LUO YING. MEMORIAS DE LA REVOLUCIÓN CULTURAL. TRAD. ARTURO FUNTES. CONEJITOS. TRAD. RAFAEL PATIÑO GÓEZ. COLECCIÓN VISOR DE POESÍA, 2014
Ignoro las razones por las cuales los editores de este volumen han decidido, quebrantando el criterio cronológico, dar prioridad a Memorias de la Revolución Cultural (2013) por delante de Conejitos (2008). Acaso la diferente envergadura de uno y otro libro haya pesado a la hora de emplazarlos en el grueso del volumen. Nosotros, sin embargo, recomendamos comenzar a leer este sorprendente poemario por el libro más breve, misceláneo, menos acotado a un tema primordial, Conejitos, porque esta lectura creará el clima necesario para enfrentarnos a las dolorosas, hirientes, vergonzantes memorias en verso de un poeta que fue un apasionado guardia rojo de la Revolución, con todo lo que eso conlleva. No es el momento de establecer correspondencias y paralelismos entre las atrocidades cometidas en esta etapa de la historia china con otras de países adyacentes o, incluso, con otras épocas aciagas de la historia de la Humanidad, pero sí conviene recordar, para no caer en una bienintencionada desmemoria, las terribles circunstancias que soportó la mayoría del pueblo chino durante los años en los que la República Popular China, bajo las directrices del Partido Comunista, cuyo mando ostentaba Mao Zedong, inició una purga de a altos cargos del partido e intelectuales a los que Mao y sus seguidores acusaron de traicionar los ideales revolucionarios, al ser, según sus propias palabras, partidarios del camino capitalista. Con esta excusa, Mao logró desembarazarse de todo aquellos que pudieran entorpecer sus ansias de poder, para lo que no escatimó los más crueles medios. Pero no es el cometido de este comentario realizar un juicio histórico, sino analizar un libro de poesía, por esa razón nos ajustaremos a criterios literarios, dando por descontado que eso conlleva establecer correspondencias con la sociedad que sirvió de marco a los poemas.
«Yo no he hecho más que expresar mis singulares, y no tan singulares, sentimientos, experiencias, imaginación, y reflexiones, únicamente cumpliendo con mi deber. Al decir esto fue mi genuino propósito escribir poesía, que es algo como una exageración, pero ciertamente es el espíritu de Conejitos», escribe Luo Ying (Ningxia Province, 1956) en el «Postscriptum» del libro, para continuar afirmado que «Conejitos es una expresión concentrada del siguiente estado mental: En el despertar de las deslumbrantes riqueza y prosperidad, nosotros ya no somos conscientes del dolor del pensamiento, ya no mantenemos un respeto cordial por la muerte, y más allá de la apatía y la indiferencia, ya no sentimos miedo». Esta severa crítica está dirigida a todos aquellos que han renunciado a sus principios y se han dejado deslumbrar por el brillo fugaz del dinero y las prebendas, y fundamentalmente a pensadores, poetas e intelectuales, en principio más impermeables a los fastos mundanos. Algo, sin duda, ciertamente loable, pero presumimos no creíble del todo después de leer Memorias de la Revolución Cultural: «Yo fui un participante en la Revolución Cultural. Debido a mis tiernos años no tomé parte personalmente en la matanza, sino en un espíritu de lucha que se fomentó en mí. Junto a mi refinamiento, mi mente con frecuencia da lugar a impulsos asesinos e ideas viles. ¿Por qué? Porque soy un guardia rojo, como siempre lo fui», escribe, en un elogiable ejercicio de sinceridad, en el «Epílogo» a este libro. El progreso económico, del que el poeta ha sido un protagonista indiscutible, es cuestionado en este libro, porque ha aumentado las desigualdades sociales y sólo beneficia a unos pocos destruyendo la ancestral cultura del pueblo, pueblo que es sometido casi a la esclavitud a causa de un capitalismo desaforado, un progreso económico que, por otra parte, no ha traído ni unas mejoras sustanciales de vida para una mayoría de la población china que carece ahora de horizonte, ni una apertura política, tal y como la entendemos en Occidente. No hay más que ver la violencia y los métodos dictatoriales con los que reprimen a los manifestantes de Hong Kong —estudiantes que han iniciado una campaña de desobediencia exigiendo mayor democracia y están en desacuerdo con la pre-elección de los candidatos a las elecciones locales— las autoridades chinas.
