TRINIDAD GAN. PAPEL CENIZA. VALPARAÍSO EDICIONES, 2014.
No es Trinidad Gan (Granada, 1960) una autora excesivamente fecunda, sin embargo, en los últimos años su presencia editorial parece haberse regularizado, algo que agradecemos sus lectores, y este libro, Papel ceniza, de estructura perfectamente diseñada y ejecutada, no hace más que confirmarlo. La transcripción de fragmentos deteriorados, algunos casi ilegibles, de un cuaderno ¿anónimo? actúa como prólogo a las sucesivas partes que componen el libro, como prólogo y como eje sobre el que giran los respectivos poemas, aunque sea de una forma difusa, como lo es, de hecho, el propio cuaderno, cuaderno perdido del que sólo se conservan accidentales transcripciones. En cualquier caso, lo verdaderamente importante son los poemas, las analogías secretas que se establecen entre el pretexto y la reflexión, gracias a las cuales la poeta revela al lector su personal mirada sobre el mundo.
Si la poesía es fundamentalmente ritmo —«el ritmo no es medida: es visión del mundo», escribía Octavio Paz— este libro está lleno de poesía y de una desnuda indagación introspectiva, de la cual queda testimonio en los versos más despojados, en los menos discursivos: «En un pulso violento trato/ de deshacer la sangre» o «Pero hay en esta página/ una línea teñida de rojo», por poner sólo un par de ejemplos. A pesar de no ser una poesía oscura (aunque menudean algunos esporádicos conatos de irracionalismo), la claridad expresiva no deforma la experiencia por estar demasiado apegada a la realidad. Hay suficientes indicios de que una corriente subterránea alimenta la escritura como para no caer en ese error. La evocación nunca es inocente. Siempre oculta o disimula aspectos que no se desean revelar del todo, acaso porque quien escribe no tampoco los conoce suficientemente y sólo a través de la escritura es capaz de encontrar un significado. A la luz de esta especulación pueden interpretarse poemas como «Inventario de aves», posiblemente mi preferido, o los poemas que integran, respectivamente, la primera sección, «Secuencia», y la última, «Puertas giratorias», principio y fin de un viaje interior que el protagonista del poema comienza cuando comprobamos que «Ha salido de casa, roto./ Va sin rumbo. Negándose. No vuelve/ hacia atrás la mirada» y termina «A tu izquierda una puerta giratoria/ te invita a entrar, en tus pasos dibuja/ la misma lentitud de los cristales». El monólogo que Trinidad Gan se dice a sí misma posee una función curativa, cauterizadora. Los fantasmas del pasado adquieren, por medio de la escritura, una fisicidad que los vuelve vulnerables, los humaniza. Los fantasmas son rostros del propio pasado y ese desdoblamiento de la identidad, ese espejo es el lugar más adecuado para explorar el yo que ahora siente: «Bajo este insomnio de papel ceniza, / tras el tenaz azogue del espejo,/ como si fuera un mar que rompe/ en la esquina que doblas, / te cita una mujer./ Aquella que ahora miente la juventud perdida». La poesía es un buen lugar para encontrarse consigo mismo y en este libro el lector puede hallar una parte de sí que, posiblemente, aún ignora.

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