JOSE LUIS GARCÍA MARTÍN. LECTURAS BUENAS Y MALAS. COL. LOS CUATRO VIENTOS. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2014.
Se reúnen en Lecturas buenas y malas comentarios publicados semanalmente en La Nueva España y en el blog de crítica que mantiene el autor, titulado Crisis de papel (Café Arcadia, su otro blog incluye habitualmente entradas diarísticas). Hay quien manifiesta reparos ante libros como éste, integrados por artículos, reseñas e, incluso, pequeños ensayos que ya han visto la luz pública, sin embargo, teniendo en cuenta la insuficiente difusión de un periódico regional y las particularidades que conlleva frecuentar un blog de manera regular, creo que es del todo oportuno reunirlos en un libro, un procedimiento más consistente para evitar la dispersión o el olvido, recurso, por otra parte, utilizado en otras ocasiones por José Luis García Martín (Aldeanueva del Camino, 1950) en libros como La poesía figurativa, El punto de mira o Gabinete de lectura.
El libro comienza con una especie de prólogo, «Criticar por criticar», en el que se agrupan algo más de 40 aforismos que revelan, a quien todavía no haya tenido la oportunidad de leer a García Martín (¿hay algún lector interesado por la poesía actual que no lo haya hecho?), las dosis de ironía con la que adereza sus textos, ya sean éstos de crítica literaria, fragmentos de diario o, incluso, poemas. Y el primer sujeto de chanza es el propio autor, a quien gusta jugar al despiste, a la paradoja, con fichas blancas, pero también con negras, indistintamente, porque lo importante es el reto, el enfrentarse a sí mismo. No olvidemos que una de las primeras aventuras editoriales en las que se embarco García Martín —después se ha embarcado en otras muchas, incluso ha realizado travesías en cruceros de vacaciones y, si no estoy mal informado, en buques escuela, aunque la singladura de mayor calado es la que le lleva muy cerca de su casa, a la redacción de la revista Clarín—fue la revista Jugar con fuego, en la que, entre otras cosas, se inventó textos que adjudicaba a otros autores, haciendo caer a más de un especialista en la trampa, víctima de la iconoclastia de su editor (y de los propios errores de juicio del erudito, claro). Basten unos pocos ejemplos de dichos aforismos para confirmar lo que digo: «Nadie verdaderamente inteligente se dedica a la crítica», «Un fracasado sigue escribiendo reseñas después de cumplir cuarenta años», «Los buenos críticos nos ahorran la lectura de los malos libros; y a veces, incluso de los buenos», «Destrozar de vez en cuando un libro mantiene en forma al crítico». Como se puede comprobar, García Martín disfruta de la lectura y de la escritura, pero de lo que verdaderamente disfruta es de la polémica, de la contradicción, del desacuerdo, de la libertad de opinar. Sus reseñas críticas nunca son ora benévolas, ora implacables de forma gratuita y, como lectores, podremos estar de acuerdo o en desacuerdo con las opiniones que vierte, pero estamos seguros de que nunca son fruto de del desconocimiento del asunto tratado, aunque, a veces, alguna arbitrariedad, alguna obsesión — ¿quién no las tiene?— personal perjudique su juicio. José Luis García Martín posee una erudición envidiable, aunque esta sabiduría nunca está puesta al servicio de la vanidad, por más que en algunos pasajes hurgue en ciertas heridas nunca cerradas o se recree en poner en ridículo a tal o cual autor corrigiendo datos o recriminando olvidos más o menos intencionados. La curiosidad insaciable que posee lleva al autor no sólo a interesarse por libros cuyo asunto central tenga que ver con lo literario, se siente atraído por disciplinas ajenas, en principio, al ámbito estrictamente literario, como la economía, la historia —en muchos casos con minúscula, porque, como el mismo matiza, «Sin las pequeñas historias de quienes no fueron protagonistas de nada, salvo de su propia vida, no se entiende la gran historia. O mejor, no se entiende la historia. Ni el tiempo presente.»—o el feminismo y las sectas, y es que, parafraseando una de las ideas recurrentes de García Martín, un poeta no puede alimentarse sólo de libros de poesía, necesita múltiples lecturas de distintos géneros y estar al tanto de lo ocurre en la sociedad en la que vive. Resaltábamos más arriba la independencia de criterio y la naturalidad con la que este crítico (además de poeta, diarista, editor y profesor) es capaz de desnudar una obra, mostrando sus debilidades, pero no se piense que su labor se reduce a significar los defectos. Nada más lejos de la realidad, porque de la mayoría de las obras sobre las que escribe —digo la mayoría, porque existen libros de los cuales resulta imposible escribir algo en su defensa, por más que la mente que los analiza sea muy condescendiente—, después de señalar los inconvenientes, ensalza sus virtudes, y son éstas las que predominan y marcan el tono general de la reseña. Sirvan como ejemplo las frases finales de la reseña que dedica a Knut Hamsum, a la visión que del Nobel noruego muestra Ingar Sletten Kolloen: «Cerramos el libro y admiramos un poco menos al gran escritor, que no siempre fue grande, pero sabemos un poco más de nosotros mismos».
Lecturas buenas y malas está divido en secciones y en cada una de ellas se ocupa de un tipo determinado de libro, manteniendo una unidad propia respecto de las restantes. Deja para la sección final —lo que, sin duda, posee alguna clave sobre la que sólo podríamos especular, lo cual se escapa al objetivo de este comentario—, «Algo de poesía», los libros estrictamente poéticos. Como antes exponíamos, los intereses del autor son extremadamente variados, y van desde los comentarios a obras que mezclan sociología e historia con literatura hasta la forma de editar a nuestros clásicos o a los diarios, género éste que tanto han proliferado en la literatura española en los últimos años —él mismo es un diarista contumaz— y que tan cerca está del autorretrato, por más que el «autor no siempre se parezca a su personaje», pero tampoco se excluye otro género que esconde artimañas y juegos con el yo, como la entrevista. En todos ellos percibimos un empeño común, el entusiasmo por la literatura y el propósito, didáctico, de poner a disposición del lector sus puntos de vista, su forma de ver, no sólo la literatura, sino la vida, porque, al fin y al cabo, muchas de las razonamientos que emplea para definir a otros autores le vienen como un guante de seda al propio García Martín, por ejemplo cuando habla de la biografía de Pío Baroja escrita por Mainer, de la que dice que «está escrita con la pasión que da el conocimiento» o cuando escribe sobre el grado de intensidad con la que Juan Ramón Jiménez vivía las polémicas literarias de su tiempo. Ambas cosas, la pasión por el conocimiento y la inclinación a la polémica, las encontramos a argaya en este libro, libro lleno de buenas lecturas, de lectura terapéuticas, por más que algunas contengan una pequeña dosis de veneno.

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