ANTONIO CABRERA. MONTAÑA AL SUDOESTE. (ANTOLOGÍA POÉTICA). EDICIÓN DE JOSEP M. RODRÍGUEZ. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2014*

Que un poeta “tome la alternativa” poética pasados los cuarenta años no es, en la actualidad, muy frecuente porque hoy se penaliza la lentitud y se elogia la precocidad por sí misma, pero más inusual aún es hacerlo en una de las grandes plazas (por continuar con el símil taurino), el Premio Loewe, y salir por la puerta grande, no sólo por obtener dicho galardón —libros menores se han premiado en algunas otras convocatorias—, sino porque En la estación perpetua (2000) concitó toda clase de merecidos elogios y parabienes, tanto de crítica como de lectores y colegas, y dio a conocer a un poeta, Antonio Cabrera (1958) que hasta entonces sólo había publicado unas meritorias plaquettes en ediciones de escasa difusión. Una vez pasada la sorpresa inicial, algo que no deja de ser más que una anécdota, los lectores de Cabrera pudimos comprobar que nos encontrábamos ante un poeta ya maduro, con una dicción personal que había destilado como nadie la influencia de algunos nombres de la tradición occidental como Keats, Leopardi o Coleridge incorporados a la tradición española: Unamuno, cierto Juan Ramón, Brines o César Simon. Algo que en su momento llamó mucho la atención fue la manera en la que Antonio Cabrera conseguía aunar en los versos poesía y pensamiento. Sin recurrir a expresiones abstractas ni a un lenguaje oscuro y verbalista propio de teorías ininteligibles, sin necesidad de usurpar a través del versículo la misión cuasi sacerdotal que el romanticismo asignaba al poeta, sólo gracias a la intensidad y la clarividencia de la palabra común emplazada en el lugar exacto, a un patrón rítmico muy cuidado y a una profunda y humilde reflexión sobre el mundo que le rodea, el poeta conseguía trasmitirnos una emoción muy pocas veces experimentada, emoción que crecía, que crece, con cada nueva lectura, algo que podrán comprobar leyendo Montaña al sudoeste, la reciente antología de su obra que ha preparado otro inmenso poeta, Josep M. Rodríguez, quien, en su preciso prólogo califica estos poemas como «Poesía de la emoción, la mirada y la inteligencia…Realidad y conciencia interrogándose mutuamente. Como un espejo junto a otro».
La condensación semántica de cualquier poema de Antonio Cabrera obliga a leerlo con atención extrema, si no queremos perdernos parte de su magia, disimulada en esa aparente facilidad con que se van hilvanando los versos, con la que los conflictos del yo se van desgranando. No hay aquí dependencia de pormenores irracionales, de fantasías oníricas o de desvaríos de la conciencia. La realidad —eso sí, trascendida por la luminosidad de una naturaleza que actúa como escenario de reconciliación, capaz de proporcionar armonía entre el ser y el mundo (no hablo, claro es, de ningún tipo de unión mística), una armonía que parece estar suspendida en el tiempo— es, como quería Stevens, la base del poema. Esa atención extrema de la que hablaba más arriba es la que, sin ninguna duda, pone también Antonio Cabrera a la hora de escribir. Atención, respeto por las palabras y autoexigencia máxima son los ingredientes con los que adereza sus poemas. Con el aire se publica en 2004 y Piedras al agua data de 2010. Durante estos diez años Antonio ha publicado además un libro de haikus, Tierra en el cielo y un conjunto de artículos publicados en la prensa a lo largo de tres años y recopilados en El minuto y el año, ambos excluidos de esta muestra. Montaña al sudoeste recoge una selección de sus tres libros de poemas, a los cuales añade cinco poemas inéditos del que será su próximo libro, libro que, a tenor de esta restringida muestra, gravita sobre intenciones análogas a los precedentes: el engarce entre el yo que contempla y la naturaleza contemplada, entre la imagen y el pensamiento que ésta suscita, entre discursividad reflexiva e intensidad instintiva, de lo que pueden servir como ejemplos estos versos del poema «Corteza de abedul»: «Traje a casa corteza de abedul/ para tener al lado, junto a todo lo mío,/ una cosa que fuera lo contrario/ a mí/ antídoto de mí, piel convocada/ de algo que me enfrentó y toqué…». Con morosidad y delicadeza la palabra penetra en el alma de las cosas, se apropia de ellas, que ceden a la voluntad del poeta casi sin resistencia, por eso esta antología resulta imprescindible para quienes en su momento, por las causas que fuere, no se acercaron a la poesía de Antonio Cabrera. Descubrirán aquí a uno nuestros grandes poetas contemporáneos.

*Reseña publicada en el número 112 de la revista CLARÍN

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