JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN. AL OTRO LADO. BIBLIOTECA DE LA MEMORIA. EDITORIAL RENACIMIENTO. 2014
Son innumerables las definiciones, en algunas ocasiones contradictorias, que de sí mismo ofrece José Luis García Martín en esta narración, en esta crónica diaria de sus quehaceres. Múltiples retratos que, sin embargo, muestran una imagen incompleta (ni aun con la suma de todas las descripciones que entresaquemos de aquí y de allá, conseguiremos obtener una fotografía íntegra), parcial, a medias real y a medias inventada, porque en la vida de García Martín, como en todo solitario, poseen una importancia destacada las fantasías, esas otras realidades que se constituyen en la imaginación: «¿Cuántas vidas he vivido al margen de mi vida? ¿Cuántas que son mi verdadera vida? Me gusta fingir, soñar, ser otro. Me gusta engañar con la verdad. Mostrarme transparente y sin doblez y, sin embargo, estar lleno de trampas, de pasadizos secretos, de selváticos rincones donde acechan fangosas arenas movedizas», escribe en la entrada correspondiente al 7 de marzo de 2011, no sin cierto gusto por la paradoja, por la parodia, titulada «Vidas paralelas», aunque, al final, reconozca unas páginas —unos días— más adelante, que «por muchas vidas que me invente siempre acabo viviendo la misma vida». Desde la primera entrega de este diario ininterrumpido, Días de 1989, García Martín ha mostrado una fidelidad y una perseverancia dignas de elogio para hacer, al final de cada día, recuento por escrito de la impresiones que le producen calles sin gente, una construcción arquitectónica, un puente, un libro o una conversación, pero también hace balance —en su mayor parte— de los asuntos menores, cotidianos, apenas sin importancia salvo para otro que no sea quien escribe («Muchas veces pienso en la insignificancia de mi vida, gris, rutinaria, sin grandes ni pequeñas pasiones […] A un escritor con esa biografía, con esa experiencia vital, yo jamás me tomaría la molestia de leerle») y, con tan humildes mimbres, desde la ponderada rutina construye, sin embargo, una historia que atrapa al lector como la mejor novela de aventuras. «Escribo diarios —responde García Martín en una entrevista realizada por José Luna Borge que sirve de epílogo al libro— para que el tiempo, que todo lo borra, no me borre del todo. Diarios, y no memorias. La memoria falsea y reconstruye, se engaña a sí misma, tiene más de novelista que de historiador. El diario es la huella dactilar del escritor. El registro veraz de su rostro sucesivo». La inmediatez resulta entonces una especie de aval que garantiza la franqueza, aunque el punto de vista personal desde el que se cuenta no pretenda una objetividad, por otra parte, inalcanzable. Estamos hablando de literatura, no de formulaciones matemáticas, y no debemos olvidar además, el carácter lúdico que poseen muchos de estos comentarios, por más que el presunto pasatiempo no oculte la firmeza de unos juicios que han sufrido pocas variaciones a lo largo del tiempo. Se ha atenuado sí, la beligerancia y las antiguas reprobaciones razonadas, raramente viscerales, han dado paso a un dejar estar, incluso cuando el autor es objeto de agravios fruto del resentimiento o de la maledicencia. Por supuesto, no es preciso compartir las opiniones, algunas veces un tanto extemporáneas, otras deliberadamente provocativas, que exhibe José Luis García Martín, para disfrutar de la lectura de este libro, pero todo aquel que ame la literatura encontrará en estas páginas un buen interlocutor, un magnífico compañero de viaje capaz de emocionarse y emocionarnos cuando recuerda sus primeras lecturas, la modesta biblioteca de su barrio en la que comenzó a arraigarse su pasión lectora, los conmovedores momentos de la muerte de la madre o cuando describe minuciosamente un paisaje urbano, una ciudad —puede ser Venecia, regularmente visitada o Burdeos, ciudad que explora por primera vez en persona. Literariamente ha visitado cualquiera de ellas en innumerables ocasiones— como si fuera uno de sus habitantes, un centro comercial o una librería. «Un café, un libro, un tiempo solo para mí y el mundo entero al alcance de mis manos y mis sueños. Soy un hombre afortunado» escribe un hombre que parece carecer de las ambiciones más mundanas, como el dinero o el éxito, aunque el lector no debe dejarse embaucar por tal desapego porque, a veces, entre líneas se vislumbran indicios evidentes de vanidad que, por otra parte, el autor, sin hacer apología de ellos, no oculta. Estas contradicciones forman parte del juego en el que deliberadamente participamos cuando leemos Al otro lado, las notas de un diario escrito entre 2010 y 2011 y publicado semanalmente en las páginas del diario La Nueva España y trasladado tal cual a las páginas del libro (con las ineludibles correcciones gramaticales, por supuesto), sin posteriores enmiendas o retoques. Como más arriba señalábamos, la proximidad cronológica garantiza, si la palabra es acertada cuando hablamos de literatura, de memoria, una alta proporción de veracidad, aunque hay que aclarar que no estamos hablando de un retrato de la realidad como si fuera una fotografía, porque la habilidad del fotógrafo, la calidad de la cámara o el enfoque del instante que se inmoviliza en la imagen son maneras de ver particulares y, por tanto, coincidentes con la mirada del otro sólo parcialmente. «El diario —escribe García Martín— se caracteriza no por la escritura reposada sino por la rápida anotación al final del día» y a los lectores no deja de asombrarnos la tenacidad cumple su propósito. El poeta italiano Valerio Magrelli escribió un verso que decía algo así —cito de memoria—como que la escritura es una muerte serena. Leyendo estas anotaciones de García Martín nos damos cuenta de cómo esa muerte se aplaza en cada renglón, porque en cada uno de ellos hallamos un fragmento de vida, o lo que es lo mismo, de esperanza.

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