WISŁAWA SZYMBORSKA. HASTA AQUÍ. TRADUCCIÓN DE ABEL MURCIA Y GERARDO BELTRÁN. BARTLEBY EDITORES, 2104
Publicado póstumamente, Hasta aquí recoge los trece poemas inéditos que la poeta polaca Wisława Szymborska (1923-2012), premio Nobel de Literatura en 1996, dejó escritos para un libro que, me temo, ha quedado en gran parte huérfano, porque era una obra en marcha y, si la muerte no lo hubiera impedido, el número de sus poemas hubiera sido, a buen seguro, decididamente mayor, algo que este lector echa en falta, a pesar de que la intensidad de la poesía de la Nobel polaca justifica en gran medida su ajustada extensión. La edición en español se completa con una interesantísima entrevista que Javier Rodríguez Marcos realiza a los traductores de este libro —y de otros de la misma autora, como Aquí, Dos puntos o Instante—, Gerardo Beltrán y Abel Murcia, expertos en la poesía de Szymborska y amigos de la poeta, gracias a los cuales, Wisława Szymborska goza de una estupenda difusión en nuestra lengua (no han sido los únicos en contribuir a dicha difusión. Ya en 1997 se publicaron sendas antologías de su obra, Paisaje con grano de arena, a cargo de Ana María Moiz y Jerzy Wojciech y editada por Lumen y El gran número. Fin y principio y otros poemas, editado por Hiperión y que cuenta con un plantel excepcional de traductores, entre los que se encuentran además de Abel y Gerardo, Xaverio Ballester, Maria Filipowicz-Rudek o Carlos Marrodán, por citar sólo a algunos).
Calificada por los críticos como filosófica, la poesía de Szymborska posee, de forma infrecuentemente proporcionada, ciertas dosis de materialismo, propio de las ciencias naturales y su singular ordenamiento, más que de la poesía, junto con aquilatadas porciones de escepticismo y humanismo, es decir, de libertad y crítica, más propios, en este caso, de las ciencias sociales y de la ética. Una libertad que se manifiesta sublevándose contra del determinismo histórico y contra esos preceptos que fundamentan en el dolor el camino a la felicidad. En cualquier caso, si algo caracteriza, por encima de otras particularidades, su poesía es la intensidad. «Cuando la intensidad —inclusive la intensidad momentánea— puede ser expresada, implica plenitud de sugerencias condensadas en el preciso momento en que se vive», escribía George Santayana, y es que el dominio del lenguaje de Szymborska es prodigioso. El uso de palabras aparentemente sencillas, coloquiales, esconde una indagación de carácter lingüístico que conduce a la poeta hasta la palabra precisa, justa, determinante, que dice —y soy consciente de que esto es una ilusión, más que una realidad— lo que el poeta exactamente quería expresar. «La poetisa —escribe Małgorzata Baranowska en el estudio introductorio a El gran número. Fin y principio y otros poemas— habla en el lenguaje de cada día, evoca muchos detalles que rodean al hombre, pequeños fragmentos de la naturaleza como plumas de aves, nubes o gotas de agua. Pero estas partículas encuentran siempre un espacio mayor en el cosmos entero, en la tierra, en la naturaleza, en la vida. Su poesía atañe a los problemas más importantes de la vida y la muerte, pero presentados de una manera infinitamente sencilla».
¿Qué aporta a su obra anterior un libro como Hasta aquí? Desde mi punto de vista, no se trata de una de esas recuperaciones de circunstancias que se perpetran apresuradamente para aprovechar una coyuntura, en este caso el fallecimiento de la autora, que favorezca las ventas de dicho libro. Hasta aquí es fruto de un trabajo programado, sistemático, de un deliberado fin de obra, hasta el punto de que la propia Szymborska eligió dicho título con suficiente antelación, algunos años antes de fallecer. Al principio de este comentario, sugería la posibilidad de que el libro hubiera quedado inconcluso y, sin embargo, ahora, a medida que escribo estas líneas, la impresión es otra. Si nos atenemos al significado del título, sólo la muerte podía poner término a un proyecto de este calado. Sólo la muerte podía interrumpir ese viaje hasta el autoconocimiento, hasta lo más profundo de la conciencia que cada poema de Szymborska lleva a cabo. Por tanto, los poemas de Hasta aquí echan el cierre a la obra poética de nuestra autora (es más que posible que, con el tiempo, aparezcan poemas inéditos, pero, casi con total seguridad, podemos afirmar que no pertenecerán a ningún libro aplazado ni al corpus fundamental de su obra). Teniendo en cuenta que la poesía de Szymborska posee unas constantes que han sufrido escasas alteraciones a lo largo del tiempo, un despojamiento retórico que busca lo esencial, se puede afirmar que estos poemas no hacen más que desarrollar una tentativa similar de aprehensión del mundo, para lo cual se vale de la paradoja, de la ambigüedad de las palabras, del contraste entre lo individual y lo colectivo, de una anécdota mínima que, sin embargo, gracias a la mirada introspectiva de la autora, trasciende lo común y se interna en lo oscuro, ese lugar sólo iluminado por el fulgor de los símbolos. Así sucede, por ejemplo, en el poema «En el aeropuerto», que trascribo completo: «Corren a su encuentro con los brazos abiertos,/ gritan sonrientes: ¡Por fin! ¡Por fin!/ Ambos con sus pesadas ropas de invierno,/ gruesos gorros,/ bufandas,/ guantes,/ botas,/ pero ya sólo para nosotros./ Porque para ellos, desnudos.» Ese contraste, tan magistralmente expresado en el último verso, entre la percepción propia y la ajena, entre la historia colectiva y la intrahistoria personal (el autor mexicano, también recientemente fallecido, José Emilio Pacheco dice, abundando en esa relación entre el ser y su circunstancia, que «es común creer que el poema “no es un acto político y no vale sino en función de criterios de arte”, pero “la poesía estuvo siempre comprometida hasta que en el siglo pasado algunos grandes hechiceros la comprometieron sólo con la poesía”…en nombre de “la libertad creadora hay que defender el derecho del poeta a escribir sobre todo aquello que le afecte») resulta, a mi parecer, lo más atrayente de la poesía de Szymborska, una poesía aparentemente fácil de comprender, porque se vale de un lenguaje sencillo, nada especializado, pero que exige, sin embargo, poner algo más que los cinco sentidos para percibir en toda su extensión la intensidad a la que aspira. Una intensidad medida en términos no sólo poéticos (lenguaje, ritmo, imágenes, forma) sino emocionales (pasión, ternura, solidaridad, etc.) que logra un todo armónico, primordial e irremplazable.

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