NUNO JUDICE. EL ORDEN DE LAS COSAS (POEMAS ESCOGIDOS 2000-2013). EDICIÓN BILINGÜE DE JUAN CARLOS RECHE. COLECCIÓN LA CRUZ DEL SUR. EDITORIAL PRE-TEXTOS, 2014
El orden de las cosas, la antología preparada por Juan Carlos Reche que toma el título de un verso de Nuno Júdice, selecciona, con un criterio cronológico, poemas de los libros publicados en lo que llevamos de siglo, es decir, desde el año 2000 —fecha en la que publicó en la editorial lisboeta Dom Quixote su Poesía reunida (1967-2000)— hasta el año 2013, lo que no debe conducirnos a pensar que es un periodo excesivamente breve, porque Júdice es uno de los autores más prolíficos del panorama poético no sólo portugués, sino de la tradición occidental (internarse en otras tradiciones sería excesivamente ambicioso para los límites de este comentario). De hecho, en este tiempo ha dado a la imprenta otros diez libros, por lo que la labor del antólogo se nos antoja extremadamente complicada, teniendo en cuenta el alto voltaje que posee siempre la poesía de nuestro autor y los diferentes ángulos desde los que observa el mismo acontecimiento, ya sea este de orden moral, poético o histórico. Estas variadas maneras de percibir algo en apariencia semejante proporcionan una especie de panóptico al lector, que disfruta así de una vista de 360º grados sobre aquello que concita su interés. El primer poema del libro, el titulado «Filosofía» abunda en esta idea: «Construyo el pensamiento a pedazos: cada/ idea que pongo sobre la mesa es una parte de/ lo que pienso; y al ver cada fragmento/ volverse un todo, vuelvo a quebrarlo, para evitar/ conclusiones.»
Si hay un denominador común en la extensa obra de Júdice es su constante preocupación por la presunta ductilidad de las palabras, por la extraña vinculación que une un artificio con abstracciones como el amor, el deseo, la rabia o la alegría. «Me gustan las palabras exactas, las que aciertan/ el centro de las cosas, y cuando las hallo/ es como si las cosas salieron de su interior» escribe en el poema «El lugar de las cosas». La palabra que busca Júdice debe poseer la misma consistencia o la misma versatilidad, similar delicadeza que la del objeto que designa. El objeto y el artificio que lo nombra deben ser uno, indisolubles, como las dos caras de una misma moneda. Otro de los rasgos que definen su poesía es la particular forma de ahondar en las emociones, a las que se aproxima no mediante hiperbólicas metáforas, sino gracias al sereno fluir del pensamiento, al que se le permite deslizarse con la morosidad con que lo hace la lengua de un río en la desembocadura, zigzagueante pero progresiva, insistente. A veces, leyendo alguno de sus poemas nos da la impresión de que estamos escuchando la voz del poeta junto a un tazón de café humeante, sin perder un momento la atención, porque nos está contando su experiencia de la vida, como si fuéramos un amigo privilegiado al que confiesa sus incertidumbres. De entre estas emociones —descritas pormenorizadamente, con determinantes espaciales y temporales que las concretan—, sin lugar a dudas, la que concita su interés de forma predominante es la del enamoramiento. El cuerpo es visto por Júdice como un trasunto del poema, lo que le vincula directamente con la poesía metafísica inglesa, porque el cuerpo, al igual que el poema, es el escenario en el que tienen lugar fracturas de la existencia, las indagaciones en la realidad. Es en la piel, en la página donde echa raíces la memoria, donde escritura y vida se funden: «Use el poema para elaborar una estrategia/ de supervivencia en el mapa de la vida», escribe en el poema «Guía de conceptos básicos». Y es que tenemos la sensación de que para Nuno Júdice la poesía, además de permitirle indagar en la parte menos visible de la existencia —«Hay otro/ orden en las cosas que no veo,/ cuando las imagino y/ empiezo a sobreponerlas unas u otras, sin saber qué cosas/ son»— ejerce una función salvadora, confiere una especie de equilibrio entre las agresiones del paso del tiempo y la forma de cicatrizarlas.
La antología ofrece al final de los poemas la procedencia de los mismos, lo que posee una innegable utilidad porque nos permite observar las diferencias —con ser estas, a tenor de los poemas antologados, mínimas— entre uno y otro libro. Sí que es posible percibir en la selección de los más recientes un carácter histórico más concluyente en muchos de los poemas, como en «Y la costumbre dijo nada»,«De profundis», «En pos de Unamuno» o «Lo que Duarte Nunes de Leão dijo de Don Pedro», aunque la relación histórica sirva sólo como referente para revelar las contradicciones del mundo actual. No hay en ellos, como en otros muchos poetas de su generación, atisbo alguno de correlato objetivo. El poeta describe y reflexiona y los personajes históricos son sólo eso, personajes, no protagonistas de un monólogo dramático que enmascara el propio pensamiento del autor. Con ser abundantes los poemas que abordan el pasado de una forma u otra, siguen predominando los de materia metapoética, asunto que vertebra, como hemos dicho, toda la poesía de Nuno Júdice, y para conocer de primera mano a dónde le conducen las reflexiones sobre la escritura del poema y su relación con la realidad, nada mejor que leer estos versos del poema titulado «Una relación con lo real no lo implica», versos que compendian el pensamiento de unos de los poetas mayores de nuestra vieja Europa: «Mi concepción del realismo en poesía/ no me obliga a hablar de la realidad cuando/ escribo el poema, ni a tener las manos sucias/ del barro y del cieno de los que la vida está hecha. Pero/ cuando salgo de casa, y las calles se me presentan/ con la evidencia de sus habitantes,/ o cuando leo los titulares de los periódicos en/ el quiosco de la esquina, esa realidad es otra».

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