JOSEP LLUÍS AGUILÓ. MONSTRUOS Y OTROS. POESÍA REUNIDA. TRADUCCIÓN DE FRANCISCO DÍAZ DE CASTRO. COLECCIÓN VISOR DE POESÍA.
La impermeabilidad que existe entre las distintas lenguas de nuestro país es fruto de la desidia, pero también del resentimiento y, por qué no decirlo, de intereses tan inconfesables como mezquinos. En cualquier caso, es esta una situación que produce en quien esto escribe consternación, cuando no rabia y hasta vergüenza, por más que uno poco pueda hacer por remediarlo, salvo dejar constancia de esta anomalía. Pocos son los poetas catalanes —el caso gallego es similar, y el vasco resulta todavía más sangrante— que consiguen traspasar esta frontera de muros muy sólidos, aunque invisibles. Estoy pensando en Joan Margarit y Pere Rovira, pero no son muchos más los afortunados. Poetas como Pere Pena, Txema Martínez Inglés, Manuel Forcano o Sebastiá Alzamora, por poner sólo unos ejemplos, poetas excelentes que pasan desapercibidos para el público lector en castellano.
Afortunadamente, un libro como Monstruos y otros (Poesía reunida), de Josep Lluís Aguiló ha conseguido atravesar por un flanco, quizá debilitado, la bien guarnecida muralla de la incomprensión lingüística, gracias, sin duda, a la impagable labor del traductor, Francisco Díaz de Castro, un estupendo poeta él mismo (Aguiló lo racalca en la nota final que acompaña a los poemas). Y es que debo confesar que sin esta edición de Visor no habría tenido noticia de la existencia de este magnífico poeta, lo cual va en detrimento, como es lógico, de mi propio bagaje poético, pero también de la propia Poesía (con mayúsculas), porque sin su publicación, un número importante de lectores de poesía se verían privados de leer una poesía de tan profundo calado existencial como ésta. Ya no es que la traducción al castellano facilite la lectura de Aguiló —algo, por otra parte, indudable», sino que, además, nos pone sobre la pista de un poeta imprescindible al que es casi imposible acceder, debido a la inaccesibilidad de sus libros fuera de su ámbito lingüístico. Aunque uno sea capaz de leer catalán, le es imposible materialmente acceder a la mayoría de los libros que se publican en dicha lengua, por no hablar del gallego y del euskera, teniendo en cuenta los problemas de distribución que impiden que se difundan a otras regiones de nuestra geografía.
Dejando aparte esta digresión de carácter socio-ideológica, lo primero que nos llama la atención es que esta poesía completa —el autor ha excluido su primer libro, por considerarlo excesivamente juvenil— está ordenada con un criterio distinto al del orden cronológico con el que se publicaron los respectivos libros que la componen. «Esto —comenta Aguiló— obedece solamente a mi convencimiento de que esta composición favorece su lectura». Nosotros, que desconocemos su obra en lengua original, agradecemos dicha aclaración pedagógica y nos disponemos a adentrarnos en ese inquietante mundo donde gobiernan monstruos y espíritus, ángeles y demonios, a tientas, pero con el convencimiento del fervoroso.
Monstruos (2005), libro con el que comienza esta recopilación, fue galardonado con el Premio de la Crítica en 2006, está divido en tres partes, cada una de las cuales busca referencias en una época determinada de la historia. La primera nos retrotrae al tiempo de los mitos. El Minotauro, la Sibila, Polifemo o la Medusa son los personajes que utiliza el poeta para expresar sus propias inquietudes existenciales. Estos monólogos dramáticos son como un espejo en el que Aguiló se contempla a sí mismo, se describe a través de las particularidades de los otros. Seres marginales, defectuosos aunque inmortales, seres mezcla de animal y hombre, revividos, inventados por la imaginación del hombre que trata de comprender lo anormal, lo insólito, lo extraño y que justifica con ellos la irracionalidad, lo incomprensible de ciertos acontecimientos, como el Frankenstein de Mary Shelley, ese ser que se pregunta «¿Cuál es mi papel en el orden de las cosas?/ Soy un ángel sin alas. No hay lugar para mí en la creación». Se habla del miedo como método para conservar el poder, aunque estos monstruos posean, como Aquiles, un punto débil que los convierte en vulnerables, y de esa vulnerabilidad nace la escritura, del deseo de justificar su fortaleza, su permanencia a través de los siglos, su inmortalidad, precisamente por ser vulnerables, humanos podríamos incluso llegar a afirmar. Los comentarios con los que son descritos en el poema nos seducen por su agudeza, por no quedarse en la mera descripción, por internarse en la propia conciencia del personaje y por diseccionar sus incertidumbres. Desde luego, no ocurre lo que el poeta escribe en el poema «Golem», para mí uno de los mejores de este primer libro junto con «El monstruo de la épica» y «El monstruo del orgullo»: «Hay muchas historias que no valen/ ni el papel que las conserva/ ni la negra tinta que las narra». Todas las historias que leemos en estos poemas poseen la intensidad y el misterio suficientes para ser leídas repetidas veces. En la tercera sección del libro, el monstruo sale «del lugar más profundo del hombre», sí, porque en su aparente bondad, el hombre está habitado por monstruos como la envidia, el rencor o el orgullo. «El hombre contiene—algo que sabíamos desde el principio de los tiempos— todos los monstruos perdidos», escribe Agulló en el poema «Despedida a modo de epílogo»
