ANNE CARSON. DECREACIÓN. TRADUCCIÓN DE JEANNETTE L. CLARIOND. VASO ROTO POESÍA, 2014
Al coger este libro entre las manos y leer su título, nos asaltan de inmediato dos preguntas: ¿Qué significa decreación? y ¿qué es Decreación? Aunque pueda parecer una perogrullada, las cursivas en las que está escrita una de las palabras, cambian por completo el significado de la misma. Decreación es un neologismo que, al parecer, puso en circulación por primera vez la escritora francesa Simone Weil, uno de los personajes, de los muchos que lo habitan, fundamentales para comprender este libro. Aunque en sus escritos no ofrece una definición del término stricto sensu, Anne Carson se apoya en estas palabras de Weil: «Deshacer la criatura dentro de nosotros» para tratar de ofrecer su propia definición de la resbaladiza expresión: «El proceso de decreación es para ella [Simone Weil] un despojamiento de sí misma desde un centro donde no puede estar porque, al estar ahí, bloquea a Dios. Ella habla de una necesidad de “separarme de mi propia alma”».
Decreación, sin embargo, es uno de los libros esenciales en la obra de Anne Carson. Fue publicado en 2005 y encierra dentro de sí géneros diversos, puesto que forman su corpus poético un libreto de ópera, oratorios, guiones, poemas y ensayos sobre lo sublime o sobre una determinada obra de arte, por esta razón, enfrentarse a la lectura de este libro requiere un estado de ánimo especial, una predisposición que contribuya a absorber un concepto de poesía como absoluto, de obra total, dentro de sus fragmentación, que da lugar en su conjunto, a un libro de poemas. Esta especie de tabula rasa, de vaciado mental para ir llenándolo a continuación con los textos de Anne Carson, es lo que supongo que ha tenido que poner en práctica su traductora, Jeannette L. Clariond, mientras trabajaba en esta obra de tan diferentes registros y de complicada traslación a otro idioma, algo que Jeannette L. Clariond ha conseguido de forma magistral, gracias a su propia, y asombrosa, erudición. Pero «Decreación» es, además, el título de uno de los ensayos que integran el libro, subtitulado «De cómo dicen Dios mujeres como Safo, Marguerite Porete y Simone Weil» y el título de la ópera en tres actos que ocupa la parte final del libro. Quizá el lector pudiera pensar que estamos ante un obra que imita la estructura de las muñecas rusas, en las que cada una de las figuras encierra dentro de sí otra más pequeña, o algún que otro juego de apariencias y sombras, pero en cuanto se dé cuenta de qué, a pesar de lo dicho hasta ahora, sólo he hablado de una parte de lo que el libro ofrece en sus páginas, desechará esta idea y, probablemente, asumirá que es un libro de carácter enciclopédico, de innumerables significados, más que en un determinado artilugio lúdico, imaginativo sí, pero intrascendente para la reflexión que nos ocupa.
«Nació Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo». Esta somera explicación es la que ofrece la solapa del libro sobre Anne Carson, pero, detrás de estas modestas palabras, de su afán de pasar inadvertida se esconde un currículum espectacular. Nació, tal y como señala, en Toronto en 1950 y es profesora de clásicas en la Universidad de Michigan (el interés por estas lenguas y por la cultura clásica —por la historia, el arte, la antropología o la literatura— se despertó muy pronto, en la escuela primaria y ha ido consolidándose con el paso del tiempo), pero es además la autora de una considerable obra poética y ensayística. Su primer libro, Eros the Bittersweet —ensayo sobre Safo que presentó como tesis doctoral—, se editó en 1986, pero ha continuado publicando regularmente ensayos intercalados con poesía (sin saber muy bien dónde empieza el uno y acaba la otra), como Plainwater: Essays and Poetry (1995), Glass, Irony and God (1995), Economy of the Unlost (1999), Men in the Off Hours (2000) o The Beauty of the husband (2000, Premio T.S. Eliot de poesía) Ha publicado también una novela en verso, Autobiography of Red (1998) y numerosas traducciones de autores griegos como la ya citada Safo o Eurípides. Esta ingente obra ha sido merecedora de numerosos premios —al margen del T.S. Eliot, ya mencionado—, como el Premio Lannan de Poesía (1996) o el Pushcart (1997). Su obra no goza de mucho predicamento en nuestra lengua, acaso por su intrínseca dificultad de comprensión, tal y como atestigua el que sólo tres de sus libros se hayan traducidos al español, La belleza del marido: un ensayo narrativo en 29 tangos, en traducción de Ana Bacciu (Lumen, 2003), Premio T.S. Eliot; Hombres en sus horas libres, traducido por Jordi Doce (Pre-textos, 2007), Premio Griffin y Autobiografía de rojo, en traducción de Tedi López Mills (Calamus, 2009).
