FABIO MORÁBITO. EL IDIOMA MATERNO. EDITORIAL SEXTO PISO, 2014
Cualquiera que conozca los avatares biográficos de Fabio Morábito entenderá la pertinencia de estas reflexiones sobre la lengua materna y sobre los comienzos de su vocación de escritor, vocación ligada a unas serie de acontecimientos cotidianos de cabal importancia para quien los ha vivido y ahora, gracias a la magia del lenguaje y a los artificios de la escritura, relevantes también para el lector que lee entusiasmado la sutil forma de engarzar el pasado con el presente, la imaginación con la palabra, el pensamiento, la realidad o el sueño con la escritura. Mediante esta red de analogías Morábito no sólo da cuenta de su poética, sino que trasfiere la circunstancia vital a una categoría simbólica capaz de sustentar la estructura de un mundo cuyo horizonte, siendo semejante al que observamos la mayoría, fascina a quien sabe percibir que cada día traza una línea diferente.
Fabio Morábito nació en Alejandría en 1955. Regresó con su familia, de origen italiano, a Italia cuando contaba tres años. Pasó su infancia y su primera adolescencia en Milán, para trasladarse a México, donde vive actualmente, a los quince años. Pese a que su lengua materna es el italiano, toda su obra literaria (ensayos, cuentos, poesía, novela) la ha escrito en castellano, de ahí que un libro como el que comentamos —El idioma materno— tenga una relevancia especial, porque nadie posee tanta legitimidad para reflexionar sobre los porqués de una u otra decisión semántica como una persona que padece esta disociación. El idioma materno, a pesar de haber sido desplazado por ese medio privilegiado de comunicación que es la lengua literaria, se manifiesta, sin embargo, cuando emergen los sentimientos más profundos, cuando el poder de las emociones se impone a la lógica de lo real, convirtiéndolo en algo sólo decible con la voz del instinto o con, por ejemplo, el llanto: «No se llora a secas, en abstracto, sino en el seno de una lengua concreta, de ahí que muchos individuos que adoptaron otra lengua, cuando lloran, sienten que lloran todavía en su primer idioma», escribe Morábito en el último de los ochenta y cuatro breves textos que integran en este libro, textos que bien podríamos interpretar como entradas de un diario no fechado en el que se alternan notas de carácter biográfico con análisis sobre el acto de la escritura o pequeños ensayos literarios, como en el que desgrana magistralmente sus opiniones sobre la traducción. Unas veces da la impresión de que el autor está hablando —escribiendo— como si dictara unas directrices para un futuro escritor, como si redactara cartas a un joven poeta, como si impartiera un taller de escritura, pero en la mayoría de las ocasiones el lector tiene la sensación de que esta suerte de consejos y recomendaciones se las ha aplicado a sí mismo y son, por lo tanto, producto de su propia experiencia, no elaboraciones meramente teóricas con vistas a algún manual normativo. La particular manera de narrar que utiliza Fabio Morábito nada tiene que ver con la fidelidad a unas pautas convencionales, entendiendo por tales el planteamiento, el nudo y el desenlace. Aquí se alteran, cuando no se suprimen directamente, algunas de las fases dramáticas del discurso; la ornamentación lingüística es casi inexistente y corresponde al flujo de una mente capaz de elaborar sus aproximaciones a la realidad con la contundencia de los aforismos («Un escritor de narrativa o de poesía que posea más de mil libros comienza a ser sospechoso», por ejemplo). Tal vez esta cisura sea más asequible para quien escribe en una lengua distinta a la materna, porque «el extranjero más extranjero de todos es aquel que escribe en otro idioma, en virtud de una doble extranjería: la de la escritura, que es una traición al mundo [recordemos que el primer texto del libro se titula «Scrittore traditore» y en él vincula la escritura a la traición, acaso porque no se entiende la una sin apostatar de la realidad], y la de escribir en una lengua que no es la materna, que es una traición al habla». La manera de verse a sí mismo en su tarea de escritor como una especie de ladrón que sustrae del monedero común del lenguaje «las palabras necesarias para aquello que uno quiere decir, justo esas palabras y ni una más» recorre las páginas de este libro que está construido no sólo con fragmentos de memoria sino con comentarios sobre escritores como, por citar algunos, Kafka, Dostoiesvski, Homero o Jack London, que avalan ese carácter didáctico de gran parte de estos textos. La mirada que regresa a la infancia es capaz de rememorar a uno de sus maestros escolares, de quien aprendió que el ejerció de la escritura conlleva sufrimiento, inseguridad, sacrificio en suma. Todo este ir y venir de la memoria, los saltos temporales desde el presente al pasado no parecen ser otra cosa que aquello que Bruno Schulz llamaba «madurar hacia la infancia», es decir, hacerse niño de nuevo para percibir la realidad con la inocencia propia de esa edad.
