DIMITRIS ANGELÍS. ANIVERSARIO. TRADUCCIÓN DE VIRGINIA LÓPEZ RECIO. VALPARAÍSO EDICIONES, 2014
No es fácil para un poeta sustraerse al influjo de una tradición con tanto peso como la greco-latina y, por irradiación, la judeo-cristiana, en muchos aspectos, heredera de la anterior. Es casi imposible, y menos aún si el poeta es, como en el caso de Dimitris Angelís, griego y, además, doctor en Filosofía —también dirige la revista cultural Fréar —El Pozo— y ha publicado libros como Sobre la escritura (ensayo,1998), los libros de poesía Filomila (1998), Una muerte más (2000), Aguas míticas (,2003), Último verano (relatos,2002), Estética bizantina (2004), Corrientes ideológicas en la Antigüedad Tardía (2005) o en 2007 En las fuentes de la filosofía bizantina—. Tampoco resulta sencillo eludir la influencia de los grandes poetas griegos del siglo pasado, desde Cavafis a Ritsos, pasando por Elytis o el premio Nobel Giorgos Seferis, ni sencillo, ni, por otra parte provechoso. Por más que haya sido manipulada y exprimida durante siglos desde ópticas diversas e incluso divergentes, la mirada de un poeta actual puede encontrar nuevos ángulos desde los que visualizar este patrimonio cultural inagotable que codifica un sinfín de lecturas sobre la experiencia humana y aportar sus propias especulaciones al acervo colectivo.
Creo que este es el caso de Dimitris Angelís (Atenas, 1973), un poeta que no duda en valerse de esa tradición de la que hablamos para interpretar los acontecimientos de un presente turbulento y caótico, como lo fueron algunos momentos de ese pasado que los poetas han descrito con pasión no exenta de minuciosidad, cuando la experiencia poética era una parte más de la expresión colectiva, en igualdad de condiciones con la historia o la filosofía. Evidentemente, esa experiencia poética ha abandonado su intención de convertirse en historia para abordar el conocimiento del ser como individuo y conocer su lugar en el mundo y su forma de habitarlo y para eso se vale Angelís de la tradición que tan bien conoce, de la fábula, de la religión y del mito (en lo que coincide con numerosos poetas, como los polacos Zagajewski o Tomasz Rózycki, por citar dos que me vienen inmediatamente a la memoria), por eso no duda en recrear las homéricas Islas de Circe o de los Cíclopes, el Aqueronte, río que conduce al reino de los muertos, o el Esperqueo, a Dostoievski, Jesucristo o el Quijote. Como escribe Virginia López Recio, traductora y prologuista de Aniversario, Angelís «ha logrado hallar su propio universo poético: una combinación de su visión política y dudas existenciales con referencias a la mitología griega y a los textos bíblicos».
Aniversario, originalmente publicado en el año 2008, viene acompañado en la edición española que tenemos en las manos por el largo poema «1989», que forma parte del último libro publicado por Dimitris Ángelis, Confirmando la noche (2011). Tenemos así la oportunidad de comprobar, si bien a grandes rasgos, tanto la evolución poética de su autor como las directrices que informan su obra. El libro está dividido en cuatro partes. La primera de ellas, «Regreso», utiliza esa combinación, a la que nos hemos referido más arriba, de mito y experiencia personal de forma rotunda y absorbente, como ocurre en el poema «El tema del reconocimiento y un disfraz», en el que recrea la vuelta a casa de Ulises, pero que es también una especie de monólogo dramático en el que asistimos a una magnífica transposición temporal desde el pasado mítico a un ahora en el que Ítaca se ha convertido en una isla «llena de oscuros bares de copas y desolladeros/en los que las alcantarillas riegan sangre contaminada». El perro de Ulises, Argos, se ha convertido «en ciudad desdentada» y Laertes, el padre de Ulises, «en perro callejero», elaborando así una reinterpretación muy personal de la historia de Grecia hasta nuestros días, o «La oculta pesadilla de Telémaco», quien pasa de sufrir la presencia permanente y los desmanes de los pretendientes en la casa paterna a internarse en tugurios, discotecas o salas de billar. En cualquier caso, en ambos lugares, en ambas circunstancias la esperanza se va debilitando con el paso de tiempo y la desolación se apropia del protagonista poemático. La influencia de Brecht parece evidente en un poema como «Infanticidio», en el que actualiza «La matanza de los inocentes» que ordenó Herodes, descrita en el Evangelio de San Mateo.
En la segunda parte, titulada «El bandido noble», se recrea simbólicamente la trágica vida de Aris Velujiotis, un guerrillero que participó en la guerra civil griega, que optó por el suicidio antes de rendirse al enemigo, y en la que advertimos veladas referencias al buen ladrón —la segunda parte del poema «El viajero solitario de la noche» me parece suficientemente explícita: «El día en que te negaron el regreso a la ciudad/ y te encontraste al anochecer en la orilla de un acantilado,/ animal salvaje, fiera ensombrecida en el monte de los Olivos/ diciendo tus propias oraciones, mirando las montañas,// arañando con pasión las montañas, los impenetrables/ bosques frondosos// tú el ladrón, el herido de amor»—, crucificado con Jesucristo, al que éste, según el Evangelio de Lucas, dice: «En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso». El poema titulado «Encuentro de antiguos guerreros» recrea el asedio de Troya revivido por un grupo de sobrevivientes mucho tiempo después: «Vayamos/ con nostalgia a repetir el recorrido de la batalla». En ese proceso de selección que la memoria realiza, ésta significa al parecer los momentos de dicha, de camaradería en detrimento de las circunstancias luctuosas, acaso esta sea la razón de que se resalte la fraternidad por encima de las privaciones, la violencia o la muerte, aunque el poema no rehúya el dramatismo de la batalla.
En «El caballero y la muerte», la tercera sección, el protagonista es un don Quijote, trasunto del poeta griego Ilías Lyos, amigo del Angelís, que se suicidó en el 2005, al que le transfiere la lucidez de los últimos días del caballero andante, para hacerle reconocer que «me he cansado ya y me vuelto peligroso por la vida que/ no viví», empleando la técnica del correlato objetivo en «Donde el valeroso hidalgo de la Mancha hace una valoración de su vida», en la que la visión deformada de la realidad se acentúa: «Es que se hicieron gigantes los molinos de viento en mi vida.
La última parte del libro, titulada también «Aniversario» es la que presenta mayor diversidad de intenciones. Los poemas que la componen, según nos informa Virginia López Recio en el esclarecedor prólogo que ha escrito para el libro, está dedicada a la memoria de amigos del poeta, para salvar su memoria de las garras del olvido.
Aniversario finaliza, como habíamos adelantado, con un largo poema titulado «1989», inspirado, de nuevo recurrimos a Virginia López Recio, «en el conocido poeta griego Yannis Ritsos (1909-1990) y la conmoción que sufrió al enterarse de la caída del Muro de Berlín», que parece una sentida oración, una letanía de desconcierto, una amalgama de tiempos y lugares que parecen provenir de un pensamiento descontrolado, de un collage de la memoria escrita con un ritmo envolvente, con sus crescendos y descrencendos sorprendentemente trenzados, armonizados con una cadencia vital en la que predomina el remordimiento: «lo sabía pero no hice nada, yo lo sabía» y la desubicación física, la incomprensión de un tiempo que ya no le pertenece. Este estremecedor poema es el mejor colofón que se podía poner a un libro que, desde el primer poema hasta el último, te obliga a tomar conciencia de la fragilidad del ser humano ante los vaivenes de la Historia.

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