GERALD STERN. ESTA VEZ. ANTOLOGÍA POÉTICA. PRÓLOGO Y SELECCIÓN DE CURTIS BAUER. TRADUCCIÓN DE JOSÉ DE MARÍA ROMERO BAREA. EDITORIAL VASO ROTO, 2014
Las antologías concebidas como síntesis de la obra de un autor determinado cumplen una función informativa, divulgativa e, incluso, didáctica si la introducción es algo más que una mera justificación sistemática; y no es poca cosa cuando, como en el caso que nos ocupa, estos cometidos se cumplen con creces al mostrar al lector interesado una amplia selección de la obra de un poeta norteamericano prácticamente desconocido en nuestro país —del que apenas hemos leído alguna traducción dispersa en el laberinto de la red— y, además, cuenta con un prólogo escrito por Curtis Bauer que logra sintetizar admirablemente las líneas maestras de la poesía de Gerald Stern, poeta que nació en Pittsburg en 1925, lo cual significa que, por buscar referencias cercanas, es contemporáneo de los poetas que en nuestro país hemos agrupado bajo la etiqueta de Generación del 50, aunque, pese a tener un vastísimo conocimiento de la cultura europea, no sea tarea fácil encontrar correspondencias poéticas con ninguno de ellos, como tampoco son perceptibles influencias de los poetas norteamericanos que marcaron el rumbo de la poesía moderna del pasado siglo, con Pound y Eliot a la cabeza, aunque en una poesía tan, me atrevería a decir, excesiva y con tantos registros como la de Stern, no sería imposible rastrear deudas en estéticas plurales, incluso antitéticas.
Existen en nuestro país un conjunto de editoriales, escaso pero combativo, que están realizando una meritoria labor en pro de la difusión de la poesía escrita en otras lenguas, desde el rumano al croata, desde el polaco al finlandés, publicando regularmente tanto a autores consagrados como a voces emergentes. Una de las tradiciones que goza de mayor predicamento en la actualidad es la de la poesía norteamericana —en este aspecto la editorial Vaso Roto se lleva la palma—, la poesía escrita en inglés (otras editoriales realizan un esfuerzo no menos estimable por poner a nuestra disposición la riquísima poesía hispanoamericana), en la que conviven, como no podía ser de otra forma teniendo en cuenta la vastedad geográfica y cultural de tal idioma, muy distintas corrientes estéticas. La traducción de lenguas foráneas no sólo resulta imprescindible para enriquecer la poesía española, poniéndola en contacto, relacionándola con la heterogeneidad propia de cada cultura nacional, haciéndola, al mismo tiempo, más cosmopolita, sino que sirve, además, para aquilatar el peso verdadero de nuestra poesía en el contexto mundial, un peso elevado, sin duda, pero que no nos puede hacer caer en elogios desmesurados, porque la desmesura evidencia, más que cualquier otra cosa, la ignorancia de quien se excede en el halago.
