STEPHEN DUNN
LA MELANCOLÍA DE LA DESNUDEZ

Pensaba que había llegado el momento
de estar desnuda de nuevo, de desprenderse de algo
para alguien más interesado en ella
que en el arte. Quería ser halagada
más por el tacto que por la vista,

quería quitarse la ropa, desgarrarla,
arrojarla al suelo. Esta actitud hacía que algunas veces
le fuera difícil pagar el alquiler.
Era una profesional del desnudo, perfecta
para estar inmóvil durante horas,

y satisfacer lo que le pedían
en un mundo en el que era a la vez mujer
y objeto. Regresaba siempre saciada
del deseo al equilibrio de su trabajo,
casi sin dinero, y a menudo con una sonrisa,

que el artista —porque ahora el desnudo
le pertenecía— trataría de ignorar o transformar.

Versión de Carlos Alcorta