ADOLFO CUETO. DIVERSO. ES. XL PREMIO CIUDAD DE BURGOS. COLECCIÓN VISOR DE POESÍA, 2104.
No es Adolfo Cueto (1969) un autor de obra muy extensa. Empezó a publicar a una edad un tanto tardía para lo que nos tiene acostumbrados la precipitación inherente a la juventud, pasados los treinta años y, además, después de ese primer libro, Diario mundo (2000), renovó sus votos de silencio, roto por fin con 7 poemas (2007), durante varios años. Fue a partir de la segunda década del siglo cuando Adolfo Cueto regresa ya de forma estable, y se hace un merecido hueco, al tan dinámico como heterogéneo panorama poético español. En 2010 publica Palabras subterráneas y sólo un año después, y en la misma colección que publica Diverso.es, Dragados y construcciones, libro galardonado con el Premio Emilio Alarcos en 2011. El libro que hoy comentamos está estrechamente vinculado a éste último —el propio autor fecha los poemas que lo componen entre 2009 y 2011, por lo que suponemos que la escritura de ambos libros, en algún momento, ha debido ser simultánea— tanto por el armazón temático que sustenta muchos de los poemas —la ciudad, la periferia, los desechos industriales son comunes en ambos— como por la propia corporalidad del poema, un ritmo muy cuidado en el que no son infrecuentes los encabalgamientos o el uso de versos imparisílabos distintos y conjugados con envidiable fortuna hasta el punto de construir, en algunos casos, por su extensión, poderosos versículos.
Diverso.es está estructurado de una forma peculiar. Comienza con una sección titulada «Arranque», compuesta por dos poemas en los que ya están presentes algunas de las claves o de los ejes sobre los que giran los versos siguientes: la fugacidad de la vida y la palabra, esa palabra «surgiendo, la palabra/ nombrándonos, entre el ser y la nada, el ruido/ y el silencio, la inexistencia y el vacío». Después de este arranque, nos encontramos con la primera sección, propiamente dicha, «Túneles atravesados», que encuentra en Baudelaire una segura sombra tutelar —a lo largo del libro descubriremos otras influencias, como las de Lorca, Guillén o Juan Ramón. La palabra, y con ella el silencio, vuelve a ser, sino la columna vertebral de los poemas, sí el objeto de una indagación permanente, como podemos constatar en estos versos del poema «Túneles por dentro»: «la noche ausculta/ sólo sordas palabras, ya/ resecas,/ vacías, extensiones quemadas/ donde habita ahora el frío» o en esa velada sinestesia que advertimos cuando leemos «la palabra odio crecía entre nosotros/ con sus oscuras/ inundaciones»; en el poema «Tsunami», un título éste que sirve al autor para establecer analogías entre la naturaleza y el paisaje interior del hombre, las mil formas que tiene de rebelarse contra a las agresiones que sufre por parte del ser humano y los filtros —sensaciones, deseos, emociones, recuerdos— que el individuo construye para sobrevivir. Otros títulos de esta sección abundan en la misma analogía: «Poética sísmica», « Autopista sin más», «Fábrica abandonada», del que entresaco estos versos que, a mi modo de ver, confirman la idea más arriba esbozada: «…Añoranzas,/ recuerdos, sordos y mudos que hablan y esa afonía/ del tiempo…». La exploración sobre el misterio que encierran las palabras no se ha descuidado, así en el poema «El apagón», Adolfo Cueto define a la ceguera con unos versos que son en sí mismos un aforismo, la ceguera es «una sola palabra/ que no admite plural». Vuelve a identificarse el significado de la palabra con lo que designa, como ya vimos en poemas precedentes, y es acaso esta coyuntura la que facilita el uso, ciertamente muy limitado, de lo irracional al poner en contacto planos de la realidad de distinta categoría.
«A cielo abierto» es el título de la segunda sección, compuesta por una especie de poema prólogo, «Previsión atmosférica» y dos subdivisiones, «Mar de cemento», título además de un largo poema de amor y agradecimiento, de enaltecimiento no exento de crítica, dedicado a Madrid, la ciudad en la que vive el poeta: «Mapa de la memoria/ evanescente, recuperada, la ciudad que inventamos,/ al recorrerla, nosotros: recorres sus calles/ de excremento y de oro, merodeadores/ sin freno, en un taxi escindido». La ciudad, la idea de ciudad y las imágenes que la describen se relacionan en la mente del poeta con pasión pero también con crueldad, por más que «estas calles» sean testigos silenciosos de su existencia. Pero no sólo la ciudad ha formado la educación sentimental del poeta. En el poema «Al norte» rinde un sentido homenaje a el pueblo de su infancia, Noreña, hasta el punto de personificar el lugar para entablar con él una conversación: «Tú/ tienes algo —digo, algo mío/ de ti: lo que fui,/ lo que soy y ahora entrego/ rendido ya». Pero no todo es hímnico en este libro. Hay también lugares desolados, fábricas abandonadas, páramos helados, suburbios inhabitables que desubican al poeta, lo dejan a merced de la intemperie de un mundo que se advierte hostil y desalmado.
La segunda subdivisión se titula «Encuentros en la 3ª fase». Sobre dos asuntos parecen girar todos los poemas que lo integran, uno de ellos —relacionado íntimamente con los poemas precedentes— es el de la analogía entre catástrofe ambiental, sea natural o inducida por la mano del hombre, y tragedia cotidiana y el otro, de nuevo cuño, puesto que no había aparecido hasta ahora con tan flagrante intensidad, es el amor, no un amor abstracto, sino un amor con nombre y apellidos, aunque no se mencionen. El poema «Es diverso» resulta sumamente aclaratorio en este aspecto: «Porque el mundo es diverso como inmenso este abrazo/ que nos tiene sumidos uno en otro, este fuego/ que aún no ha ardido del todo,/ que aún no ha dicho su fondo,/ que aún persigue su centro». En esta copiosa verbalización de emociones el amor adquiere un poder salvífico que equilibra la balanza entre ese mundo, en principio, bien hecho, que vamos deteriorando impunemente y la percepción de que aún es posible la esperanza, de que el amor es un eficaz antídoto contra la violencia y la sinrazón: «El amor es el manto que nos cubre de pronto».
El libro acaba con la sección titulada «Llegada», compuesta por un solo poema, «Convergencias», donde se concilian al fin todas las oposiciones que hemos ido enumerando. La cruda realidad cotidiana, la realidad de los maremotos y los muertos, la realidad de los paisajes industriales desnaturalizados no se difumina porque la conciencia crítica del poeta no lo permite, pero se hace menos insoportable por el influjo benéfico del amor, algo que resulta, en un poeta del siglo XXI, reconfortante y consolador, aunque, lamentablemente, no sé si efectivo. En cualquier caso, esta es la opción de Adolfo Cueto y el lector no está obligado a comulgar con ella. A lo que sí está obligado es a disfrutar con los poemas de este libro porque encontrará en ellos un sinfín de emociones propias de almas gemelas. Al fin y al cabo, como decía Unamuno, el hombre verdadero es el hombre de cada

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