publicado en uno u otro género, pero sí mencionaremos alguno de los más recientes, como, por ejemplo, además del ya citado Mapamundi, el imprescindible Extravagante tripulación. Entrevistas literarias (2012), Aurora (2013), traducción del poeta brasileño recientemente desaparecido, Lêdo Ivo, o Circo unipersonal (2013), traducciones del norteamericano Charles Simic. A todo esto hay que sumar Retrovisor. Poemas elegidos 1992-2012, una antología de su obra publicada en 2013. Es, por tanto, La eterna cualquiercosa, libro que recoge poemas escritos desde 2010 hasta este mismo año, el primer volumen exento que ve la luz después de dicha antología, un nuevo punto de partida para una futura selección poética. Sin embargo, nos creemos obligados a preguntarnos: ¿son notables las diferencias entre este libro y, por ejemplo, Adulto extranjero (2010), su anterior poemario? Nuestra opinión no puede ser contundente, porque creemos que en dichas diferencias se encuentran, paradójicamente, las similitudes: Un complejo sistema de relaciones entre la experiencia escrita y la experiencia vivida, ahora más destilado, con menos afectación si cabe (la nota final da cuenta de las débitos, no sólo literarios, que el autor revela); una poderosa amalgama de imágenes que soporta el peso de la reflexión, en este último libro mucho más condensada; un ritmo personal que ahora se ha aquilatado, se ha embridado, lo que beneficia en mucho la intensidad del poema o el retorno a una poesía menos cosmopolita, más relacionada con la naturaleza intrínseca de las cosas, más volcada —como nos sugieren los versos finales del libro, y del poema de igual título— en la comprensión de la cotidianidad: «Que no sea por no intentarlo./ Que no sea por no haber puesto atención/ que no alcancemos/ el árbol de la vida,/ la fuente de la juventud,/ la eterna cualquiercosa».
Aunque la poesía de López-Vega nunca se ha caracterizado por mirar al pasado y ensalzar lo perdido de una forma, digamos, lastimera — lo que no es óbice para que recurra a la memoria con frecuencia, como si ésta fuera un palimpsesto en el que se reescriben los acontecimientos más trascendentales—, en La eterna cualquiercosa se aleja aún más de ese contingencia dramática, porque ahora se enaltece, con una nostalgia muy medida a partir del primer poema, «Canción del rinoceronte», todo lo que rodea al poeta, desde el objeto más nimio (hay alguna sombra nerudiana en estas loas), «la cuchara de madera para la miel», hasta la no siempre ponderada utopía personal: «Es hermoso el sueño que tengo de otra vida paralela/ en otra dimensión con otras leyes». Resuenan los ecos de los, tan repetidos, versos de Jorge Guillén: «El mundo está bien/ hecho» en el verso final del poema, que dice así: «Es hermosa la existencia». Y es que el propio autor afirma en una entrevista recientemente publicada que «La poesía es mi forma de intentar vivir reflexivamente y, sobre todo, con alegría», acaso porque como el mundo, como también le ocurría a Guillén, es revelación, una incesante capacidad de entusiasmo que no se nutre de lo excepcional, sino de lo cotidiano.
Pero este primer poema nos da pie, además, a subrayar otro de los temas recurrentes de Martín López-Vega, el de la identidad fragmentada, múltiple, el de un yo que se desdobla entre los yos que pudo haber sido y el yo que es en el momento en el que escribe, un yo también inconstante, integrado por las ideas sobre el yo futuro: «Soy lo que queda de una infinidad de futuros/que viven su truncada existencia dentro de mí». La influencia de Machado y de Pessoa, incluso del último Juan Ramón, todos ellos poetas bien conocidos por Martín López-Vega, se transparenta estas reflexiones sobre la conciencia del ser.
Hemos citado el primer y último poema del libro, no porque sean el alfa y el omega, el principio y el fin de un itinerario emocional sujeto a una linealidad que para nosotros puede resultar arbitraria, pues sólo el poeta conoce el por qué de la disposición de los poemas dentro del libro, sino porque representan las claves por las que transita el libro en su totalidad. «En un cuenco de madera con castañas/ una granada y un membrillo son una ética», escribe en unos versos del poema «Política», algo que despierta en la memoria una armonía perdida, anhelada, una relación circular entre las cosas elementales y los actos de la vida cotidiana que ya señalamos al comienzo. Por otra parte, pocos poetas saben sacar tanto partido a los préstamos poéticos como López-Vega, préstamos que van, por citar sólo unos ejemplos, desde Brodsky a Walser, desde Miłosz a René Char. El diálogo que establece con estos y otros autores más sutilmente aludidos (nos parece escuchar el eco de Auden en muchas ocasiones, no sólo en el poema titulado «Últimas visitas al Museo del Prado»), se sustenta en una oscura trama de correspondencias perfectamente enlazadas, de tal forma que la lectura del poema no sufre ingerencia alguna y el mundo que refleja nos da la sensación de que pertenece a una realidad similar a la nuestra, es decir, una realidad heterogénea, con incontables relaciones entre seres y cosas, paradójica, decantada hacia la caducidad, hacia la liquidez. «Somos aplicados orfebres de lo efímero», escribe López-Vega, no duramos más que ese instante que ya se ha ido. La conciencia de esa fugacidad —«nada es para siempre en esta vidas nuestras»— afecta de un modo directo a la construcción de la identidad, subjetiva, limitada a sus propia transformación, en lucha consigo misma (de ahí proviene, a buen seguro, la tendencia al autobiografismo como excusa para hablar del ser humano en general), que —a pesar de estrechar el margen entre las cosas y el poeta, algo a lo que aludíamos al inicio de este comentario— en la mitificación del pasado parece encontrar los mejores argumentos. Pero todas estas concatenaciones, como podrá comprobar ese lector al que invitamos encarecidamente a que se sumerja en el libro, representan sólo una mínima parte de las que él mismo llegará a encontrar. Cuando comience a leer los poemas apreciará además la solidez de la palabra poética, del lenguaje sin tiempo que intenta penetrar en la esencia de las cosas, lo que redunda en que las impresiones, las imágenes, los recuerdos entresacados de la memoria se conviertan en materia de reflexión, además, sobre el poema dentro del propio poema. Una indagación sobre el origen de la creación poética que se nos antoja interminable

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