RIGOBERTO GONZÁLEZ. LOS DISFRACES DE FRIDA

Insultos, flor: columna vertebral flexible como un tallo, la nariz aplastada en la pálida
corola, perfil plano como una postal, ojo de cigarra. Vello púbico, raíces: señora,

usted siempre sabrá cómo agacharse. El autobús revoluciona su renqueante motor
mientras espera entre las capas de su córnea. Quizá presentir

sea un rasgo femenino. Usa estos otros trajes después: gitana, médium, bruja.
Intuición. En las leyendas familiares, su abuela conocía antes de casarse

que su marido la sobreviviría veinticuatro años. Visión enfebrecida
durante la menstruación adolescente. No una alucinación, no un sueño como cuando ella

se sentó en una tumba azul verdosa, mirando a sus hijos lamentarse. Ella sabía que eran los herederos
por las azucenas marchitas en su ropa. Sabía que estaba muerta por el olor

concentrado a formol. Todos los cadáveres se limpian de esa manera. Su consuelo
era que ella nunca amamantaría a ninguna hija. Pero en el fondo cuando resonaban

las patadas del futuro feto, ella sintió que uno de sus hijos tendría el cromosoma
de niña: el talismán del tic-tac, la excitación del vidente al ver los desastres futuros.

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