EDUARDO GARCÍA. DUERMEVELA. XXXV PREMIO DE POESÍA CIUDAD DE MELILLA. COLECCIÓN VISOR, 2014.
Con Duermevela, Eduardo García (1965) rompió un silencio editorial —en el ámbito estrictamente poético, pues, como veremos, sí ha publicado en otros géneros—, de seis largos años, algo que sus lectores más fieles estábamos esperando estoicamente. Es cierto que en el lapso entre La vida nueva (2008) y este nuevo libro, ha reunido su poesía en libros como Las acrobacias del deseo (2009), Casa en árbol (San José de Costa Rica, 2011) y Antologia pessoal (Brasilia, 2011) y que, recientemente, ha visto la luz Las islas sumergidas, una colección de aforismos — «Nacen como textos más largos que luego van recortándose y llegar a la almendra, a ese puñado brevísimo de palabras que lo digan todo, es lo que se hace realmente complicado. Está en el precipicio entre la poesía y el pensamiento», dice Eduardo García— que, en muchas ocasiones, no distan mucho del poema epigramático, pero es en Duermevela, libro galardonado con el Premio de Poesía Ciudad de Melilla, en el que la palabra y la imagen, describen situaciones límite de la conciencia, en donde encontramos al poeta de cuerpo entero, ése que consigue sorprendernos como pocos con su aquilatada combinación de irracionalismo y cotidianeidad (Schelling, en la Filosofía del arte moderno, afirma que «la mezcla de los opuestos, sobre todo de lo trágico y lo cómico, se encuentra como principio en la base del drama moderno») —una fusión que el poeta viene poniendo en práctica, si no desde sus primeros libros, Las cartas marcadas (1995) y No se trata de un juego (1998), sí a partir de entonces, en toda su obra posterior—, ése que sabe mirar sin anteojeras porque las cosas «tartamudean un mensaje que habrá que descifrar con ojos nuevos».
Duermevela está dividido en cuatro secciones, aunque el libro lo encabece un poema titulado «La palabra», una especie de reflexión de carácter metapoético —recordemos que Eduardo García es también autor de dos ensayos sobre el acto poético, Escribir un poema y Una poética del límite— que aclara al lector el carácter arbitrario de la experiencia poética, de la escritura de un poema, así como su ininteligibilidad, su resistencia a dejarse definir por conceptos preconcebidos: «con la palabra no hay trampa ni cartón, ni es prodigio al alcance del simple ilusionista,/ todo sucede en el cuadrilátero de la página, pero no hay arbitro, ni campana que dé fin al combate,/ el contrincante se aloja en nuestros huesos».
«Encuentros» es el título de la primera sección, y en ella los objetos más comunes, legumbres, calderos, fotografías, manos, la materia toda que «vuelve en sí, se acompasa, poco a poco/ se repliega en su instinto cotidiano» los que protagonizan los poemas , aunque ejerzan una labor subsidiaria de la figura principal, que no es otra que el deseo, más o menos enmascarado dentro de experiencias que rompen el ámbito cotidiano acostumbrado, lo que provoca una dislocación conceptual extraordinariamente sugerente, como revelan estos versos: «Hay cuchillas que habitan los pliegues de la ropa,/ caballos que reposan en la piedra,/ tiburones con fauces de niebla y ojos fríos», del poema «Canción de la espera».
«Rituales» comienza con un magnífico poema, «Albada», de precisa adjetivación y con un ritmo expansivo y descendente que nos conduce hasta un final de carácter no sólo moral, sino voluptuoso, amalgama que nos recuerda al Baudelaire de Las flores del mal. Podríamos aventurarnos a decir que si sus palabras están movidas por lo instintivo, la forma está gobernada por la brida de un jinete experto, lo que evita el patetismo o su contrario, el excesivo júbilo emocional. Que a Eduardo García no le basta con describir la apariencia de las cosas, desde los objetos a los sentimientos, lo sabíamos desde que leímos su primer libro, pero, si cabe, en estos poemas queda aún más patente. Da la sensación de que se ahonda en sí mismo para bucear en la inmensidad de lo descrito, con la intención de abarcar desde todos los puntos de vista posibles, desde todos los ángulos y, especialmente, de esos que llamamos muertos, las más insospechadas particularidades, como pretende en el poema «Ritual del reloj», donde trata de «Hacer saltar la esfera del reloj/ para ver sus adentros».