Los poemas de los libros reunidos a continuación, La biblioteca de secreta (2004), La estación de las sombras (2004) y Lunario no muestran una estructura tan compacta como Monstruos, no poseen un tema común que los unifique, pero mantienen, en su diversidad, un tono común y una forma de concebir el poema similar. La voluntad narrativa del autor obedece, sin duda, a la necesidad de no dejar cabos sueltos. El poema ofrece las referencias suficientes como para que el lector inicie su propia indagación, porque a pesar de ese aluvión de detalles que contiene cada uno de ellos, estos ejercen una función, no diré que decorativa, pero sí de atrezzo, es decir, ornamental a la hora de elaborar la trama, pero sustancial para llegar al desenlace, y es aquí, en el desenlace, donde la intervención del lector se hace imprescindible, porque será él, desde su propia ambición, desde su propia implicación en los hechos y en sus consecuencias quien ponga el punto final que más le convenga, coincida o no con el que el poeta sugiere. Muchos de los poemas de estos libros, y me permito generalizar de esta forma porque hay, con las diferencias atribuibles a la maduración existencial y estética que obliga el paso del tiempo, una voz construida con idénticos mimbres: nitidez expositiva a la vez que trascendente, narratividad, historicismo, un culturalismo no exhibicionista —no está de más recordar que George Santayana, nuestro desconocido filósofo bostoniano, decía a propósito del esteticismo, que «supone un refinamiento de la sensualidad, el don de encontrar un gozo inmediato en lo obvio»— que permite al poeta analizar su identidad desde múltiples aristas. Todo ello confiere al autor una personalidad originalísima, al menos en el ámbito de la poesía en castellano. Estos poemas tienen algo de profecía, de vaticinio, predicen un tiempo apocalíptico, son desencantados, como si ningún esfuerzo vital mereciera la pena porque está condenado al fracaso, pero son a la vez esperanzados, tal vez porque no dibujan, en la espesura de las formas, un destino inamovible, sino probable. No escasean tampoco los monólogos dramáticos, como el titulado «El ermitaño Llull en Randa», poema en el que, para dotar de mayor verosimilitud la reflexión, utiliza unas frases del propio Llull.«Soy viejo, pobre, menospreciado,/ por ningún hombre ayudado». De igual forma no escasea la ironía en muchos de los poemas, como en «Adán, Eva» o «Los puentes del diablo», por poner dos ejemplos del mismo libro. No tratan estas líneas de hacer un análisis pormenorizado de los más de cien poemas que componen esta poesía reunida, pero sí quiero destacar algunos, como el maravilloso «Palacio de la memoria», de indudables ecos borgianos, en el que tienen cabida brújulas y fuentes, arpones y trilobites, libros y puñales, todo tipo de objetos, en fin, que configuran el desarrollo de una historia fantástica, pero tan real, para los lectores, como la historia que construye sin saberlo día a día. Menudean también en los distintos libros los poemas de amor, aunque donde resultan más frecuentes es en La estación de las sombras. «El amor que duerme», «Acariciarte» o «Cabellos» son una excelente muestra y, como poeta contemporáneo que es Josep Lluís Aguiló, no podía dejar de preguntarse por la palabra —signo, enigma— con la que intenta construir un mundo, anclado sí, en lo real, pero aderezado con innumerables ingredientes procedentes de la fantasía, una fantasía, por otra parte, que no necesita de andamios irracionalistas para seducirnos. Sin ser numerosos, esa preocupación metalingüística se deja traslucir en poemas como «Endometriosis», del que transcribo unos versos: «Ningún poema es la verdad./ Lo has visto entre las nieblas/ que provoca el sufrimiento/ y ninguna palabra es la cura,/ las palabras son las palabras,/ cada corte, cada pinchazo/ es totalmente real,/ es la verdad desnuda,/ es lo único que importa/ el resto es artificio/ y la calma desnuda/ que sucede al dolor/ es el único bálsamo», en el titulado «Palabras», en el que nos habla de esos versos que acuden a nuestra mente antes de dormirnos, en la duermevela, versos que la pereza y una confianza extrema en la memoria nos incitan a no apuntar, pero que se diluyen al levantarte: «Todo lo que había estado claro se desvanecía», un tema que se repite en el poema de Lunario «He perdido algunos versos», aunque no siempre la pérdida es intrínsecamente perversa, en ocasiones, al leer alguno de esos versos compuestos casi en sueños, nos atormentan como una mordedura. Este libro, con múltiples lecturas, tal y como nos anuncian las definiciones que concede el diccionario a dicho sustantivo, finaliza con un poema titulado «Poesía», que finaliza con estos versos «porque sabes ahora que la poesía/ sólo es ese poso que se queda/ una vez se ha olvidado este poema». La confianza de Aguiló en que el poema reverbere en el interior del lector y afecte, aunque sea mínimamente, a su vida es digna de elogio, porque en todos habita ese deseo de compartir la experiencia del lugar, el sentido del ser y si el poema ayuda a abordar las incertidumbres del mundo, habrá cumplido con creces el propósito con el que fue escrito. Convertir las imperfecciones y carencias de la vida en plenitud, ese es uno de los privilegios de la buena poesía, y este libro que comentamos, está saturado de ella.

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