TRES LECTURAS RECIENTES: AITOR FRANCOS, EMILIO AMOR, ANA LAMELA REY
«Todo, en el mundo, existe para acabar en un libro». Esta cita de Sthèphane Mallarme encabeza «Comensalia», el primer poema —un poema en prosa que desempeña la función de prólogo—de Ahora el que se va soy yo, la reciente entrega de Aitor Francos que hace el número 147 de la admirable colección Planeta Clandestino de Ediciones 4 de agosto. La obra está dividida en tres secciones: «El teatro del mundo», «Imago Vasconum» y «Epílogo para instrumentistas», aunque, como el propio autor informa en el colofón, «es una plaquette forzosamente incompleta, como un Libro de arena, o como el Horlá, esa cosa sin nombre y sin visibilidad (su misma denominación proviene de la imposibilidad de situarlo: hors —afuera)». Pero, ¿por qué y a dónde se va Aitor Francos? La primera cuestión nos la aclara en versos como éste: «Deseo trasnochar, cambiar de rutina, conocer/ gente», porque parece estar cansado de la vida de reclusión a la que la escritura conduce, algo que entra en flagrante contradicción con lo que defiende en unos versos anteriores, en los cuales nos señala el lugar de destino: «He construido, en pleno siglo XXI,/ una isla artificial […] La isla, dicen, favorecerá la monogamia/ y mi reclusión, que podemos considerar voluntaria». Y es que de contradicciones, de antítesis y de paradojas está plagado este cuaderno desde el inicio: «Una escritura para renunciar a la escritura», escribe en el poema ya citado «Comensalía» o «Cualquier libro posee/ más vida (o más interioridad)/ en lo que no es: blanco de la página/ después de haber escrito» en «Bibliomaquia» o «Callado, me imito» de «Moradas inusuales». Otro de los recursos frecuentes en la poesía de Aitor Francos es el humor, la ironía, el saber reírse de uno mismo o, al menos, no tomarse demasiado en serio: «Traté temas de nula trascendencia,/ posiblemente impropios/ y con imprecisiones bibliográficas,/ como exigía la crítica/ de aquel decenio», escribe en otro de los poemas, poemas que, por otra parte, son algo más que poemas, son « son notas al margen de cualquier vida», acaso por eso la mayoría de ellos están poblados por personajes con nombres y apellidos, desde Gabriel Aresti, John Godfrey Saxe, Thoreau, Huxley, Freud o Montejo a Ramón Eder.
El cuaderno finaliza con el poema titulado «Cursus Honorum», que es una especie de recuento, de enumeración de las cosas relevantes que dan sentido a la vida (aunque para cualquier otro, para muchos de los lectores de estos poemas, gran parte de esas cosas carezcan de trascendencia). Pero es en estos recuentos, en estos catálogos de asuntos y objetos cotidianos —además de la forma de realizarlos, con sencillez, sin otorgarlos un peso falso en la conciencia, con un lenguaje directo que evita la abstracción y la ambigüedad semántica— donde escuchamos la verdadera voz del poeta, voz que no se somete al caudal del instinto, voz que se va afinando la palabra en cada entrega poética, voz ya no en agraz, sino madura y firme, con esa carga de melancolía propia de quien va dejando la juventud en la retaguardia y sopesa su lugar el mundo con un, más que necesario, escepticismo, porque, como escribe en el poema titulado «Declinatorio»: «Irse es esperar en otra parte/ de este nivel de fondo,/ recomponer la caja de herramientas,/ morir con lo que no/ viene/ rodeado de grúas y de piezas/ para armar».
Emilio Amor publica Territorio perdido en la colección Heracles y nosotros, felizmente recuperada. Un conjunto de veintidós poemas divididos en dos secciones simétricas: «Territorio perdido» y «Títeres sin cabeza». El territorio perdido que se rememora es el de la infancia, por esa razón Emilio Amor comienza cantando la añoranza de la madre. Sin ella, parece decirnos el poeta, «Voy caminando así, ciego de dudas, hacia un futuro tan incierto/ que no sé cuándo empieza», pero no es la única persona familiar recordada, porque en el poema siguiente es el abuelo. La memoria es el reducto de la melancolía. Así, entremezclados en sus pliegues asoman trenes, montes, arañas o gusanos blancos. Todos ellos nutren los versos, configuran el azar de un recuerdo que selecciona aquellos fragmentos — ¿por qué éstos y no otros? A buen seguro, sólo el azar lo sabe— que marcaron la vida del hombre que ahora es. La poesía de Emilio Amor, comedida dentro de su narratividad y precisa en sus significados, felizmente alejada del verbalismo y de los excesos retóricos, posee un carácter marcadamente elegíaco que no deja lugar a la esperanza. Se canta lo que se pierde y, además, esa pérdida determina la mirada circunspecta sobre el futuro. Hay desesperanza, sí, pero no sumisión o arrepentimiento. La serena cadencia de los versos nos facilita la complicidad, la identificación con una vida colmada de renuncias y, por lo demás, semejante a la de cada uno de nosotros. Baste el poema con el que termina el libro para hacernos una idea de la nostalgia y el desamparo, pero también de la pasión que da forma a su poética: «Nunca encontré mi sitio;/ así que decidí robarle el agua de los delfines,/ el aire a los cometas,/ su pirueta al pájaro.// Nunca encontré mi sitio/ ni fui capaz de hallar la luz/ o el fuego/ de la perenne juventud./ Mi sangre se transmuta del verde al bermellón.// Apenas queda tiempo para llorar/ muy lentamente en los relojes». El mundo descrito resulta, aunque lo leamos sobre las páginas de un libro, no menos angustioso que la realidad, una realidad enclaustrada en un suma de emociones que buscan una faro con el que guiarse.