Según Harold Bloom, quien la incluyó en su mítico estudio La escuela de Wallace Stevens. Un perfil de la poesía estadounidense contemporánea (existe una edición en español, publicada por Vaso Roto en 2011 y traducido, al igual que el libro que comentamos, por Jeannette L. Clariond), «Carson es una sabia escritora de genio, una creadora que ha sumergido sus manos en su propia historia», para más adelante afirmar que «es un volcán activo que ha fascinado al crítico longiniano que he sido por estos largos años».
Si algo nos queda claro a la hora de hablar sobre Decreación (ya había ocurrido con casi todos sus libros anteriores, por ejemplo, en el mencionado La belleza del marido), es que esta obra no está sujeta a modelos tradicionales de entender el poema, no se acomoda a patrones inmutables, como ocurría en el pasado, ahora la naturaleza del poema está en permanente transformación (lo mismo que la propia poesía y quien la crea) y adquiere las formas que esa transformación precisa, ignorando cualquier traba que ponga límite al deseo de conocimiento, por esa razón, Decreación es un libro tan misceláneo como inclasificable cuyo precedente más lejano podemos situar en Dante, que integró en su Divina Comedia gran parte del saber de la época. La propia Jeannette L. Clariond, en la nota previa a la edición, escribe que «es una cadena de sueños en donde “los durmientes” se comunican mientras duermen, es un elogio sublime al dormir, estado en el que se oyen los ecos del genio que la autora re-construye: realidad original y originante, elegida y singular: una realidad etimológica».
Innumerables son las referencias que sustentan el armazón argumental de cada una de las secciones del libro. Si en «Paradas», la primera sección y, posiblemente una de las más líricas, la sombra de Becket parece omnipresente en la cadena de sueños que lo componen, en el ensayo titulado «Toda salida es una entrada. (Elogio al sueño)» la figura de Virginia Woolf, la Odisea homérica o el Critón platónico sirven de contrapunto a las reflexiones que Carson elabora sobre el sueño: «Mi intención en este ensayo es excavar como un topo en las diferentes formas de leer el sueño». El estudio de lo sublime en Longino y Antoniani conforma el ensayo titulado «Espuma. (Ensayo con rapsodia)» acon el que continúa el libro. Aunque considera que Sobre lo sublime, el famoso ensayo de Plotino, «Contiene argumentos confusos, poca organización y carece de conclusiones parafraseables», estas máculas no impiden a Carson deslizar conclusiones sobre la obra cinematográfica de Antonioni y establecer comparaciones con las obras de Homero. Surge aquí un nuevo concepto, el de la espuma, la rabia de la impotencia, que implica al propio autor cuando narra hechos injustos o violentos, la contradicción entre la ficción creada y las propias ideas del autor puestas al servicio de la trama. «La espuma es el signo de un artista que ha hundido las manos en su propia historia; también la del crítico que se enfurece y estalla en cólera en los pliegues de su profunda teoría». «Sublimes», sección también plagada de referencias, desde la actriz Monica Vitti a Kant, Tolstó o Jean Seberg; «Gnosticismos», el oratorio para cinco voces titulado «Muchas armas» o «Totalidad» son otras de las secciones que componen este libro que desborda los supuestos más inmovilistas sobre qué deber ser la poesía. La sólida formación clásica de Anne Carson no puede separarse de su concepto poético, en el que persiste la defensa, en términos hegelianos, de la belleza como razón de ser