OTROS FUGITIVOS Y OTROS EXTRAÑOS

RIGOBERTO GONZÁLEZ

Las luces de neón rojas del club nocturno resplandecen con ansiedad
mientras espero en el carril de cambio de sentido. Los faros blancos de los [coches
se desdibujan al pasar como estelas.
Confío en que ningún conductor cambie de dirección. Confío en que cualquier [extraño
no me atropelle y me permita
atravesar la sombra de su humeante ruta.
La confianza es todo lo que tengo para los clientes habituales del bar:
un hombre me ofrece una raya, un hombre pide un kamikaze,
otro lo bebe. Incluso otro rodea con su brazo
mi cintura. Confío en que no me haga daño
tanto como él espera que su cuerpo se mantenga sano y salvo.
Un hombre me pregunta por la pista de baile, otro me pide
una segunda copa y otro me pregunta por su casa.
Yo bailo, bebo, aguanto.
Puedo confiar en un hombre sin ropa.
Desnudo no oculta arma alguna, ninguna amenaza
salvo la sangre en su erección. Su desconocida cama,
sólo temporalmente. Desleales almohadas
absorben el peso de cualquier hombre, delatan
el olor de los que estuvieron antes.
Confío en la lengua de un extraño para que me cuente
algo sin valor. No hacen promesas
de verdad o de mentira, no adquieren compromisos.
Las manos del extraño se toman su tiempo explorando.
Resueltas, no vuelven a clavar las garras o fingen
habilidad artística para dibujar las proporciones de mi carne.
Son sólo manos de hombre con dedos
hábiles para los descubrimientos, sin nostalgia
por lo que dejan atrás. Confío en que este extraño
no permanezca dentro de mí una vez que ha entrado.
Confío en él para que me libere de la culpa
del gozo. El dolor cuando salgo no es mayor
que la soledad que me conduce al bar.
Él da las buenas noches, yo le devuelvo
esas palabras, no queriendo nada suyo.
La puerta de la calle se cierra detrás de mí, el sendero
de grava me lleva lejos. El espejo retrovisor
pierde de vista el umbral, la casa, la acera, la calle.
Conduciendo hacia el club nocturno adelanto a un coche
impaciente en el carril de cambio de sentido. Mis manos están frías
y rechinan las ruedas en el giro, golpeo
su defensa con la furia de mis faros.
Pero dejé a ese extraño vivo
para luchar durante el calor y el sudor
de los falsos afectos, anónimo y
endeudado como el vaso del que lavo mis huellas
para servir la bebida de otro cliente.

Versión de Carlos Alcorta

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