La exhibicionista, publicado por ediciones CGP con ilustraciones de Antonio Navarro, es el segundo libro —después de Zebra (2013), un libro de artista— de Ana Lamela Rey (Lugo, 1964), además de poeta, música y profesora de escritura creativa. Con un ritmo dictado por la respiración —como defendía William Carlos Williams, más que por patrones métricos convencionales, los poemas de este libro dan cuenta de una pasión en estado de ebullición que propende al agotamiento, repleta de altibajos emocionales, algo habitual que, sin embargo, elude los lugares comunes porque está tratado con desenvoltura, sin dramatismos efectistas. La versatilidad tanto formal como semántica de Ana Lamela es notable, combina de forma proporcionada versículos, cercanos, en algunos casos, al poema en prosa con versos de medidas más restrictivas, incluso de arte menor, y en ningún caso, esta mezcolanza resulta inapropiada, por el contrario, creo que responde perfectamente a un deseo de domesticar el sentimiento, de no dejarse llevar por una vehemencia incontrolada, de ahí que se combinen versos con un significado muy directo, sin dejar lugar a interpretaciones, con otros elusivos en los que ciertas espirales de ambigüedad sumergen al lector en un estado de incertidumbre que sólo una cuidada relectura puede subsanar.
El libro está divido en varias secciones, la primera de ellas, intitulada, tiene como protagonista a un tú sin nombre (a veces es un profiláctico vosotros) que parece ser el destinatario de las imprecaciones, de los ruegos, de las disputas, de los temores: «y tú amenazarás con matarme», escribe en uno de los versos. La «exhibicionista de volcanes en erupción» que es la autora no cesa en el intento de comprender lo que está viviendo, algo que nunca resulta fácil, por eso no duda en convertirse en otra, en observar los acontecimientos como si fuera una espectadora neutral. «Colgar un hilo blanco —escribe en uno de los poemas— de balcón a balcón y convertirme en funambulista es pasear rozando el aire, imbécil. // Vuelvo a hacer malabares con mi llanto y tu desprecio». La segunda sección, titulada «Herida», habla ya del final de un amor, de un desenlace no exento de pena: «Arranco el coche. Todavía me cuesta subir calles de adoquines y envidias. Todavía me duele irme y cerrar las puertas sin mirar hacia atrás». Las dos últimas secciones, «Gajos» y «Mudanzas», presentan una nueva situación, acaso todavía transitoria, pero distinta, esperanzada. La memoria posee sus propias leyes, y poco podemos hacer por dirigirla hacia un recuerdo concreto. En su azaroso fluir revive instantes, recrea situaciones, reconstruye la esperanza: «Existen rincones en esta casa, existen paraísos», escribe sobre su nuevo domicilio.
La poesía de Ana Lamela exhibe una aparente facilidad que resulta engañosa, porque detrás de eso que parece un mero desahogo sentimental —nos encontramos ante un claro ejemplo de eso que M.L. Rosenthal llamó poesía confesional— se esconde una reflexión nada rutinaria sobre la relación con el otro, sobre la identidad, sobre los flujos exteriores que la prescriben y, cómo no, sobre la manera de abordar, sublevándose, una realidad que se percibe menos como un edén que como un infierno. Sus poemas sorprenden y conmueven tanto por lo que dicen, aunque el lector no debe caer en la trampa de interpretarlo literalmente, como por lo que insinúan. Cada uno de ellos puede leerse como fragmento de una historia, aunque ésta renuncie a la linealidad, pero también como una serie de microrrelatos que van tejiendo la urdimbre de la trama completa y, como he adelantado, la forma de cada uno de ellos es híbrida, algo que ilustra bien, por ejemplo, este poema: «…Y me quito la chaqueta, la que me gustaba tanto porque olía ácida y me llevaba a aquel bosque de palabras en el que tan a menudo nos gustaba vernos cuando ya nadie estaba despierto. La dejo colgada en un aparcamiento para bicicletas.// Yo nunca supe montar en bici, o sí, ya no recuerdo./// Veo a lo lejos un grupo de gente.// Tropiezo.// Se cruza un perro.// Me gritan y voy desabrochándome la falda. Bajándome la cremallera.// Agachándome.// Levanto una pierna y luego la otra,// aunque sea despacio.// La gente me mira.// Esta noche por fin ha llovido.// Un charco. La falda. Me salpico.// A mi falda le sentaban bien los días grises.// Alguien se acerca.// Yo me voy.»
Ese itinerario circular que el lector emprendió con Ahora el que se va soy yo y que ha llegado a su fin, después de atravesar un Territorio perdido, con La exhibicionista, cierra el círculo con estos versos entresacados de este último libro: «Alguien se acerca.// Yo me voy».

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