de lo sublime. Las diversas referencias, relacionadas con la historia, con el mito, con la filosofía, con la estética, con el arte o lo sagrado son, en muchos casos, veladas e imposibles de verificar, pero eso no debe importarnos, porque lo realmente importante es que a través de la cultura, Carson trata de encontrar sentido al mundo en el que vive, un mundo fragmentado, incompleto, violento y desengañado. Cada época hace su propia relectura de la tradición y cada poeta lee de una forma diferente a los clásicos y establece su propia jerarquía, el poeta, pues, quebranta la tradición para reafirmar sus presupuestos estéticos. Anne Carson sabe actualizarlos como nadie, y su escritura nos deja un testimonio crucial sobre la importancia de frecuentarlos para entender muchos de los problemas, tanto de orden filosófico como estéticos o morales que nos aquejan. Un filósofo de tan vasta cultura literaria como George Santayana, poeta él mismo, recordaba, hablando de la tradición, que «Los clásicos extranjeros tienen que volverse a traducir e interpretar para cada nueva generación, con el fin de devolverles su antigua naturalidad y mantener viva y apta para su asimilación su humanidad perenne». Esa reinterpretación confiere a la escritura de Anne Carson una personalidad intransferible, aunque nos recuerde, en algunas ocasiones historias, mitos o fábulas que conocimos gracias a las lecturas de la adolescencia. Leyendo Decreación —un largo poema continuado, enlazando sus diferentes partes, un poema en el que se inserta el pasado, el presente y el futuro, el tiempo de la poesía sin tiempo— comprobamos cómo la combinación de literatura y conocimiento consigue hipnotizarnos, pero también, cómo la autora se libera del peso de la tragedia a través de la experiencia del dolor y de la muerte (provengan éstos de remotos testimonios o de las eventualidades más inmediatas, de la ficción o de la realidad) y cómo intenta desmenuzar los mecanismos que conducen a esa liberación. Forzosamente, una reseña tiene unos límites estrictos y unos objetivos divulgativos que conviene respetar, por más que uno sea consciente de que esas limitaciones sólo permiten aproximarse a un libro como éste de forma tangencial, sin palpar el núcleo sobre el que gravita la escritura y aquí radica el reto, en incitar a la lectura de Decreación para que el lector reconstruya su propia memoria, porque, tal vez, un poema comienza cuando no sabemos con certeza lo que significa. Con todo, lo que Steiner llama «las dificultades contingentes», es decir, las que se refieren a pormenores de tipo cultural, son las menos difíciles de desentrañar. Más complicadas de resolver son, sin duda, las de carácter ontológico o constructivo, en las que la religión, la ciencia, la moral, la historia o la estética se fusionan convirtiéndose en poesía. Éste es el verdadero desafío al que se enfrenta el lector, porque, como escribe Henri Meschonnic, «No hay más que una poesía. La poesía que transforma la poesía. El resto es imitación». Copio aquí un poema titulado «Gnosticismo III» que puede dar algunas pequeñas claves sobre la poética de Anne Carson: «El primer verso debe dejar correr tu mente como lo hace Homero,/ como lo hace Frank O’Hara, por qué/ a este ritmo/ las Musas/ entran golpeando las puertas…por ahí una (desfallece) al subir los escalones/ de tu extraña CORRIDA DE TOROS,/ casi acercándose cremosa/ al cielo azul/ ¡Vuestro remordimiento, sed como Pollock!/ Sólo aferrarse a la vida es la razón».

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