Conejitos, escrito en 2008, es un conjunto de poemas en prosa que, en ocasiones, tienden a ser pequeños ensayos, más o menos alegóricos, sobre temas como la especulación urbanística, sobre la destrucción de la lengua («la sistemática destrucción de una lengua por otra debe ser vista como el experimento del deconstructor en el sufrimiento») y las tradiciones chinas, sobre el miedo, el sexo o el sufrimiento, pero también sobre la función de la poesía en un entorno tan amenazante como éste: «Incluso cuando el lenguaje de la poesía ya está sufriendo el indecible dolor de la deconstrucción es bastante probable que todo sufrimiento, sin importar que sea en un nivel filosófico o carnal, ya se encuentre sin palabras». Los conejitos son todos aquellos que en aras de la seguridad renuncian a todo tipo de protesta, se dejan llevar por las circunstancias, sin alzar la voz, enterrados en las fosas de una sociedad inamovible, asumiendo un destino que se niegan a poner en entredicho. Sólo algún conejo sedicioso manifiesta el deseo de distanciarse de la masa anónima y, en un combate sin escrúpulos, alcanza poder, dominio sobre los pusilánimes. Sin embargo, insinúa Luo Ying, siempre habrá un conejo en un escalón superior que puede aplastarte arbitrariamente. ¿Qué conclusión podemos extraer de esta argumentación? Acaso la dificultad de comprender una cultura tan diferente a la nuestra nos impida discernirlo, pero tal vez remita a la de la inutilidad de todo esfuerzo, al sometimiento insalvable de la voluntad individual a la necesidad colectiva.
Memorias de la Revolución Cultural es un libro diferente, aunque los propósitos didácticos y acusatorios sean semejantes. El autor realiza una especie de examen de conciencia, aunque exento de esa culpabilidad tan del gusto de la tradición judeo-cristiana. La justificación de sus actos parece provenir de un fatum ineludible: «Como nación, necesitamos limpiar a China de cargas históricas, como individuos tenemos que purificarnos a través del arrepentimiento. Nuestra nacionalidad entera necesita la redención de las equivocaciones que hemos cometido, y de las acciones dañinas que podamos cometer de nuevo […]En conjunto estos poemas constituyen una historia, una balada folclórica moderna, un lamento, un relato de recuerdos nauseabundos», escribe Luo Ying, pero en sus palabras se apela, como ocurría en Conejitos, a lo colectivo, como si el amparo de la multitud justificara los crímenes, crímenes que, como se deduce del cometer de nuevo, no engendran remordimiento alguno. Diferentes personajes van desfilando por los versos: familiares, antiguos compañeros de estudios, de trabajo, jerarcas del Partido, socios en los negocios. Todos, incluso él mismo, son diseccionados con una presunta imparcialidad, más propia de una noticia periodística o de un manual de historia que de un poema. Tal vez esa aparente toma de conciencia es lo que provoca nuestra solidaridad con los humillados y un subterráneo deseo de que el futuro los desagravie, algo que, como ya sabemos, está lejos de suceder. Los muertos son, en su gran mayoría, muertos anónimos para el resto del mundo. Su voz sólo puede escucharse muy débilmente como eco en un poema, lo que no es de gran consuelo. No escasean tampoco escenas que describen las atrocidades cometidas durante la época más despiadada de la Revolución Cultural, como en los poemas «Denunciando infracciones», «Los trabajadores del equipo de propaganda» o «Forjando vínculos con las masas», mucho más reveladores que un tratado de sociología. Los poemas están escritos con economía de lenguaje, son directos, sin apenas retórica, en versículos encadenados que perfilan el hecho narrado con modélica exactitud, como por ejemplo, en estos versos escogidos al azar: «El ciego vivía con su esposa al frente de la carretera/ La nuestra era una ciudad pequeña, podíamos oírlos discutir todo el tiempo».
La desaliñada traducción (realizada no desde el idioma original, sino a través de la versión inglesa en ambos casos), apegada a una literalidad de difícil justificación para alguien que conozca medianamente su propio idioma, resta fluidez y entorpece la comprensión del poema, aun contando con la connivencia de lectores entusiastas, como es nuestro caso. Con todo, el traductor de Conejitos, Rafael Patiño Góez, consigue mejores resultados que Arturo Fuentes en Memorias de la Revolución Cultural, libro repleto de errores de bulto que una conveniente revisión editorial hubiera evitado. Pero ni siquiera estos errores, fácilmente subsanables, bastan para anular la eficacia de unos poemas que consiguen, por su crudeza, por su convincente forma de narrar los hechos, erizarnos la piel, estremecernos ante tanta crueldad en nombre del bien común, porque el hombre, el poeta, desde muy joven ya supo valérselas por sí mismo, pronto se hizo miembro de sociedad que lo excluía y aprovechó su posición privilegiada para pasar factura a quienes lo despreciaron: «Los recuerdos de mi patria empiezan con el hambre y la pobreza abyecta/ Pero los recuerdos de mi padre terminan con su arresto en público». Podemos interpretar estos versos de uno de los primeros poemas como el asunto central del libro. Restituir el buen nombre de su padre será un empeño constante. Después, denunciar desde dentro del Sistema, las estrepitosas contradicciones que lo llevaron al fracaso. De todo esto tratan los dos libros reunidos en este volumen imprescindible para conocer esa otra poesía china que se escribe rompiendo los moldes de la tradición finisecular. Un estupendo punto de partida.

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