Si hasta ahora una muy estudiada narratividad fortalecía el desarrollo del poema, la tercera sección, titulada «Duermevela», como el libro completo, está compuesta por poemas más breves, carentes de retórica, que poseen un discurso más entrecortado, con frases que parecen obrar de forma independiente al verso en el que están inscritas. Parecen ser fruto de un relámpago, o de una gratificación de la conciencia antes de caer en el sueño. La vinculación con el aforismo (incluso con el haiku) queda patente en versos como estos: «Cuando la muerte asoma/ palidecen de miedo las palabras» o «No hay nada que mirar. La luz/ se ha vuelto boca abajo», por limitarme a dos ejemplos. Todo lo contrario ocurre en la última sección del libro, la titulada «Pasadizos», construida con poemas de largo aliento en los que abundan los versículos, formados por cadenas de heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos por lo que el ritmo es envolvente y, leído en voz alta, posee la seducción de la salmodia. Son estos poemas sin duda los que poseen una mayor veta visionaria, veta que nos recuerda a autores, sin embargo tan distintos, como Luis Rosales o el César Vallejo de Los heraldos negros. Del «Me estoy muriendo un poco cada día» del primer poema, el titulado «Otra vuelta de tuerca», de esa desesperanza damos un salto, no en el vacío, sino protegidos por la red de los poemas que desarrollan esta extraordinaria transición, al poema final del libro, «Rescatar la alegría», un ilusionado, e ilusionante, canto de agradecimiento vital que concluye con esta ringlera de versos a medias hímnicos, a medias didácticos: «decretar en la piel y en los sentidos una fiesta perpetua hasta abrir las cancelas del ensueño, celebrar el encuentro de las aguas, sembrar el calendario de ocasiones,/ como salpica el sol de su ebria luz las cosas/ hasta inundarlo todo, hasta entregarse». Esta expansión afectiva le recuerda a uno, en ciertos momentos, al Whitman más celebrativo, al Whitman que canta un destino del que se sabe actor principal, y no estoy sugiriendo, ni por asomo, que el egotismo característico del poeta norteamericano haya dejado alguna huella en Eduardo García, se trata más de un estado de clarividencia que posee raíces comunes, alguna de las cuales se encuentran en el espacio exterior, en la naturaleza , en esa sucesión de creación y caos y, en otras, en ese yo al que aquella sirve de contrapunto. El propio Eduardo García asume que entiende la escritura, no sólo la poesía, «como una exploración de la identidad», y es que a través de ella, establecemos las transformaciones que vamos sufriendo. Decía Gastón Baquero que « La edad nos cambia la cara…pero esto le lleva su tiempo a la vida. Los cambios repentinos, de un mes para otro, cambios sin tregua ni toma de tiempo, ¿no hablan de lucha interior, de descontento consigo mismo, de insatisfacción?». Sin duda alguna, de eso, de esos cambios que el poeta experimenta en su devenir, en su conocimiento del lugar en el que vive, nos hablan estos inquietantes y magníficos poemas, porque, y de nuevo me sirvo de palabras del propio poeta para poner punto final a este comentario, «Al fin y al cabo, así transcurre la vida, en sucesión, sin una sólida trama que justifique la totalidad de su transcurso. Más si cabe en tiempos de aguas agitadas, de cenagosos territorios sin señales, de sed sin esperanza, de inquietud».

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