RODRIGO OLAY. LA VÍSPERA. COLECCIÓN TIERRA. LA ISLA DE SILTOLA. 2014
Con Cerrar los ojos para verte (2011), el primer libro del autor, galardonado con el Premio Asturias Joven de Poesía del año 2010, Rodrigo Olay (Noreña, 1989) demostró que, a pesar de su juventud, era muy consciente del terreno que pisaba y de poseer un sentido de responsabilidad poética muy asentado. Cualquier lector podía percibir que los poemas de este libro no formaban parte de ese desgarramiento emocional, de ese yo que sufre las tensiones propias de algo que se está construyendo, que aún no posee la forma definitiva, algo, por otra parte, característico de la educación sentimental de todo ser humano, aunque anidara en ellos un sentimiento de pérdida y una mirada elegíaca sobre el porvenir un tanto prematuros. ¿En dónde residía entonces esa responsabilidad de la que hablaba más arriba? Creo no equivocarme al decir que la podemos percibir en el modo respetuoso de enfrentarse a la escritura del poema, tan alejado de esas efusiones sentimentales que cifran la posible bondad del poema en las buenas intenciones con la que está escrito. Creo que conviene dejar muy clara esta distinción para apreciar en todo su valor la conciencia que posee Olay sobre lo trascendental del acto poético. En el poema titulado «Autorretrato», reflexiona el autor sobre un asunto que subyace en el fondo de lo que digo, el concepto de la palabra como asidero, como soporte, como pértiga para salvar los escollos de la existencia, al menos en un lugar menos cruento que el campo de batalla cotidiano, la nieve de la página.
En La víspera, su segundo libro —escrito en los años comprendidos entre 2011 y 2014—, encontramos a un Rodrigo Olay aún con mayor capacidad de exigencia, lo que se manifiesta ya desde la forma circular de concebir el libro, encabezado con un poema titulado «La víspera», que finaliza con estos versos casi admonitorios: «Y peor todavía:/ lo que quisiste ser.// Ahora, compara» y concluye con otro poema con el mismo título, «La víspera» que, sin embargo, no habla de expectativas frustradas, sino de la inminencia de un desenlace trágico, por más que sea inevitable. En medio de estos dos poemas, más de cuarenta composiciones de muy distinta factura, de procedimientos diversos, hasta tal punto que conviven en armonía el largo poema en prosa con el epigrama o el haiku. ¿De dónde nace esta armonía entre unas maneras de concebir el poema casi opuestas? Creo que de un empeño común de indagación, de búsqueda no sólo de la identidad, sino de la forma de recomponerla. La voluntad de estilo representa, formalmente, las tensiones de la incertidumbre, de la avidez por encontrar el camino personal. De ahí el bagaje de lecturas y, por ende, de influencias que se pueden rastrear en los poemas, por más que muchas permanezcan en un segundo plano y sean, por tanto, casi imperceptibles que contribuirán, por acumulación, pero fundamentalmente por selección y por destilación a construir la voz propia. No obstante, la aspiración a que el poema sea mucho más que un vademécum de emociones queda explícita desde el inicio del libro, en el poema «Poética»: «Se trata de poder reconocer/ cómo cada poema que en ti ocurra/ merece o no merece ser escrito./ La regla es infalible, pero cruel.// Un poema es poema/ si puede acompañar —si recordase—/ a quien sabe que ya es breve su tiempo.» Ahora que estamos en plena temporada ciclista, acaso podamos establecer una analogía entre esa ambición de innovación y originalidad del poeta con la que va fraguando un ciclista inexperto emboscado en el pelotón, recibiendo codazos, empujones, choques en el manillar con sus rivales, ayuda pero también estímulo, apoyo en los momentos difíciles, y aprendiendo de todo ello, hasta posicionarse dentro del pelotón en un lugar preeminente que le permitirá, llegado el momento intentar ser el protagonista de su propia iniciativa. Como digo, las influencias son muy variadas y van desde Garcilaso y el Cantar de Mio Cid —tan maravillosamente recitado por Antoni Rossell hace unos días en la Universidad Menéndez Pelayo, lugar donde nos conocimos Rodrigo y quien escribe— a Ángel González, Rubén Darío, Amalia Bautista o Jaime Siles, por citar sólo algunos nombres. De todos estos poetas, de todas estas poéticas tan heterogéneas el autor filtra los posos que sirven de sedimento a su escritura, una escritura en proceso de asentamiento, pero que ya nos deja algunos espléndidos ejemplos de buena poesía, como los poemas «José», conmovedor y sugerente, sin excesos sentimentales que rocen el patetismo, «La hija de un hombre maldito», los haikus de «Escrito en el agua», el metapoético «Elogio de la locura» o «Acción de gracias», del que entresaco estos magníficos y confesionales versos «Muchas veces escribo con lo peor de mí,/ con los no, con los nunca,/ con los miedos pasados,/ con lo que no sabría confesar en voz alta,/ con los miedos de ahora.// Muchas veces escribo con lo peor de mí./ Y olvido lo mejor injustamente.// Y hoy lo traigo contigo hasta esta página». Hay mucha buena poesía en estos poemas, en este libro, pero estoy seguro de que lo mejor del Rodrigo Olay está por llegar. Habrá que estar atento a sus próximas entregas para no perderse la evolución de este joven poeta que es ya mucho más que una promesa.

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