JULIO CÉSAR GALÁN. INCLINACIÓN AL ENVÉS. COLECCIÓN EL PÁJARO SOLITARIO. EDITORIAL PRE-TEXTOS Y EDITORA REGIONAL DE EXTREMADURA, 2014

La esmeradísima colección «El pájaro solitario» acoge en su seno libros que mantienen una estrecha relación con las aves y los pájaros (con alguna notoria excepción que no hace sino confirmar la regla) y, en justa correspondencia con la levedad del vuelo. Los libros son pequeñas joyas en octavo menor, livianas, casi etéreas  que se ofrecen al lector intonsas, algo frecuente en épocas pasadas, pero algo ya extraordinario, embelesados como estamos por la asepsia y la rapidez de las ediciones digitales, en la actualidad.

Julio César Galán, un poeta que ya había publicado en la misma editorial su libro Márgenes, nos sorprende ahora con Inclinación al envés, y puedo asegurar que no hay en la palabra sorpresa retórica alguna. Acaso para los afortunados lectores que conozcan los libros Gajo de Sol (2009) y ¿Baile de cerezas o polen germinado? (2010), lo que para mí es una sorpresa no lo sea tanto, pero para quienes no hemos tenido esa suerte, Inclinación al envés supone una especie de latigazo en la mente acomodada a formulaciones poéticas menos arriesgadas (lo que no supone, claro está, juicio de valor alguno. La experimentación no es una propiedad en sí misma, contra lo que parecen pensar algunos jóvenes, y no tan jóvenes, poetas) y de intenciones más apegadas a la tradición.

No es éste un libro de fácil lectura, porque posee varios niveles de comprensión que dependen de sí el lector frecuenta o no el aparato de notas que acompaña a los poemas, algo, por otra parte, más habitual en un ensayo erudito que en un libro de poemas. Y es que Inclinación al envés posee ambición de totalidad. Es un poemario, sí, y con no ser esto poco, también es mucho más, un tratado de ornitología avanzada, un ensayo sobre técnicas de vuelo, un vademécum  sobre las relaciones entre el hombre y el pájaro, porque «existe un fondo/ de pájaro en nosotros». Y es que, como escribe Juan Andrés García Román en el prólogo, Julio César Galán  «fue ya en su tiempo un poeta raro. Jugaba a hacerse el escurridizo, a fingir identidades y autorías», esas autorías, hemos de suponer, bajo las que escribió alguno de los libros antes mencionados y que tratan de dar sentido a la fragmentación de un yo que no se reconoce en una sola imagen, por múltiple que esta se, sino que encuentra en la propia disgregación el yo más verdadero.

Dividido en tres partes, «Primera ronda. Vuelos en códigos compartido», «Segunda ronda. Voladores de luces» y «Tercera ronda. Ella, los pájaros». En todas ellas, se alternan poemas en verso con poemas en prosa, la emoción lírica más profunda: «Es la emoción de un ritmo, de una música/ que entusiasma/ y reverbera en piel y en tuétano», con una descripción casi objetiva del cogido escrito: «Con cuidado y siguiendo los matices del sol el mirlo se da la vuelta (no era imposible) y sin notarlo su soledad abisma mis ojos (se rasgaron): caer no supone angustia: desde fuera recoge cada rayo para estallar las yemas * y me imagina vuelo, vuelo, vuelo.», todo ello salpicado de notas que remiten a otros poemas, a poemas desechados, a textos ajenos que matizan o corrigen el suyo, a explicaciones de carácter erudito. Acaso la explicación más determinante para comprender en toda su importancia este libro sea la que da el propio autor, amparado en esta cita de Wallace Stevens: «El lector se convirtió en el libro». Dice Julio César Galán que algo similar le ocurrió a él, y lo corrobora con estas palabras: «Estaba leyendo este libro y de pronto reparé en que me había convertido efectivamente en él. ¿Daré más datos? Soy Inclinación al envés, libro de poesía que gira en torno a lo invisible y trata de hacerlo visible. Que expresa —por decirlo rápido— la forma del vacío, que es indecible, y nos la devuelve convertida en ruptura e imprevisibilidad». Pero no se quedan aquí las explicaciones. Después del excurso por Barthes y Saint-John Perse, el autor vuelve a la carga y nos esclarece aún más sus circunstancias: «Crítico que me tacha y hace anotaciones al margen y corrige y pone notas a pie de página pensando en reeditarme, modificarme, hacer que me convierta en un libro distinto cada vez que alguien me abra y se refleje en mí, no sé ya decir si como autor y lector al mismo tiempo. Y es que padezco — ¿no lo he dicho?— de una otredad incurable.» Como es fácil deducir de lo anteriormente leído, no se puede obviar la consulta de estas notas finales si queremos apreciar en toda su intensidad la fuerza de este libro, inversamente proporcional a su tamaño, porque en ellas se nos dan muchas de las claves sin las cuales acaso sólo podríamos llegar a intuir la enorme ambición poética que alberga estos poemas, algo que como lector agradezco profundamente porque me mantiene alerta, a la espera de una revelación que, afortunadamente, nunca se colma del todo, porque a la vuelta de la esquina, en el próximo poema, otro hallazgo nos está esperando.