RIGOBERTO GONZÁLEZ. MIEDO DE LA SOMBRA DE LAS MARIONETAS

Homúnculo de cartón-piedra que sólo los cinco dedos de su madre pueden sujetar cerrando el párpado para ignorar su furiosa mirada de hambre. Todavía [tiene hambre

de materia y busca masa carnal, la esquiva tercera
dimensión que le fue negada en el momento de nacer, hijo de puta

de carne y de condición. No es de extrañar que sea cruel, que esté emparentado
con el remoto origen, imitando vulgares picaduras como las de las avispas

de la flor negra. Pero así como se regocija cuando está erguido, se inclinará ante [sus mentores—
sobre sus manos. El día que asfixiaste al conejillo, su cara de susto

sobresaliéndose del cráneo, tu madre supo que te habías integrado
en la cruel humanidad. La flácida criatura se cayó de la tarima y gritó.

No, no era el conejo muerto que estaba contigo en su ciclo de explosión:
conmoción, confusión, miedo y dolor. ¡Qué consuelo cruel: un niño cambiado [por otro,

con antenas por orejas, con un hocico transparente contraído. La verdad es [evidente: tú
no te sientas en el sofá de nuevo sin su peso fantasmal sobre tu desfigurada [rodilla.
Versión de Carlos Alcorta

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