MARK DOTY

A PUNTO DE

Un mes como mínimo antes de la floración

y ya cinco cerezas descarnadas

en la carretera rodeada por una nube

de fuego incipiente                      

                  —en mitad de la tarde,

un tenue resplandor cobrizo . Algunas cosas

siguen su curso:                             

           la noche que llegamos,

casi sin conocernos, desde el frenesí de una fiesta

a la esquina donde habías dejado tu motocicleta,

con miedo de que un viento desapacible la hubiera tirado a la cuneta,

tú de pie en la otra parte

 de la máquina incorporada, al otro lado

de nuestro futuro, y la cabeza inclinada

hacia mí en el asiento de cuero mojado

mientras te atas el casco,

firmes las botas profesionales sobre el asfalto.

 

¿Supusimos que habíamos llevado el fuego de la fiesta con nosotros,

en algún lugar de detrás en un pequeño apartamento

enfriándose alrededor del corazón como una piedra?

¿Puedes saberlo, cuando ni siquiera eres un brote

sino una posibilidad a punto de realizarse?

 

Por supuesto no podíamos vernos a nosotros mismos,

si el amor es el molde y el adiestramiento

de todo ser, algo sucederá

donde nada fue…                                     

                        Pero en este momento

pensé en una aureola de problemas de un color nuevo,

reconocible, y pregunté si alguien

conduciendo a trompicones y salpicando

en la Séptima Avenida podría haber visto

la nube exhalando a nuestro alrededor

como si fuéramos un par

de — ¿podría ser?— árboles-prematuramente florecidos.

 

Versión de Carlos Alcorta

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