DONALD HALL. LA CAMA PINTADA. TRAD. Y PRÓLOGO DE JUAN JOSÉ VÉLEZ OTERO. VALPARAÍSO EDICIONES, 2014
He intentado leer los poemas de La cama pintada con el mayor distanciamiento del que soy capaz, procurando desligarlos de la terrible circunstancia que los motivó, y he de confesar que mi esfuerzo ha resultado baldío, algo que, por otra parte, sabía de antemano, teniendo en cuenta que no soy propenso a obviar en la lectura las relaciones, inevitables y complejas, que se establecen entre el autor y la obra. Me encuentro, por tanto, entre aquellos que defienden que existe una estrecha vinculación (existen grados e incluso excepciones, no lo pongo en duda) entre vida y obra, por más que un conocimiento pormenorizado de las peripecias vitales pueda lastrar, en ocasiones, la amplitud semántica de dicha obra y siendo consciente de que la excesiva proximidad entre autor y texto perjudica, cuando la experiencia no se ha digerido del todo, a este último. El caso de Donald Hall —nacido en Handem en 1928 y ganador, entre otros premios, del National Book Critics Circle Award, del Lenore Marshall Poetry Prize, del Caldecott Medal, que ha obtenido además la medalla de plata de la Poetry Society of America’s Robert Frost y, en el año 2006, fue nombrado por la Biblioteca del Congreso Poet Laureate Consultant in Poetry— puede resultar paradigmático, porque, hasta donde yo conozco, sólo se han publicado traducciones al español de sus libros más explícitamente confesionales y dramáticos, los que tienen relación con la prematura y trágica muerte de su esposa (aquejada de leucemia), la también poeta Jane Kenyon (existe una antología de su obra publicada por la editorial Pre-textos, De otra manera, a cargo de Hilario Barrero), fallecida cuando aún no había cumplido los 48 años, en 1995, lo que induce a pensar que existe cierto grado de morbosidad en circunscribir una obra tan extensa como la de Hall (recordemos que nació en 1928 y que es autor de numerosos libros, no sólo de poesía) a unos parámetros tan limitados como éstos. Esta visión reduccionista de alguna manera nos priva de la posibilidad de conocer la plenitud de tonos de su obra y nos muestra sólo al personaje que resulta de un acontecimiento concreto, creado a tal efecto por el propio poema, con sus dudas, con su sufrimiento, con su pasión ahora recluida en la cárcel de la memoria, sus turbulentas emociones y su furia desatada; un personaje al que le es imposible desembarazarse de la experiencia cotidiana que nos narra, porque entre él y la historia no hay espacios vacíos, la vida y la necesidad de contarla son una misma cosa. Donald Hall escribe sobre la ausencia de la personada amada y sobre el dolor que esa ausencia irrefutable le produce mezclando los avatares cotidianos con el desgarro interior que ocasiona la ausencia, no como un ejercicio de contrición, sino cifrando su esperanza en el propio dolor, buceando en ese inmensa herida para llegar a la superficie, a la salvación personal.
La traducción y el prólogo de La cama pintada corre a cargo de Juan José Vélez Otero (en el año 2002 Balbina Prior tradujo una selección del libro para la colección cordobesa Aristas de cobre), quien se ocupó también de traducir Without (Ed. Vitrubio), poemario con el que Donald Hall inicia un largo lamento, que va desde la enfermedad al luto, por la muerte de su esposa, lamento no sólo cargado de melancolía, sino de furia, de crudeza y de insurrección. Podemos, pues, considerar al libro que hoy nos ocupa, como la segunda parte de una aflicción que, estamos seguros, convivirá con el autor hasta sus últimos días. De todos es sabido que sólo con la nobleza de los sentimientos no se construye un buen poema, a pesar de que, con suma frecuencia, la honestidad y la franqueza sean interpretados como signos de calidad de un poema. La calidad debe ampararse en criterios estrictamente lingüísticos, no morales y, afortunadamente, la poesía de Hall —una poesía directa, conversacional, narrativa, que expone la intimidad de forma descarnada— está plagada de recursos que trascienden su aparente sencillez. Creo que hay un evidente paralelismo entre estos dos libros de Donald Hall (en Without no pocos poemas tienen un carácter epistolar) y Cartas de cumpleaños, de Ted Hughes, aunque las diferencias sean evidentes. Hughes escribió su libro a lo largo de 25 años, un periodo muchísimo más amplio que el empleado por Hall (Without se publicó sólo dos años después del triste suceso) y, acaso el hecho más relevante, la muerte de Sylvia Plath, su esposa, fue un acto voluntario, un suicidio. Sin embargo, en ambos autores prima el deseo de comprender el significado de la muerte; ambos tratan de asirse a los recuerdos, recreándolos pormenorizadamente, para retener a la persona amada; ambos mantienen a través de los poemas una inacabable conversación con esa persona que, aunque muerta, permanece tan viva en su memoria. Donald Hall escribió para la edición de Without un texto introductorio titulado Sin Jane Kenyon, en el que nos da cuenta de cómo se gestó el libro: «Durante varios años no hice más que escribir poemas sobre la muerte de Jane y sobre mi dolor. Me sentía dichoso dos horas al día escribiendo poemas sobre la miseria. Después, durante otras veintidós horas oscuras, no hacía otra cosa que lamentarme y llorar y visitar su tumba, hasta el día siguiente que podía escribir de nuevo. Era como si estuviese haciendo algo por la muerte de Jane. Without me mantuvo vivo». Tal vez ese deseo de mantenerse vivo a pesar de la desgracia es lo que alimentó durante tan dilatado espacio temporal la escritura de Ted Hughes, tal vez.
