CARLOS SALOMÓN. PASTO DE LA AURORA. EDICIÓN A CARGO DE ÁNGEL LUIS PRIETO DE PAULA. ANTHROPOS/FUNDACIÓN GERARDO DIEGO, 2014.*
Apareció entre los libros y documentos de la biblioteca de Gerardo Diego que custodia la Fundación que lleva su nombre hace poco más de un lustro. Pasto de la aurora (Anthropos/ Fundación Gerardo Diego, 2014) había recibido una mención de honor en el Premio Adonais del año 1947 —año en el que otros dos poetas pertenecientes como él al grupo Proel, José Hierro y Julio Maruri, fueron agraciados con el premio y un accésit respectivamente— y se daba por desaparecido. Su autor, Carlos Salomón (1923-1955), no lo incluyó en la nota bio-bibliográfica que entregó una semana antes de morir para que encabezara una Antología de su obra que no vería la luz hasta 1968. Sin embargo, no se deshizo de él, y hubiera podido ser publicado en su momento si la suerte le hubiera favorecido en dicho premio, lo que nos hace suponer que no lo excluía de su corpus poético. Es un libro primerizo, una tentativa de lo que será posteriormente la poesía de Salomón, aunque en palabras de Prieto de Paula, en él «su autor había conseguido marcar distancia de dos tendencias poéticas contrapuestas entre sí», la que pivotaba en torno de García Nieto y la revista Garcilaso por una parte y, por otra, la que experimentaba con «el expresionismo agonista y el borbotón existencial». La muerte, es verdad, siempre estuvo presente, como una espada de Damocles, en su corta vida a causa de los problemas cardíacos que le mantuvieron casi enclaustrado desde la infancia y que, finalmente, mientras se disponía a comer con su novia, le derrotaron, pero, aunque en el libro hay varios poemas dedicados a la parca — los más evidentes son los titulados «Claro de muerte» y «Muerte», aunque hay referencias en muchos otros poemas— no debemos leerlo como una premonición ni como una confesión dramática, sino como un canto a la vida, porque no otra cosa son esos poemas en los que enaltece el cuerpo femenino hasta el punto de cifrar en él su destino, como en los versos finales del poema último del libro: «…oh cuerpo, cuerpo,/ mundo único/ belleza inseparable,/ dicha final sobre mi pecho»; no significa otra cosa el sutil erotismo que traslucen algunos versos —no debemos olvidar que la época en la que está escrito el libro — como los del poema «Seno»: «¡Qué visión y qué tacto,/ su resbalada piel, su curva plena,/ su madurez rebelde» que, en algunos casos, nos recuerdan a dos poetas coetáneos, aunque de vida mucho más dilatada, la poeta uruguaya Idea Vilariño y el mexicano Octavio Paz, aunque las más señaladas influencias sobre su poesía, según constata Prieto de Paula, provienen de Bécquer y del simbolismo de la primera época juanramoniana.
El libro —escrito fundamentalmente en heptasílabos y endecasílabos— está divido en tres secciones, «Claridad», «Cinco poemas de lo desconocido» y «Lo maravilloso», rematadas por un poema a modo de conclusión final, «Canción última a tu cuerpo» en el que, como ya se ha dicho, se exalta el cuerpo femenino hasta tal punto que su posesión representa la experiencia más extraordinaria, el éxtasis, el sentimiento de comunión total con el mundo. Las tres partes poseen un calado diferente. La primera es la más heterogénea y el orden de los poemas parece aleatorio. En los cinco poemas que integran la segunda parte se impone la sensación de otredad («Yo estaba al otro lado/ del mundo y os miraba»), de ser una especie de sonámbulo que contempla la realidad como algo etéreo, como un vergel, con una magnificencia más propia de sus deseos que de algo verídico, es una realidad huidiza o, al menos, el poema no logra apresarla en todo su esplendor. Pero esa aparente serenidad, esa abnegación frente a la belleza lleva, como en Rilke, dentro de sí el germen de la tragedia: «¿no adivináis ahora,/ no sentís en el aire, en vuestras venas,/ el presagio terrible?». La eternidad se visualiza en el cuerpo de la mujer amada, centro de su deseo erótico pero también representación de la caducidad, sometido, como el resto de la naturaleza, al abismo de la muerte. La publicación de Pasto de la aurora no sitúa a Carlos Salomón en un escalón poético más alto del que se hallaba, pero sí contribuye a afianzar la personalidad creativa de un autor que merece ser leído no por las eventualidades de su biografía, sino por su propia obra.
Con el título de El cuerpo es el mundo, esta reseña se ha publicado en la Revista Clarín, nº 113.