SINÉAD MORRISSEY

BALTIMORE

Entre otros ruidos, oigo a mis hijos llorando
—a los niños mayores jugando en la calle
después de la hora de dormir, sus bulliciosas voces
en la luz debilitada; o al bebé
de la puerta colindante, malhumorado y sin sueño,
a través de paredes demasiado finas; o en el constante
y singular tono de Baltimore Westside
en The Wire, sus sirenas y frecuentes disparos,
sus policías atribulados arengando a los niños
desde seis años para confinar
a los camellos en las esquinas, su insolencia
y su colérico discurso; o en el espacio en blanco
entre estaciones de radio cuando no se oye
ninguna voz y el chisporroteo estático
puede engullir por completo los gritos
de socorro de un niño; incluso en el silencio mismo,
sus bucles y pliegues que amortiguan
un grito fantasma, uno que yo he inventado, pero que se oye,
subiendo las escaleras, deteniéndose
en el vestíbulo, se escucha, se escucha con fuerza,
igual que – como mucho– la respiración acompasada
pero la mayoría de las veces no se oye nada, el aire
espeso del rellano con algo suspendido,
motas de polvo, el voladizo de las mantas, un barco
en el Lago a través de la ventana, un sueño infantil.

Versión de Carlos Alcorta

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