INGER CHRISTENSEN. ALFABETO. TRADUCCIÓN DE FRANCISCO J. URIZ. POESÍA SEXTO PISO, 2014.
Es, sin duda, una gran noticia que una editorial del prestigio de Sexto Piso, consagrada hasta ahora a publicar ensayo, narrativa e incluso libros ilustrados, emprenda una colección de poesía (recientemente otras editoriales especializadas en narrativa como Salto de página, Nórdica o Playa de Ákaba ha asumido el mismo riesgo con resultados, a juzgar por la continuidad de la propuesta, esperanzadores). Paradójicamente, a pesar de ser quizá el género minoritario por excelencia, la poesía goza de un nutrido censo de lectores (el maestro Francisco Brines dice que la poesía no busca público, sino lectores), si bien no muy numeroso, de una fidelidad a prueba de seísmos económicos y de convulsiones políticas y sociales, lectores que encuentran en los poemas un modo de verse a sí mismos, y al mundo que habitan, más intenso y revelador que el que puede ofrecerles cualquier otro género literario.
Poesía Sexto Piso comienza su andadura con el libro Alfabeto, de la poeta danesa Inger Christensen —el segundo volumen, El color del tiempo, de la poeta en lengua sefardí Clarisse Nicoïdski, verá la luz próximamente—, un libro con múltiples niveles de interpretación y una autora reconocida por su experimentalismo, por su compromiso con la palabra y con el lenguaje— lo que no excluye el compromiso ético o social, en esto abundan los poemas de este libro— hasta exprimir al máximo su percepción de la realidad, por su defensa de la poesía, lo que, de alguna manera, le confiere cierta responsabilidad civil, contra las amenazas que sufre el individuo y la sociedad en su conjunto. La apuesta de la editorial es arriesgada, pero de un rigor fuera de toda duda.
La edición de la obra de Inger Christensen no tiene muchos precedentes en castellano, sólo conocemos la publicación, el año 1999, de la novela Una habitación pintada: un relato de Mantua a cargo de la editorial Cuadernos del bronce, por tanto, podemos decir que este libro, Alfabeto, es una auténtica primicia, la mejor manera de entrar en contacto con la obra poética de una de las grandes representantes de la poesía europea del pasado siglo. Nacida en Vejle en 1935 (costa este de Dinamarca), estudió magisterio, medicina, matemáticas y química. Sus primeros libros, Luz y Hierba datan de 1962 y 1963, respectivamente y será a partir de 1969, con la publicación de Esto cuando su obra comience a difundirse internacionalmente. Alfabeto, el libro del que hoy hablamos, se publicó en 1981, tras un largo silencio editorial. La peculiaridad de este libro —ha escrito la crítica— es que utiliza una secuencia, descubierta por el matemático italiano Leonardo Fibonacci (cada verso es la suma de los dos precedentes: 0,1,1,2,3,5,8,13,21…), para medir el metro y el número de estrofas y, además, sigue el orden de las letras del alfabeto. Con este poema comienza el libro: «los albaricoques existen, los albaricoques existen» («abrikostræerne findes, abrikostræerne findes» en danés), y termina con el poema «las noches existen, la hierba mora existe» («nætterne findes, natskyggen findes»). Un viaje desde la «a» a la «n» que tiene algo de cíclico, de reiterativo, de unión de opuestos y que sirve para reflexionar, para armonizar contrarios, para hacer recuento de los seres y las cosas que habitan el universo. Esta aspiración enciclopédica y la delicadeza con la que describe hasta los seres más indefensos o humildes: helechos, lágrimas, abanicos, líquenes o palomas nos recuerda veladamente al Neruda de las Odas elementales y, por otra parte, la enumeración precedida del verbo existen, guarda cierta similitud, a nuestro parecer, con los me acuerdo de George Perec, un autor al que también le sedujeron los juegos verbales y gustó de experimentar con la limitación de las formas. La escritura de este libro es un intento de representación matemática de las secuencias, del orden que gobierna la naturaleza y es, a la vez, un intento de encontrar sentido a la vida, a una vida amenazada por la perversión de los símbolos, en las palabras en tanto éstas nombran la realidad y la ausencia de realidad. En cuanto al contenido, además de cantar el asombro ante las bellezas naturales (otra de las funciones de la poesía, además de denunciar, seducir o rogar), también se suma, como hemos significado más arriba, la preocupación por su deterioro generalizado, por el comportamiento irracional del hombre actual. «Existen las relaciones numéricas en la naturaleza — ha explicado Christensen—. La forma en que un puerro se envuelve alrededor de sí mismo desde el interior, y la cabeza de un girasol, ambos se basan en esta serie». Pese a circunscribirse a unos límites tan estrictos, a una secuencia sistematizada, la poesía de Inger Christensen posee un carácter lúdico que consigue que, la mayor parte de las veces, la severidad de la forma pase desapercibida.
No se me ocurre mejor traductor que Francisco J. Uriz para hacerse cargo de esta magnífica edición bilingüe del libro de Inger Chistensen, Su prestigio viene avalado por la exigencia y el conocimiento de las lenguas nórdicas, fundamentado en su larga estancia —más de treinta años— en Estocolmo. La terrible dificultad que entrañan las numerosas aliteraciones y el particular ritmo —«el ritmo, volvemos a Paz, no es medida; es visión del mundo»— del original está solventando, hasta donde lo permite el idioma de llegada, con habilidad y maestría.
Inger Christensen falleció en 2009. Gracias a sus merecimientos fue elegida miembro de la Academia Real de Dinamarca en 1978 y obtvo, entre otros, el Premio Austriaco de Literatura (1994), el Premio Nórdico de la Academia Sueca (1994), el Gran Premio de la Poesía Bienal Internacional (1995) y el premio Siegfried Unseld (2006 ). Con ella podemos decir que «los alfabetos existen/ la lluvia de los alfabetos/ la lluvia que cae incesante/ la gracia de la luz/ interespacios y formas/ de las estrellas de las piedras/ el curso de los ríos/ y los movimientos del espíritu…». La red de analogías y correspondencias («como si el hidrógeno/ en el interior de las estrellas/ se volviese blanco aquí en/ la tierra puede el cerebro/ parecer blanco», por poner un ejemplo) que establece entre unas cosas y otras, entre unas formas y otras, la profundidad de sus imágenes («los pálidos soldados destrozados que se parecen a Narciso»; «desparecido por los caminos del arcoíris») es capaz de mostrarnos un mundo secreto, subterráneo que la mirada cotidiana es incapaz de ver, por esa razón, el lector debe estar muy atento, para captar, desde su mundo personal, las transfiguraciones que se producen ante sus ojos, los signos del cosmos y la aspiración de la palabra a lo indecible, aunque ésta, muchas veces, asuma una actitud equivalente a la denuncia o a la protesta. Por desgracia, el inocente deseo de paz y conciliación que la autora proclama en algunos de sus versos se ve continuamente truncado, entonces «cualquiera se encuentra como rehén/ en alguna parte de la selva de la conciencia», entonces la escritura manifiesta, como ocurre con la poesía de Inger Christensen, una dignidad capaz de amortiguar el desencanto.

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