La cama pintada está dividido en cuatro secciones, la primera de ellas, «Matar el día», escrita en tercera persona, es un largo poema que describe la indefensión en la que ha quedado la persona que sobreviviente, el hombre que se siente abandonado y perdido, ese hombre que «Cuando se levantaba de la cama pintada, pasaba, por ciclos,/ del odio fervoroso a la alegría y al vacío/ por el simple hecho de respirar». Dejar que el tiempo pase lo más rápido posible, romper los vínculos con el pasado, vivir en soledad para no compartir con nadie el dolor, dejarse arrastrar por la desidia —«El día ignoraba que era sólo/ una tregua en el camino hacia la pérdida total.»— son las argucias con las que cuenta el poeta para sobrellevar la pérdida, porque «Cuando ella murió, también lo hizo él».
«La labor de la muerte», la segunda sección, está dividida a su vez en tres partes, está compuesta por poemas breves. Comienzan los versos en el momento preciso de la muerte de su esposa y, a través de recuerdos que no siguen exactamente el curso lineal del tiempo describe los altibajos emocionales que sufre y los meandros de la memoria que suavizan, afortunadamente, la desolación. El recuerdo permanece muy vivo, pero el poeta asume ya que debe enfocar su vida superando la pérdida y, para ello, la rememoración jugará un papel muy importante, aunque, a veces, «Distraído entre el trabajo y las mujeres/ soporto del día y duermo la noche/ para ver cómo se reconstruye su muerte/ cuando la fría mañana desciende como el crepúsculo./¿Cómo puedo permitir/ que este sueño se olvide/ de que su espectro ha desaparecido de mi vista, / y dejar que se vaya?».
«Lirios de un día», la tercera sección, está integrada únicamente por un extensísimo poema de versos cercanos, en muchas ocasiones, al versículo de carácter simbólico y con visibles componentes irracionales necesarios, sin duda, para retrotraerse a un pasado fundacional. La consolidación de la casa familiar, Eagle Pond, tareas agrícolas, pequeñas anécdotas de sus antepasados, descripciones de la naturaleza, minuciosos relatos de la vida diaria, tanto del pasado cercano como del remoto sirven al poeta para encauzar de nuevo su existencia, para acomodarse al nuevo tiempo que le queda por vivir, un tiempo, una época ajena al sentimentalismo, en la que «Promociones Nashua construye/ sesenta casas en Dibbins Hill./ Ahora, por la mañana y por la noche, Gus y yo,// pasamos por delante de restos de troncos de olmos/ cortados a ras de tierra, nivelados/ por los trabajadores de la carretera.» El mundo gira sujeto a una lógica terrible e implacable, construir lo nuevo implica destruir lo viejo. Así sucede también en la vida del hombre. De establecer una justa proporción dependerá que ese mundo, exterior e interior, sea habitable.
La cuarta y última sección, «Ardor» es, como explica Vélez Otero, «un conjunto de poemas donde renace una nueva dimensión erótica y sexual del “viudo” que acompaña a su restablecimiento y supone la vuelta a la vida de un “amante viejo”. En un poema de este libro doliente pero esperanzado, Donald Hall se pregunta si será capaz de escribir alguna vez «versos que no tengan nada/ que ver con la pena y el llanto». No conozco su obra posterior, pero, después de leer la sección última, creo que, no sin dificultades, esa pena se irá amortiguando y en los poemas que escriba los recuerdos no serán mortificantes, por el contrario, concederán esa redención personal que se amuralla en la distancia. En cualquier caso, es de agradecer que una poesía tan intensa, tan mordaz, tan apasionada y llena de viva —a pesar de poetizar la muerte— esté ahora, gracias a Valparaíso Ediciones y a Juan José Vélez Otero, a nuestro alcance.

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