TOMÁS P. MORIN

EL ALMA DE LA FIESTA
dejando Terezin

Mis hermanos me esperan con cigarros en la boca,
departiendo sobre el precio de la col, las virtudes del sueño
y mis hermanas que acaban de llegar, cuelgan sus chales
en el vestíbulo y después se sientan y caldean sus rostros
en blancas tazas de té. Los pitidos del tren
y el niño que duerme a mi lado se despierta
el tiempo suficiente para tocar la pierna de su padre, para señalar
por la ventana a los grandes grupos de hombres
intercambiando sus suertes, desbrozando el camino
al centro silencioso de un mercado imaginario
en Beijing, donde comprarán la mejor y más hermosa
seda que pueden conseguir y entonces sus mejillas se colorean
hasta que parecen abuelas en vacaciones
en el Cercano Oriente.
Más allá de los hombres, en los humeantes
restos de suciedad puedo ver a los niños perdidos de esta tierra
ocultándose detrás de la lánguida llovizna para echar un vistazo
al hormigón y a su gente. Imagino
cuánto tiempo vagabundearon sus ojos antes de regresar
y escoger una tiza para papel, un carboncillo.
¿Cómo ves el mundo después de eso,
podría enseñarte la noche algo sobre
el consuelo, podría asombrarte todavía la cara roja de tu madre
sacando su cabeza de arcilla de la boca de un horno,
su pelo cocido con los olores del pan nuevo?
Una niña deja caer su tiza, se inclina y recoge
una larga lengua de humo con la nariz
y después comienza a compadecerse de todo, desde las negras
gargantas de las chimeneas a los exhaustos trenes
resoplando a través del campo con los huesos carbonizados
de los padres y las madres.
Reflexiono y articulo las palabras
de una pregunta que no puedo hacer, no puedo
expresar la contaminación del aire: Poca cosa , ¿habrías
mirado durante más tiempo o movido la tiza más lentamente
si hubieras sabido que un día estarías enamorado otra vez
y de nuevo por las palabras de un libro o que yo me deslizaría
bajo tu cielo en la mañana de mi cumpleaños,
sujetado firmemente al asiento de mi coche, tus dibujos
en mi regazo y en el suelo entre mis pies
los últimos pasteles —una manzana, una cereza— mi madre
comenzando ahora a desgarrar sus caras metálicas?

Versión de Carlos Alcorta

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