ENRIQUE VILLAGRASA. LECTURA DEL MUNDO. COLECCIÓN TIERRA nº 11. EDICIONES ISLA DE SILTOLÁ. SEVILLA, 2014

Bajo la advocación de un verso de Edmond Jabés, «Perfecta es la semejanza de la nada con la nada»  se acogen los poemas de Lectura del mundo, un libro que, desde su título, manifiesta una vocación metalingüística desde la que se indaga en esa particular construcción de la realidad —entendida esta como una entidad en sí misma y, por tanto, sujeto a  transformación, no como el intento de reproducción fidedigna a través de la palabra— que se realiza a través del poema. «Oculta el espejo su mirada/ y descubre la fascinación/ del enigma», escribe Villagrasa en uno de los poemas, abundando en la parte menos visible de las cosas, esa que queda al otro lado del espejo, si tenemos a éste por constructo verídico de lo real.

El núcleo del libro lo componen una serie de poemas numerado del I al XII en los que esa indagación metapoética de la que hablábamos al comienzo se compagina con una búsqueda de la identidad por medio de la escritura. Así, el poeta se pregunta si « ¿Es el verso quien revela el yo/ o, es el yo revelado en el poema/ quien lo crea?» A pesar de estas difíciles preguntas de orden ontológico, el poeta muestra una confianza digna de elogio en la autoridad del lector a la hora de dar carta de naturaleza al poema. Deja en manos de éste esa interpretación que dé sentido final a lo escrito, aunque carezca de asideros emocionales para percibir el poema con la intensidad suficiente como para hacerlo suyo. «La poesía es lectura del mundo», escribe Enrique Villagrasa, por lo que no puede extrañarnos que alguien que muestre tal convicción delegue la responsabilidad última de esa lectura en quien lee, no en quien escribe: « El lector es siempre el que escribe / el poema y su decir significado./ Yo me (re)invento en los poemas./ Tú te descubres en las palabras. , a pesar de que éste, el poeta, confiese en alguno de los versos su confianza en el no decir, en el silencio: « Es posible una poesía de silencios/ como es posible la física de partículas».

La parte final, compuesta por una «Coda» dividida en dos partes, recalca la idea inicial auspiciada por el verso de Jabés, lo que lleva a Villagrasa a identificar la Nada con la «suma de todo/ lo no escrito». Esta la labor de despojamiento, de disolución en lo otro, de elidirse si no se nombra lo pensado, resulta muy atrayente —a la vez que desalentadora, por la primacía que se concede a lo convencional, es decir, al silencio— porque enfrenta el sentido originario de la palabra: «Y en el principio era el Verbo», del Evangelio de Juan, con esa contradictoria posición del sujeto postmoderno en el mundo, capaz de determinar su destino, pero incapaz de conciliar ese destino con la historia.

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