CLARISSE NICOÏDSKI. EL COLOR DEL TIEMPO. POEMAS COMPLETOS. TRADUCCIÓN DE ERNESTO KAVI. EDITORIAL SEXTO PISO.
Reconocida como novelista y como crítica de arte, la dedicación a la poesía de Clarisse Nicoïdski (Lyon, 1938-París, 1996), fue extremadamente breve, escribió únicamente dos escuetos libros, Los ojos Las manos La boca, de 1978 y Caminos de palabras, en 1980, reunidos ahora por primera vez en El color del tiempo, el segundo volumen de la encomiable colección de poesía de la editorial Sexto Piso. Pese a ello, está considerada como la poeta más importante del siglo XX en lengua sefardí y su obra ha influido en poetas como José Ángel Valente o Juan Gelman. «La poesía es una forma de restaurar el tiempo», escribe Ernesto Kavi en el breve prólogo, y parece que estemos escuchando al Mairena machadiano cuando escribía que «La poesía es el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo». Una poesía construida, más bien vislumbrada con gran economía verbal, con un leguaje sencillo y familiar, lo que no es óbice para que encierre un pensamiento trascendente, complejo, como ocurre con mucha poesía de carácter popular o con gran parte de la poesía oriental clásica, en las que se indaga sobre un tiempo mítico, escéptico ante su linealidad, idealizado, que sólo revive en la escritura, una escritura que trata de vincular el ayer con el ahora, que se transforma en plegaria, que parece buscar la inocencia original perdida.
Los ojos Las manos La boca, está divido en las respectivas secciones concretadas en el título. En la primera de ellas, dedicada a los ojos, podemos leer versos tan sugerentes como estos: «se rasgaron los ojos/ para ver/ el velo colorado que nos ciega/ se rasgaron los ojos/ como tela/ que esconde la verdad// se rasgaron». La descripción es casi inexistente. La forma que utiliza NicoÏdski para descifrar el mundo se sustenta en la elipsis, en la experiencia espiritual. En la segunda sección, dedicada a las manos, éstas parecen sustituir en la mente de la poeta a la textura de la página. En las palmas, en las líneas que la surcan, está escrito el pasado y el porvenir: «se abren las manos/ como un libro/ donde está escrito mi destino», pero las manos son también ojos que descubren otra forma de ver, si no distinta, complementaria, porque, a veces, consigue «lloran sin tener ojos». En la sección titulada «La boca» hay un explícito homenaje a la «lengua perdida», el sefardí, el «spaniol muestru», la lengua de sus antepasados maternos, la íntima lengua que define mejor que ninguna otra el sufrimiento. El libro se cierra con un homenaje a Federico García Lorca, que lleva por subtítulo este simbólico y premonitorio (si pensamos en la enorme difusión del poeta al que trataron de silenciar fusilándolo) epígrafe: «Cuéntame la fábula ensangrentada/ que abrirá las puertas cerradas». Los versos reflejan una veta irracional que, si bien ya estaba presente en algunas originales asociaciones de los poemas precedentes, trasluce una influencia deliberada del poeta homenajeado, como delatan esta estrofa: «sólo/ el cuchillo de su voz/ levantado en el aire/ nos dejó tu grito// asesinado». Lorca es la iluminadora presencia que sirve de faro al desarrollo de los versos, desde su figura emblemática pero, también, desde la influencia inevitable, desde el imán de su poesía.
El segundo libro, Caminos de palabras, no difiere estilísticamente del anterior, de hecho, al principio, incluso los temas son los mismos, los ojos, las manos, la voz, sinónimo de la lengua perdida, de conocimiento ineludible para conocer la propia historia: «el color del tiempo». Poco a poco los poemas se adentran en el canto al amado, en la angustia que provoca la ausencia. La delicada trasparencia de unos sentimientos que parecen alimentarse de la palabra escrita —una palabra, por otra parte, incapaz de decir lo que quiere decir. El lenguaje se enfrenta a una realidad más allá de lo real y fracasa—, de la carnalidad encubierta, de un amor cuya intensidad conduce a la enajenación, a un estado de extrañamiento del propio ser, y la recreación del ser querido por medio de elementos naturales nos recuerdan al Juan de Yepes de la Llama del amor viva y al Cantar de los Cantares de Salomón. El amor parece ser la única fuerza capaz de detener el tiempo: «nos detendremos aquí/ a esperar/ a esperar que nada ocurra/ que nadie nos encuentre/ tomaremos el tiempo en un jarro/ lo beberemos», escribe Clarisse Nicoïdski en un poema que mezcla magníficamente la melancolía con la esperanza, la elegía con la pasión contenida.
No es fácil definir la experiencia de lo sagrado, ni siquiera sabemos, en muchos casos, si lo sagrado, lo misterioso, tienen sitio aún en nuestras vidas (obviamente, estamos hablando de las vidas de los no creyentes), pero en el caso de que así fuera, de que nuestra forma de entender el mundo se guiara por una conciencia trascendente, encontraríamos en la poesía de Clarisse Nicoïdski el agónico, el infructuoso intento de atraparlo. Para ello utiliza, algo al alcance de pocos, un lenguaje, el sefardí, anterior, estacionado en una época en la que el agnosticismo era una anomalía sin relevancia alguna, un lenguaje no contaminado por la simbología moderna, un lenguaje más idóneo para demostrar lo indemostrable. No debemos leer El color del tiempo como si estuviéramos contemplando una especie a punto de extinguirse, todo lo contrario, debemos leerlo con la intención de encontrar en sus versos el verdadero corazón del ser humano, un sufrido corazón que busca lo absoluto

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