Como hemos dicho más arriba, el lector puede leer muchos de estos textos como si fueran principios básicos de poética, pautas para quien desee dedicar sus esfuerzos al arduo afán de la literatura, así, en el texto titulado «La poesía y la cara», escribe «Antes de decir lo que dice, de comunicar una idea o una experiencia, un poema es una ruptura de la dicción acostumbrada, un balbuceo liberador, la reminiscencia de un idioma —el verdadero idioma materno— proveedor de todas las articulaciones posibles». Son incontables las citas sobre el arte de escribir que podemos entresacar de este libro porque su autor describe cómo y cuándo se forjo su vocación lectora que dio paso, poco después, a la práctica de la escritura, pero no me resisto a anotar ésta que tanto recuerda a José Hierro: «un escritor puede escribir en medio del ruido y a veces hasta lo necesita, pero su escritura es incompatible con él; lo que ocurre es que un escritor logra aislarse del ruido que lo rodea y éste le sirve en la medida en que lo obliga a concentrase en lo que escribe». No nos puede extrañar tampoco que un autor tan cosmopolita, que se expresa en más de una lengua, reflexione sobre el arte de la traducción (ha traducido a Torcuato Tasso y a Eugenio Montale). En el texto titulado «Venas y arterias», redacta, en muy pocas líneas, un maravilloso tratado: «La traducción lingüística sólo es posible cuando el idioma nativo tiene la suficiente capilaridad como para resistir el impacto de un idioma extraño y absorberlo en su tejido a través de una red más menos amplia de soluciones. Sin esa elasticidad, que permite decir una misma cosa de múltiples maneras, ningún idioma puede traducirse a otro, pues la verdadera traducción ocurre dentro del propio idioma del traductor y consiste en un primer abanico de soluciones alternativas, a partir de las cuales se seleccionarán aquellas que encajan mejor con lo que se profirió en el idioma extranjero». La combinación de ensayo, crítica, relato o biografía que encontramos en El idioma materno nos recuerdan, por la calidad de la prosa, por la soltura y la aparente casualidad con la que están imbricados los distintos géneros, por la excusa narrativa, aparentemente intrascendente, que origina la reflexión y la deducción final, aunque ésta sea escurridiza y el pretendido final no sea más que otra forma de comienzo, a Cuaderno de escritura, de Salvador Elizondo, obviando evidentemente que no siempre sus respectivas opiniones sean coincidentes. «Todos los libros han sido escritos para ser leídos únicamente por sus autores. Mediante un interminable abismo de significados ente la página y la mirada del lector; un abismo tan vasto como el que se abre entre el autor y la cuartilla; las más de las veces la estructura, el andamiaje que sustenta el discurso, se queda en el tintero». Por su parte, Morábito se pregunta: «¿los libros son enteramente de quien los posee? ¿No guardan un estatuto que rebasa la lógica de la propiedad intelectual?», para afirmar más adelante que «Todo libro rompe un cerco, pero a su vez nace de él, de una voz que ha sido capaz de volverse cerco de voces, un murmullo junto al fuego». Como testigos de este diálogo ficticio, ustedes juzgarán si les parecen opiniones encontradas o sin por el contrario, desde ángulos distintos, afirman algo análogo. En la ambivalencia reside uno de los misterios de la gran literatura.

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