AITOR FRANCOS. UN LUGAR EN EL QUE NUNCA HE ESCRITO. RENACIMIENTO, 2013.

Para un poeta tan joven como Aitor Francos (Bilbao, 1986) el tiempo transcurrido entre su primer libro, Igloo (2011), galardonado con el Premio Surcos de Poesía, y Un lugar en el que nunca he escrito, publicado el pasado año en la editorial Renacimiento forzosamente representa un periodo de intensa transformación, tanto de carácter vital como de naturaleza estética, de mudanza, de incertidumbre, porque la edad cambia no sólo los rasgos faciales a causa de las luchas que se dirimen en el interior del ser humano, sino el conocimiento del mundo y, en proporción directa, también la escritura, heredera de los avatares que orientan ese tránsito. Pero ¿qué ha cambiado en la poesía de Aitor Francos en estos dos años? Me atrevería a decir que, más que la naturaleza del poema, lo que ha cambiado es su envoltura, su forma, por más que continente y contenido estén unidos indisolublemente.  Si en su primer libro podíamos leer un variado muestrario de silvas más o menos ortodoxas junto a estrofas de arte menor, hasta llegar a la contención del haiku, en Un lugar en el que nunca he escrito, esa variedad formal ha dado paso a lo que podríamos denominar casi como una colección de sonetos, eso sí, construidos libremente, sin prestar atención a los dictados métricos y acentuales que dicta la tradición. Da la impresión de que el poeta es ahora más consciente de los riesgos de quebrantar las normas clásicas, o quizá teme que su instinto poético se desboque y, para domesticarlo, encuentre que la mejor solución es recurrir a lo que podríamos llamar, la brida de la forma, aunque esta necesidad se me antoja más útil para aquellos poetas que viven enfebrecidos por una inspiración sin freno que desemboca en verbalismos irracionales, más que para un poeta que controla a la perfección el énfasis, contenido y conocedor del oficio como es Aitor Francos. Es sólo una impresión, pero creo que si perdiera ese temor que le supongo a perder pie, a caer en el vacío de la forma sin forma, si abandonara este andamiaje retórico su poesía ganaría en frescura y el discurso —estamos hablando de una poesía de corte narrativo— que ahora aparece entrecortado en numerosas ocasiones (soy consciente de que muchos de los encabalgamientos son deliberados), al desprenderse de ese corsé, discurriría por la página con una demorada fluidez y las ideas que lo sustentan encontrarían mejor argamasa semántica.

Dejando esta observación a un lado, cualquier lector de este libro puede percibir la pasión con la que vive la poesía Aitor Francos. Desde los mismos títulos de gran parte de los poemas —el primero de ellos se titula «Lecturas recomendadas»— hasta las referencias que podemos rastrear en sus versos, nos damos cuenta de la voracidad lectora del poeta. Voracidad y autodidactismo lector que le conduce a una amalgama de interpretaciones e influencias — la del realismo de Karmelo Iribarren junto con la mirada escéptica de José Fernández de la Sota, por centrarnos en poetas vascos en lengua castellana, son evidentes— de las que va dejando un rastro cargado de ironía («Insiste en citar libros que no leas./ Ten atemorizado al personal»), porque hay mucho de juego en esta poesía, de juego  y de parodia: «Debí aprender algo de Yeats// para suplir este rumor a tedio/ después de semanas sin hacer nada/ sentado en sillas de mala madera/  con el vaso de hoy a medio acabar». No hay mejor escuela para escribir poesía que la lectura, lectura n sólo de poesía, sino de cualquier otra disciplina y esto lo pone en práctica Aitor, porque sabe que redundará en la amplitud de miras del poeta. Las influencias se irán decantando con el tiempo y el poeta ira construyendo su propia tradición con los fragmentos de otras tradiciones. Cuando uno está escribiendo un poema siempre le asalta la duda de si es lo que está escribiendo lo que desea expresar. Esa duda, presumo, no se dilucidará nunca, y está bien que así sea, porque la complacencia es una mala consejera. Creo que Aitor Francos participa de esta idea germinal y cada uno de sus poemas es un modo de aproximación a ese conocimiento íntimo, único de su yo, porque lo anecdótico sólo es un soporte, una especie de velo que el poeta intercala entre su rostro y el nuestro con el objeto de mostrársenos más difuso de lo que puede aparentar inicialmente, porque bajo de la descripción de la anécdota se esconde ese universal empeño por detener el paso inexorable del tiempo, tal vez esa sea la razón por la que escribe versos tan contundentes como estos, pertenecientes al poema «Ever wave the Eden trees»: «Yo estoy sin límites. Soy el preludio/ que reparte un Dios que me ensombrece// y que se reconoce en lo que imito». Su poesía avanza rebelándose contra los conceptos preconcebidos, aunque quizá todavía no se haya desprendido del todo del barniz literario con el que cubre la experiencia. Estoy seguro que en la propia naturaleza del poema acabará por imponerse la vitalidad, el predominio de los sentidos, la relación del yo consigo mismo y con el espacio que ocupa, hasta el punto de que su próximo libro, el ya anunciado El libro de las invitaciones, acaso —y esto es sólo una especulación— indague por esta nuevas rutas.

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