Curtis Bauer, poeta y traductor él mismo, habla en el prólogo de la gran influencia que Gerald Stern ha ejercido sobre muchos de los poetas norteamericanos más recientes, algo que representa en sí mismo un elogio formidable, teniendo en cuenta la nómina de poetas susceptibles de ejercer esa influencia (por hablar sólo de poetas contemporáneos al propio Stern, y sin el imperativo de ser puntillosos, podemos mencionar a Ashbery, Simic, Levine, Merwin o Wright, cada uno de los cuales ejerce un notable magisterio en las promociones subsiguientes). Bauer dice de Stern que «No se trata del típico “poeta norteamericano” que solo escribe poemas representativos de la sociedad estadounidense, su cultura o su paisaje, con la mirada puesta en el exterior; tampoco es un poeta intimista, ni autorreflexivo, ni es su tono confesional; tampoco puede decirse que su obra sea irónica…Stern debe ser entendido desde una óptica universal, multicultural, multilingüe y multipersonal». A tenor de estas palabras, tal vez sea más fácil definir esta poesía por lo que no es, más que por lo que es: no es hermética, ni posee vinculaciones de carácter religioso, no está adscrita al surrealismo ni a cualquiera otro «ismo» de la vanguardia, tampoco exhibe un culturalismo desaforado ni parecen preocupar al autor las cuestiones autorreferenciales, el análisis del propio acto de escribir o la reflexión metalingüística. Podemos encontrar aisladas muestras de todo esto pero, también, apreciamos un deseo irrefrenable de contar, de ser entendido, de encontrar significados a las imágenes, que prevalece sobre todas las demás cuestiones. Las minuciosas descripciones con las que Stern inicia sus poemas, el preludio, podríamos decir— escritos generalmente en primera persona, aunque cuando usa la tercera hable de sí mismo, pero en otra tiempo, sin tratar de ocultar su biografía—, da paso, en el cuerpo central del poema, a la narración de la anécdota que motivó la escritura, para finalizar con unos versos de carácter determinante, aunque en muchas ocasiones, la conclusión que espera el lector se abra a nuevas incertidumbres, como, por poner sólo un ejemplo, el poema titulado «Concédeme el último baile», que comienza con estos versos plenamente descriptivos, coloquiales: «Cuando se trata de chicas, el Chihuahua/ en la calle 9 bajando hasta/ Washington en el lado izquierdo,/ bajo la Hong Kong Fruit,/ él sabe dónde va…», para adentrarse posteriormente en el asunto que ha motivado la escritura, el rescate de un perro que ha caído en una alcantarilla y la reflexión consecuente que conduce a la memoria hacia otro hecho similar: «…sostuvimos/ el martillo sobre la boca de la alcantarilla/ para poder levantarla y llegar/ a nuestras pelotas de softball y de tenis», para llegar a un final incierto, casi enigmático, porque el poeta parece asumir que lo sustancial, el verdadero conocimiento se le ha escapado, por eso se pregunta: «¿ y cómo se llamaba la que me dio/ la toalla? ¿Y quién era yo?,/ ¿y qué hace el amor dentro/ de una alcantarilla? ¿y cómo se difumina/ la desgracia hoy, o cómo se entierra?». La mirada sobre las cosas de Stern es una mirada sin ángulos ciegos, panóptica, capaz de percibir todo lo que hay alrededor, una mirada que no sólo ve el exterior, el suceso que da pie al poema, sino que se adentra, casi simultáneamente, en los sueños, en los recuerdos, en las fantasías o los pensamientos que surgen a raíz de dicha contingencia.
Gerald Stern es autor de dieciocho libros de poemas, y ha obtenido numerosos galardones, entre ellos el Wallace Syevens y, este mismo año, la Medalla Robert Frost. La presente selección comienza por el libro Regocijos, libro publicado en 1973 que recoge poemas escritos entre 1966 y 1972 y finaliza con una sección titulada Nuevos poemas, una pequeña muestra de un libro futuro en la que se encuentra ese magnífico poema titulado «Poetas», una especie de homenaje a sus autores más queridos, y en el que traza un esbozo de sus orígenes: «yo soy judeoamericano un/ judío americano, cuya madre/ nació cerca de Bialystock/ quizás un polaco americano/ un judío polaco dzień dobry». Debemos elogiar tanto la labor de selección —realizada por Curtis Bauer— como la de traducción —una traducción muy cuidada, más teniendo en cuenta la ambigüedad que ocasionan los poemas que carecen de puntuación, que hace creer al lector que está leyendo poesía escrita en castellano—, a cargo de José de María Romero Barea, porque el trabajo y la dedicación, el entusiasmo necesarios para llevar a cabo esta empresa han dado unos frutos excelentes. La publicación de Esta vez (título también de uno de los libros exento de Stern) corrige la injusticia de desconocer una poesía tan inclasificable y heterogénea en sus alusiones como esta, una poesía cuyo «estilo —de nuevo es Curtis Bauer quien escribe— es discursivo, inclusivo; aprovecha todo lo que acude a él mientras escribe, y el resultado son unos poemas que acumulan un significado tras otro; son indómitos, turbulentos, repletos de subtramas, correcciones y reversos, pero, por encima de todo, son absolutamente placenteros», una poesía sorprendente y absolutamente recomendable.

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